Sí; el curita Rubín había reconciliado
dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución
a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las
respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialéctica...
«Soy de encargo para estas cosas» fue lo último que pensó, hinchado de
vanidad y alegría como caudillo valeroso que ve delante de sí una gran
batalla.
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