Cuando por las noches veía entrar de la
calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de
Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no
podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que
hubiera lógica en el mundo, y decía para sí: «¡Qué abuelito se están
perdiendo!».
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