Por evitar este ruido inoportuno,
Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien
para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto,
pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el
oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el
oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba
las orejas, no percibió nada, absolutamente nada.
Discussion