Siguió Maximiliano descargando su
corazón, que otra coyuntura de desahogo como aquella no se le volvería a
presentar, y por fin la niña estiró el brazo izquierdo sobre la mesa, y
como estaba tan fatigada del ajetreo de aquel día y de los coscorrones,
hizo del brazo almohada y reclinó su cabeza en ella.
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