Estupiñá se encargaba de traer estos peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de _ocultis_, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos tiempos juveniles.

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