Aquel clérigo, arreglador de conciencias, que se creía médico de
corazones dañados de amor, era quizás la persona más inepta para el
oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estéril y
glacial, condición negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus
ojos a la realidad del alma humana.
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