Tenía un presentimiento vago
de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del
convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse
demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta
el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que
es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín.
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