El doctor Cuevas, ese hombronazo bonachón y dulce, de amplia barba y
vientre opulento, que la ayudó a nacer y que la atendió en todas sus pequeñas
enfermedades de la niñez y sus ataques de asma, se había transformado en un
vampiro gordo y oscuro como los de las ilustraciones de los libros de su tío
Marcos.
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