Pero no estaría seguramente, porque eran las
once de la noche, y el señoritingo no entraba ya nunca antes de las doce
o la una... ¡Quién lo había de decir; pero quién lo había de decir...!,
aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan
fulastre y para poco que no tenía aliento para apagar una vela, y que a
los dieciocho años, sí, bien lo podía asegurar doña Lupe, no sabía lo
que son mujeres y creía que los niños que nacen vienen de París; aquel
hombre fallido enamorarse así, ¡y de quién!, ¡de una mujer perdida...!,
pero perdida... en toda la extensión de la palabra.
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