En la cocina, el doctor Cuevas y su ayudante prepararon sus siniestros
utensilios y sus frascos malolientes, se colocaron delantales de hule, se
enrollaron las mangas y procedieron a hurgar en la intimidad de la bella Rosa,
hasta comprobar, sin lugar a dudas, que la joven había ingerido una dosis
superlativa de veneno para ratas.
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