Las empleadas de la casa circulaban por los salones y los corredores
ofreciendo tazas de té, copas de coñac, pañuelos limpios para las mujeres,
confites caseros y pequeñas compresas empapadas en amoníaco, para las
señoras que sufrían mareos por el encierro, el olor de las velas y la pena.
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