Cruzó el patio principal, entre las camelias y los naranjos enanos, atravesó los salones del segundo cuerpo de la casa y los sombríos corredores abiertos donde las tenues luces de los faroles a gas quedaban encendidas toda la noche, para salir arrancando en los temblores y para espantar a los murciélagos y otros bichos nocturnos, y llegó al tercer patio, donde estaban las dependencias de servicio y las cocinas.

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