_Rubinius vulgaris_ dio
un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogiéndose
recíprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada,
a su ídolo, a su ilusión, por la puerta aquella pintada de blanco, que
comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada.
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