Novelas de la Costa Azul (6-II/7-VII), Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928).
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6-II.


The Russian refugees on the Côte d'Azur hardly thought of him as their compatriot. He had been educated in France, and then lived in the principal capitals of Western Europe. He had only made a few trips to his country, when the friendship of someone with a well-known name had allowed him to rub with the aristocratic world of St Petersburg.

His brother the businessman, proudly accepted this bright and lazy existence, seeing it as an honour to the family name. Always remaining in his country, Fedor Ipatieff would only have been the son of a rich manufacturer, with no entry into the big world. But in the well-known capitals of Europe, he could mix in a friendly way with all the great Russian characters: the life in salons and hotels facilitates these intimacies; and then, returning to his home, he could get into priviledged areas, whose doors had been skilfully opened from abroad.

Looking back at his past, beyond the revolution, beyond the war, Fedor viewed the days of his youth as a wonderful tale that had existed in reality; but seen now, from a great distance, it seemed more extraordinary than the imagined tales.
He admired Russian life under the Tsars as the most complete expression of the sweetness of living. It was indisputable that this sweetness was only profited a few, making millions and millions of inhabitants of the steppes pay for it with an existence the same as beasts. 'But are they better off now, after the revolution?' Ipatieff thought selfishly.

Oh, St. Petersburgh! Life in this monumental city had been as luxurious and cheerful as the Russian dances, that had become fashionable in the rest of the world.

Fedor remembered the performances in the Mariinsky and the Mikhailovsky theaters, in front of audiences of an overwhelming luxury: women, with a haughty profile of empress, wearing constellations of jewels, and the great lords, shining like idols, covered with decorations and embroideries; the sumptuous dinners in the restaurants of the islands, huge and white as cathedrals; the rides in well-sprung vehicles along the banks of the Neva, wearing coats made of very expensive furs. This dazzling carnival was enjoyed by a few thousand privileged people, who also saw, reserved for the rest of their existence, the high dignities and great fortunes of the country, valuable jobs, high-ranking in the army and administration, the enjoyment of land properties as extensive as nations And all this had been undone by Bolshevism in a few months!...

The rich of the 'golden age' had been killed, like their tsar and grand dukes, or were beggars, knowing the torture of hunger. The majestic ladies like tsarinas, who had been the main support of the great couturiers of Paris by their lavish commissions, were now shivering with cold in the streets of Russia, marching like thin ghosts on the ice, with their hands cut and disfigured by an inclement temperature, selling newspapers or offering a little bouquet of wilted flowers in exchange for a piece of bread with more straw than flour? No; there was no justice in the land. Ipatieff was sure of this as he thought of the past. And he looked away from his memory of his native land to see the European capitals as they had been in the years of his youth.

Then Russia was well represented on the face of the Earth, and it was an honour to be a subject of the Tsar. The grand dukes astonished Paris with their wastefulness. In Monte-Carlo, the Muscovite gamblers were the best clients. All luxury industries had Russia as their most important market, and he, Fedor Ipatieff, enjoyed a part of this national prestige.

The well-known Swiss hotels, surrounded by fields of ice, had seen him at night in conversation with the most brilliant European society, while he was preparing for a new triumph as a skater the next morning. He had dansed in Biarritz, in Nice and Deauville, according to the different seasons, with the most famous and beautiful ladies of Europe. Some well-known people were his friends, and he had even been introduced to inheritors of crowns, with that good-natured camaraderie that prevails in places of aristocratic and expensive living. Le invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable danzarín.

Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros de estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración, cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano menor, que llevaba con él la gloria de la familia.

En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».

Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más precisa.

El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar.
Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.

Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los sentimientos del tornadizo Ipatieff.

La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte; pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo.

Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con seguir siendo de nombre el esposo de una mujer célebre por su belleza y el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.

Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además, necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes, todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.

Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.

Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros, las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia, inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.

Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel, asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su historia.

Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables, sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en fuerza de ser ricas y suntuosas.

Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó pedirla y no podía ya darle más--o sea en el momento que abandonaba él a las otras mujeres--, conoció por primera vez la importancia de la palabra «amor», que antes le hacía sonreír.

No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera, dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos, se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su pasado.

--¡El amor es así!--se decía Fedor con resignación.

Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo llorar de gratitud a su amante.

--Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome contigo.

Una Vera Alejandrowa no podía decir más.

Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas, reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza.
Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.

De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental, parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.

Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de cantidades.

Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de este súbito deseo.

Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto de Arkangel.

Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el hombre amado arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse.
No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo.
Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.

Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica, igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación, empezó a funcionar el terror rojo.

Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su bienestar.

Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas preguntas: --¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?

De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre, tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de los zares.

Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.

Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía.
Sus fábricas ya no existían... ¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas... Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?
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6-II.
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Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota suyo.
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¡Oh, Petersburgo!
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¡Y todo esto el bolchevismo lo había deshecho en unos cuantos meses!...
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Ipatieff estaba seguro de ello al pensar en el pasado.
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Los grandes duques asombraban a París con sus prodigalidades.
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En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los mejores clientes.
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Lo necesitaban además como incansable danzarín.
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El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor.
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La había conocido en los salones de Petersburgo.
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Esta novedad tenía para ambos una explicación.
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Al principio la admiró.
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--¡El amor es así!--se decía Fedor con resignación.
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Una Vera Alejandrowa no podía decir más.
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De pronto surgió la guerra.
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Luego el dinero empezó a escasear.
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Las comunicaciones funcionaban mal o no funcionaban.
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El gobierno ruso había reglamentado los giros de cantidades.
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Ipatieff debía quedarse.
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¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?
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A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas... Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?
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Índice:
1 https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5051/
2-I https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5052/
2-II https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5053/
2-III https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5054/
2-IV https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5055/
3-I https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5056/
3-II https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5057/
3-III https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5058/
3-IV https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5059/
3-V https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5060/
3-VI https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5061/
4-I https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5062/
4-II https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5063/
4-III https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5064/
4-IV https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5065/
4-V https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5066/
4-VI https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5067/
5-I https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5068/
5-II https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5069/
5-III https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5070/
5-IV https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5071/
6-I https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5072/
6-II https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5073/
6-III https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5074/
6-IV https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5075/
6-V https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5076/
7-I https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5077/
7-II https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5078/
7-III https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5079/
7-IV https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5080/
7-V https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5081/
7-VI https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5082/
7-VII https://translatihan.com/couples/es-en/articles/5083/

by soybeba 4 months, 4 weeks ago

6-II.

Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota
suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales
principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país
cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía
frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San
Petersburgo.

Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante
y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De
permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo
de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las
capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes
personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas
intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares
privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el
extranjero.

Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la
guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento
maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran
distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados.
Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de
la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la
paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones
de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las
bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?»,
pensaba Ipatieff, egoístamente.

¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan
lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto
de la tierra.

Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el
teatro Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con
perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los
grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y
bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y
blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas
del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval
deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían
reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas
dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los
mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades
agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había
deshecho en unos cuantos meses!...

Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus
grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las
damas majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de
los grandes modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban
ahora de frío en las calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas
sobre el hielo, con las manos cortadas y desfiguradas por una
temperatura inclemente, vendiendo periódicos u ofreciendo un ramito de
flores mustias a cambio de un pedazo de pan con más paja que harina...

No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al
pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver
las capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud.

Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era
un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con
sus prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los
mejores clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su
mercado más importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de
este prestigio nacional.

Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían
visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de
Europa, mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo
triunfo como patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en
Deauville, según las diversas estaciones, con las damas más célebres y
hermosas de Europa. Tenía por amigos a personajes célebres, y hasta
había sido presentado a herederos de coronas, con esa camaradería de
buen tono que impera en los lugares de vida aristocrática y costosa. Le
invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda
un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable
danzarín.

Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros
de estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración,
cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y
aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la
producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a
los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano
menor, que llevaba con él la gloria de la familia.

En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y
cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró
como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».

Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades
por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en
su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de
hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que
algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más
precisa.

El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo
tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de
hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con
mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser
simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar.
Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían
ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el
industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a
salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las
preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran
duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.

Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino
en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los
sentimientos del tornadizo Ipatieff.

La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general
Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte;
pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una
existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente
sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios
resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo.

Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por
aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter
duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo
admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con
seguir siendo de nombre el esposo de una mujer célebre por su belleza y
el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su
antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.

Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de
ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con
las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además,
necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa
occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes,
todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.

Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda
femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones
elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.

Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París
les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros,
las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia,
inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios
seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin
volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos
cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.

Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció
unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran
compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel,
asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a
altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo
trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su
historia.

Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban
siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de
blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante
sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer
emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables,
sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en
fuerza de ser ricas y suntuosas.

Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo
que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la
ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le
proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un
día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó
pedirla y no podía ya darle más--o sea en el momento que abandonaba él a
las otras mujeres--, conoció por primera vez la importancia de la
palabra «amor», que antes le hacía sonreír.

No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera,
dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos,
se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su
pasado.

--¡El amor es así!--se decía Fedor con resignación.

Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo
llorar de gratitud a su amante.

--Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome
contigo.

Una Vera Alejandrowa no podía decir más.

Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las
rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la
primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas,
reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios
célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza.
Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos
lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo
inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.

De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los
dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta
de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental,
parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.

Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o
no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de
cantidades.

Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la
necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa
necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un
interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta
entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos
hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era
una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando
asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba
también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de
este súbito deseo.

Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor
inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto
de Arkangel.

Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su
patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el
hombre amado arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse.
No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria
en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa
sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo.
Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber
muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.

Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si
fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez
la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron
los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en
la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica,
igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para
evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación,
empezó a funcionar el terror rojo.

Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las
personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su
bienestar.

Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas
preguntas:

--¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?

De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas
tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre,
tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de
los zares.

Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a
su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no
llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.

Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que
llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una
noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y
sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las
precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido
fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía.
Sus fábricas ya no existían...

¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su
familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su
patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...

Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?