Había de
conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de
cáscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la
visitante una señora, y no una señora cualquiera, sino la señora de
Jáuregui, el hombre más honrado y de más sanas costumbres que había
existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada.
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