fr-es  CÉDRATS DE SICILE de LUIGI PIRANDELLO 1/2 Easy
CIDROS DE SICILIA.

Un acto de LUIGI PIRANDELLO.

PERSONAJES: MICUCCIO BONAVINO, tocador de chirimía.

MARTHE MARNIS, madre de Sina.

SINA MARNIS, cantante famosa.

FERDINAND, ayuda de cámara.

DORINA, camarera.

HUÉSPEDES & OTROS SIRVIENTES.

En una ciudad de Italia del norte.
Hoy en día.
La escena representa una antecámara, muy escasamente amueblada: una mesa, algunas sillas.
El rincón a la izquierda del actor está oculto por una cortina.
Unas puertas laterales, a la derecha y a la izquierda.
En el fondo, la puerta principal, acristalada, da a una habitación oscura a través de la cual percibimos una puerta giratoria que da paso a un salón espléndidamente iluminado.
A través de los cristales de la puerta giratoria, se ve una suntuosa mesa puesta.
Es de noche. No hay luz en la habitación. Alguien está roncando detrás de la cortina.
Mientras se levanta el telón, Ferdinand entra por la puerta de la derecha con una lámpara en la mano.
Está en mangas de camisa, pero solo tiene que ponerse la chaqueta de camarero para estar listo para servir la cena.
Va seguido por Micuccio Bonavino, de aspecto campesino, con el cuello de su gabán burdo, subido hasta las orejas, con botas hasta las rodillas, una pequeña bolsa vieja en una mano y en la otra una pequeña maleta vieja y el estuche de un instrumento musical, que casi no puede llevar más, por el frío y el cansancio.
Tan pronto como la habitación es iluminada, ya no se escucha roncar detrás de la cortina.

DORINA pregunta: —¿Quién está ahí?

FERDINAND, poniendo la lampára en la mesa: —¡Eh, Donna! Está aquí el señor Bonviceno.

MICUCCIO, sacudiendo la cabeza para hacer caer de la punta de su nariz una pequeña gota, corrige: —Bonavino, Bona-vino...

DORINA, de detrás de la cortina, bostezando: —¿Y quién es?

FERDINAND: —Un familiar de la señora. (A Micuccio): —¿La señora es su prima?

MICUCCIO, avergonzado, indeciso: —No, a decir verdad no somos parientes. Pero soy Micuccio Bonavino; ella sabe quién soy.

DORINA, muy curiosa aunque somnolienta sale de detrás la mampara: —¿Un pariente de la señora?

FERDINAND, irritado: —Pero veamos, déjame escuchar. (A Micuccio) ¿Solo del mismo pueblo? Entonces, por qué se la pidió, ya que la tía Marthe estaba aqui... (A Donna) Entiendes. Creí que era un pariente, un sobrino. En estas condiciones no puedo recibirlo, mi buen hombre.

MICUCCIO: —¿No puede recibirme? Pero he venido expresamente desde mi pueblo.

FERDINAND: —¿Expresamente? ¿Para qué?.

MICUCCIO: —Para verla.

FERDINAND: —Pero no se viene a ver a la señora a esta hora. No está ahí.

MICUCCIO: —Si el tren llega solo ahora, ¿que puedo hacer yo? ¿Podía decir al tren: Ve un poco más rápido?
(Junta las manos y exclama sonriendo como para convencerle de que sea indulgente) Es un tren. Llega cuando debe llegar. He estado en ese tren desde hace dos días.

DORINA, mirándolo desde arriba: —Se ve.

MICUCCIO: —¡Ah sí! ¿Se ve mucho? ¿Cómo estoy?

DORINA: —Bastante feo, mi buen hombre. No se enfade.

FERDINAND —Yo, no puedo dejarle entrar. Vuelva mañana. La señora está en el teatro ahora mismo.

MICUCCIO: —¿Volver mañana por la mañana? ¿Y a dónde quiere que vaya a esta hora? No conozco a nadie aquí. Si ella no está aquí, la esperaré. ¡Vaya! ¿No puedo esperarla aquí?

FERDINAND: —Le digo que sin su permiso... MICUCCIO: —¿Su permiso? No sabe quién soy... FERDINAND —Precisamente porque no le conozco. No quiero tener problemas por usted.

MICUCCIO, sonriendo con aire de complacencia hace un gesto de que no —No se preocupe.

DORINA, a Ferdinand —¡Es justo la noche! Piensas cuándo tendrá tiempo la señora para ocuparse de él. (A Micuccio) ¿Ve, buen hombre?
(Le muestra el salón todo iluminado) Va a haber una gran fiesta.

MICUCCIO —¡Ah sí! ¿y qué fiesta?

DORINA —Es la velada de honor.

FERDINAND —Y no se terminará hasta mañana al amanecer.

MICUCCIO —Bien. Tanto mejor. Estoy seguro de que cuando Teresa me vea... FERDINAND, a Dorina —¿Entiendes? La llama así, él, Teresa, sencillamente. Me ha preguntado si Theresa la cantante vivía aquí.

MICUCCIO —¿Eh qué? No es cantante. ¿Y su nombre no es Teresa quizás?

DORINA —Pero entonces, ¿la conoce bien?

MICUCCIO —¡Si la conozco! Crecimos juntos.

FERDINAND —¿Qué hacemos?

DORINA —Déjalo esperar.

MICUCCIO, un poco ofendido —Claro que voy a esperar. ¿Qué significa? No he venido para... FERDINAND—Sientése allí; Yo me lavo las manos. Tengo que preparar la mesa. Se dirige hacia el fondo del salón.

MICUCCIO —¡Esa es buena! Como si yo fuese... Quizás es porque me ve así, por culpa de todo el humo y el polvo que he tomado durante el viaje... Si se lo dijera a Teresa cuando regrese del teatro... (Le viene una duda y mira a su alrededor) Disculpe, ¿esta casa de quién es?

DORINA, observándolo y empezando a divertirse —Es nuestra, mientras estamos aqui.

MICUCCIO —¿Y entonces? (Echa un vistazo en el salón) ¿Es grande esta casa?

DORINA —Bastante.

MICUCCIO —Y allí, ¿es un salón?

DORINA —Para la recepción esta noche, se va a cenar allí.

MICUCCIO —¡Oh! Y ¡qué mesa, qué iluminación!

DORINA —Es bonito, ¿verdad?

MICUCCIO, se frota las manos, muy feliz —¡Así que es verdad!

DORINA — ¿El qué?

MICUCCIO —Se dice... ellas son acomodadas.

DORINA —¿Pero usted sabe quién es Sina Marnis?

MICUCCIO —¿Sina? ¡Ah sí! ahora se llama Sina. La madre Marthe me lo ha escrito. Teresina, claro Teresina: Sina... DORINA —Pero espere... me hace pensar... (Llama a Ferdinand al salón) ¡Di! Ven Ferdinand... sabes es... el tipo a quien la madre de la señora escribe tan a menudo.

MICUCCIO —Apenas sabe escribir la pobrecita.

DORINA —Sí, sí, Bonavita. Pero... ¡Dominique! ¡Usted se llama Dominique!

MICUCCIO —Dominique o Micuccio, es lo mismo. Decimos Micuccio.

DORINA —Y ha estado enfermo últimamente, ¿verdad?

MICUCCIO —¡Ah! sí, terriblemente, casi me muero... las velas estaban ya encendidas... Dorina —¿Y la señora Marthe le envió un giro? Recuerdo, fuimos al correo juntas.

MICUCCIO —Sí, un giro. Y es precisamente por eso que vine. Está aquí el dinero.

DORINA —¿Lo está trayendo de vuelta?

MICUCCIO, perturbado —¿Dinero. ¡nunca! Ni siquiera debe mencionarlo. ¿Pero piensa que tardarán en regresar?

DORINA, mirando su reloj —Sí, un poco más... Especialmente esta noche... FERDINAND, volviendo del salón a la puerta de la izquierda con ustensilios, gritando —¡Bueno, felicidades! ¡Bis, bis!

MICUCCIO, sonriendo — ¡Qué voz, um!

FERDINAND, pasando de nuevo — Eh sí... la voz también.

MICUCCIO —Puedo estar orgulloso de ella, es mi obra.

DORINA —¿La voz?

MICUCCIO —La he descubierto yo.

DORINA —¡Ah sí!
(A Ferdinand) Oyes, Ferdinand. Él ha descubierto la voz de la señora.

MICUCCIO —Yo soy músico.

FERDINAND —¡Ah! Usted es músico. ¿Y qué toca, el trombón?

MICUCCIO niega con un señal del dedo, entonces dice —¿El trombón? No, yo toco el flautín, y soy miembro del coro municipal de mi pueblo.

DORINA —Que se llama... espere, recuerdo... MICUCCIO —Palma, Montechiaro. Cómo quiere que se la llame.

DORINA —Ah, es así: Palma.

FERDINAND —Entonces ¿ha descubierto su voz, usted?

DORINA —Cuénteme como lo hizo. Escucha, Ferdinand.

MICUCCIO encogiéndose de hombros —¿Cómo he hecho? Cantaba... DORINA —Y usted, inmediatamente siendo músico.

MICUCCIO —No, a decir verdad, no inmediatamente.

FERDINAND —Ha llevado tiempo.

MICUCCIO —Siempre solía cantar... incluso para hacerme enfadar.

DORINA —¿Ah sí?

FERDINAND —¿Por qué, por despecho?

MICUCCIO —Para no pensar algunas cosas.

FERDINAND —¿Qué cosas?

MICUCCIO —Problemas, frustraciones, pobrecita. Eh sí, su padre acababa de morir. Yo les ayudaba, a ella y a tía Marta. Mi madre no quería... bueno... DORINA — La querías ¿verdad?

MICUCCIO —¿Yo? Si yo quería a Teresina... Mi madre pretendía que yo debería dejarla porque no tenía nada, pobrecita, huérfana de padre como era, mientras que yo, a pesar de todo, mi propio puesto en el coro lo tenía.

FERDINAND —Pero nada más. ¿Estabais comprometidos?

MICUCCIO —En ese momento nuestros padres no querían. Y es por melancolía y despecho que Teresa cantaba.

DORINA —¡Vaya! Y entonces, usted aprovechó para... MICUCCIO —El cielo, lo puedo decir: una inspiración del cielo. Nadie le había nunca prestado atención, ni siqiuiera yo. De repente, una mañana... FERDINAND —¡De todas formas, lo que es la suerte!

MICUCCIO —Nunca olvidaré. Era una mañana de abril. Ella estaba cantando en la ventana debajo del techo. Vivía entonces en una buhardilla.

FERDINAND —¿Entiendes?

DORINA —Y no va a decirlo.

MICUCCIO —¿Qué tiene eso de malo?

DORINA —¡Por supuesto! ¿Entonces, ella cantaba?

MICUCCIO —Cien mil veces la había oido cantar esa cancioncilla popular.

DORINA —¿Una melodía?

MICUCCIO —Sí, una música, nunca la había notado. Pero esa mañana... ¡me parecía que fuera un ángel que cantaba.. sí un ángel! Entonces, sin decir nada a nadie, sin advertirla, sin advertir a su madre, al final del día, llevé en su buhardilla al director del nuestro coro que es amigo mio. ¡Ah! un gran amigo: Saro Malaviti, un tipo tan bueno. Él la escucha. Él es un maestro muy considerado y todos lo conocen en Palma. Dice: —¡Vaya esa es una voz del cielo! Se imaginan mi alegría. Deprisa alquilo un piano. Subirlo allí arriba, a la buhardilla, solo les digo que no fue sencillo. Yo compro música y el profesor inicia sin demora a darle lecciones... gratis, el pobre contentandose con algunos pequeños regalos que yo podia hacerle de vez en cuando - ¿quién era yo? Lo que soy todavía: un pobre hombre. El piano era costoso, la música era costosa e Teresina tenía que estar bien alimentada.

FERDINAND —Naturalmente.

DORINA —Para tener fuerza para cantar.

MICUCCIO —Cada día carne. Puedo decirselo.

FERDINAND —¡Diablo!

DORINA —¿Y entonces?

MICUCCIO —Ella empezó a aprender. Y desde ese momento... ella vivia arriba en el paradiso, se oía su preciosa voz por todo el pueblo... la gente debajo de las ventanas en la calle escuchandola... se quemaba por satisfacción y cuando habia terminado de cantar se cogía de mi brazo y me sacudia como una loca. Porque, ella ya sabía, sentía en lo en que iba a convertirse y el maestro también lo decía entonces. Y ella no sabia cómo demostrarme su gratitud. Su madre, al contrario, la pobre... DORINA —¿No quería?

MICUCCIO —No era que no lo quisiera, sino no conseguía creerlo. Ella había visto tanto en su vida, la pobre vieja, que ni siquiera hubiera querido que la esperanza de salir de la humilde condición a la que se había resignado pudiera atravesar el espíritu de su hija. Tenía miedo, ¡eso es! Y además, ella sabía lo que me costaba y que mis padres... Pero yo rompí con todo el mundo, con mi padre y con mi madre, el día en que un maestro de fuera, muy renombrado (ya no sé su nombre) vino a Palma y declaró que era un verdadero crimen no hacerla continuar sus estudios en una gran ciudad... en un conservatorio... yo me puse que ardía, me enfurecí con todo el mundo; vendí el campo que me había dejado uno de mis tíos, el cura, al morir y envié a Teresa a Nápoles, al Conservatorio.

FERDINAND –¿Usted?

MICUCCIO –¡Si, yo!

DORINA, a Ferdinand — A sus expensas, ¿entiendes ?

MICUCCIO —Por cuatros años me ocupé de ella, pagando todos los gastos de sus estudios. Cuatro, ¡oiga! Desde entonces, no la he vuelto a ver.

DORINA —¿Nunca?

MICUCCIO —Nunca. Porque después, ella empezó a cantar en los teatros, a diestro y siniestro.
Después de que empezara a realizarse, de Nápoles a Roma, de Roma a Milán, entonces a España... y luego a Rusia y de nuevo aquí.

FERDINAND —Ella hace furor.

MICUCCIO —Eh, lo sé. Los tengo todos ahí en la maleta, los diarios y también tengo las cartas... (saca de su bolsillo unas cuantas cartas) Las de ella y las de su madre. Aquí están... Aquí están sus propias palabras cuando me envió dinero... y que me estaba muriendo... "Mi querido Micuccio, no tengo tiempo de escribirte, pero te confirmo todo lo que te dice mi madre. Cuídate. Recupérate pronto. Y me ama bien. Térésina. >>FERDINAND -¿Le ha enviado mucho?

DORINA - ¿Mil francos, creo?

MICUCCIO - Sí, mil.

FERDINAND - ¿Y su campo? El que usted ha vendido, ¿cuanto valía?

MICUCCIO - Pero, ¿qué podría valer? No mucho. Un pequeño terreno.

FERDINAND girándose hacia Donna - ¡Ah!...

MICUCCIO - Pero lo tengo aquí, el dinero. Yo no quiero nada. ¡Lo poco que hice, lo hice para ella! Estabamos de acuerdo en esperar dos o tres años, para que pudiera hacer su camino. Y la señora Marthe siempre me lo repitió en sus cartas. Para decir la verdad, aquí está: este dinero, no lo esperaba mucho. Pero si Thérèse me lo envió, es que ella tiene demasiado y que su camino, ya lo ha hecho.

FERDINAND - ¡Lo creo! ¡Y qué camino, muchacho!

MICUCCIO - Entonces...ha llegado el momento...DORINA -¿De casarse?

MICUCCIO - ¡Aquí estoy!

FERDINAND —¿Usted ha venido para casarse con Sina Marnis?

DORINA —¡Cállate ya! Dado que están comprometidos. No entiendes nada. ¡Por supuesto que para casarse con ella!

MICUCCIO —yo no digo nada. Simplemente digo, ¡aquí estoy! Los planté a todos allí, en el pueblo: familia, música, ¡a todos! Me he peleado con mi familia por causa de esas mil liras que llegaron a mi nombre, cuando estaba tan enfermo. Tuve que sacarlas de las manos de mi madre quien quería guardárselas. ¡No, señores, no hablamos de dinero con Micuccio Bonavino, nunca! Donde quiera que yo esté, incluso en el fin del mundo, tengo mi arte, no estaré nunca a cargo de nadie, tengo mi flautín, allí... DORINA –¿Ah, sí? ¿Y lo ha traído, su flautín?

MICUCCIO –Naturalmente. Somos una sola y única cosa, él y yo.

FERDINAND –Ella canta y él toca, ¿comprendes?

MICUCCIO –Yo podría perfectamente tocar en la orquesta.

FERDINAND –Pues seguro, ¿por qué no?

DORINA –Me imagino que usted debe de tocar bien.

MICUCCIO —¡Dios mío, bastante! Ya llevo diez años tocando.

FERDINAND - Si nos dejara escuchar alguna cosa.
(Va a buscar la caja del instrumento).

DORINA — ¡Oh! bravo, bravo, escuchemos algo.

MICUCCIO - No, ¿qué quieren escuchar a esta hora?

DORINA - ¡Alguna pequeña cosa! ¡Sea amable!

FERDINAND - ¡Un aria muy pequeña!

MICUCCIO — ¡que no, que no!

FERDINAND — No se haga de rogar.
(Abre el estuche y saca el instrumento) ¡Aquí está!

DORINA —Vamos, sólo para que sepamos cómo toca.

MICUCCIO — Pero no es posible ... así ... solo ... DORINA — Pero no importa, solo un poco.

FERDINAND — Si no, toco yo.

MICUCCIO — Vamos, ya que insisten. Voy a cantar el aria que cantó Thérèse en su ático, ese día.

FERDINAND y DORINA --sí, sí, ¡bravo! ¡Esa!
Micuccio se sienta y toca muy seriamente. Ferdinand y Dorina hacen grandes esfuerzos para no reírse. El otro criado, el cocinero, también vienen a escuchar, a quienes Ferdinand y Dorina hacen señas para que guarden silencio. La interpretación de Micaccio es interrumpida por un fuerte timbre.

FERDINAND — ¡Aquí está la Señora!

DORINA, al otro criado — Ve rápidamente a abrir .
(Al cocinero y otros.)
Y todos vosotros, deprisa. La señora dijo que quería cenar inmediatamente cuando volviera. El criado, el cocinero y el lavaplatos desaparecen.

FERDINAND — ¿Qué he hecho con mi chaqueta?

DORINA —Al otro lado.
Hace un señal detrás de la cortina y se echa atrás corriendo. Micuccio se pone de pie, su instrumento en la mano, perdido. Ferdinand busca su chaqueta, se la pone pronto, entonces, viendo que Micuccio también se dirige con Donna, lo detiene brutalmente.

FERDINAND —Usted, quédese aquí. Primero tengo que avisar a la Señora.
Después de salir Ferdinand, Micuccio se queda desalentado, confuso, con un presentimiento doloroso.

Fin de la primera parte.
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CÉDRATS DE SICILE.
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Un acte de LUIGI PIRANDELLO.
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PERSONNAGES : MICUCCIO BONAVINO, joueur de flageolet.
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MARTHE MARNIS, mère de Sina.
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unit 5
SINA MARNIS, chanteuse célèbre.
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FERDINAND, valet de chambre.
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DORINA, femme de chambre.
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INVITÉS & D'AUTRES SERVITEURS.
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Dans une ville de l'Italie du Nord.
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De nos jours.
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La scène représente une antichambre, très peu meublée : une table, quelques chaises.
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Le coin à gauche de l'acteur est caché par un rideau.
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Des portes latérales, à droite et à gauche.
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À travers les vitres de la porte à tambour, on voit une somptueuse table dressée.
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Il fait nuit.
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La chambre n'est pas éclairée.
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Quelqu'un ronfle derrière le rideau.
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Pendant le lever du rideau, Ferdinand entre par la porte de droite avec une lampe à la main.
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Dès que la chambre est éclairée, on n'entend plus ronfler derrière le rideau.
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DORINA demande — Qui est là ?
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FERDINAND, posant la lampe sur la table — Eh, Donna !
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Il y a ici monsieur Bonviceno.
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DORINA, de derrière le rideau, en un bâillement — Et qui est-ce ?
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FERDINAND — Un parent de Madame.
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(A Micuccio) Madame est votre cousine ?
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MICUCCIO, embarrassé, hésitant — Non, à vrai dire nous ne sommes pas parents.
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Mais je suis Micuccio Bonavino : elle sait qui je suis.
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DORINA, très curieuse bien qu'ensommeillée sort de la portière — Un parent de Madame ?
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FERDINAND, irrité — Mais, voyons, laisse-moi écouter.
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(A Micuccio) Seulement du même village ?
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J'ai cru un parent, un neveu.
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Dans ces conditions, je ne peux pas vous recevoir, mon brave.
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MICUCCIO — Vous ne pouvez pas me recevoir ?
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Mais je viens tout exprès de mon village.
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FERDINAND — Exprès ?
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Pour quoi faire ?
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MICUCCIO — Pour la voir.
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FERDINAND — Mais on ne vient pas voir Madame à cette heure-ci.
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Elle n'est pas là.
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MICUCCIO — Si le train arrive seulement maintenant, qu'est-ce que j'y peux, moi ?
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Est-ce que je pouvais dire au train : Va un peu plus vite.
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Il arrive quand il doit arriver.
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Il y a deux jours que je suis dans ce train.
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DORINA, le toisant — Ça se voit.
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MICUCCIO — Ah oui !
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Ça se voit beaucoup ?
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Je suis comment ?
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DORINA — Plutôt vilain, mon brave.
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Ne vous fâchez pas.
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FERDINAND — Moi, je ne peux pas vous laisser entrer.
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Revenez demain matin.
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Madame est au théâtre en ce moment.
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MICUCCIO — Revenir demain matin ?
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Et où voulez-vous que j'aille à cette heure-ci ?
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Je ne connais personne ici.
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Si elle n'est pas là, je l'attendrai.
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Par exemple !
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Je ne peux pas l'attendre ici ?
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FERDINAND —Je vous dis que sans sa permission... MICUCCIO — Sa permission ?
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Vous ne me connaissez pas... FERDINAND — Justement parce que je ne vous connais pas.
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Je ne veux pas me faire attraper pour vous.
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MICUCCIO, souriant avec un air de suffisance lui fait signe que non — Soyez tranquille.
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DORINA, à Ferdinand — C'est vraiment le soir !
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Tu penses comme Madame aura le temps de s'occuper de lui.
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(A Micuccio) Vous voyez, brave homme ?
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(Elle lui montre le salon tout illuminé) Il va y avoir une grande fête.
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MICUCCIO — Ah oui !
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et quelle fête ?
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DORINA — C'est la soirée d'honneur.
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FERDINAND — Et ce ne sera pas fini avant l'aube demain.
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MICUCCIO — Bon.
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Tant mieux.
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Je suis sûr que quand Thérésa me verra... FERDINAND, à Dorina — Tu comprends ?
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Il l'appelle comme ça, lui, Thérésa, simplement.
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Il m'a demandé si Thérésa la chanteuse habitait ici.
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MICUCCIO — Eh quoi ?
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Elle n'est pas chanteuse.
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Et son nom n'est pas Thérésa peut-être ?
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DORINA — Mais alors, vous la connaissez vraiment bien ?
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MICUCCIO — Si je la connais !
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Nous avons grandi ensemble.
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FERDINAND — Qu'est-ce que nous faisons ?
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DORINA — Laisse-le donc attendre.
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MICUCCIO, un peu froissé — Bien sûr que j'attendrai.
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Qu'est-ce que ça veut dire ?
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Je ne suis pas venu pour... FERDINAND —Asseyez-vous là ; moi, je m'en lave les mains.
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Je dois préparer la table.
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Il se dirige vers le fond du salon.
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MICUCCIO — Elle est bonne celle-là !
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DORINA, l'observant et commençant à s'amuser— Elle est à nous, tant que nous y sommes.
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MICUCCIO — Et alors ?
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(Il jette un regard dans le salon) Elle est grande cette maison ?
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DORINA — Assez.
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MICUCCIO — Et là-bas, c'est un salon ?
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DORINA — Pour la réception, cette nuit, on va y souper.
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MICUCCIO — Oh !
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Et quelle tablée, quel éclairage !
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DORINA — C'est beau, n'est-ce pas ?
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MICUCCIO, se frotte les mains, tout content — C'est donc vrai !
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DORINA — Quoi donc ?
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MICUCCIO — On le dit... elles sont à leur aise.
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DORINA — Mais vous savez qui est Sina Marnis ?
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MICUCCIO — Sina ?
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Ah oui !
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maintenant on l'appelle Sina.
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La mère Marthe me l'a écrit.
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viens Ferdinand... tu sais c'est... celui à qui écrit si souvent la mère de Madame.
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MICUCCIO — Elle sait à peine écrire la pauvre.
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DORINA — Oui, oui, Bonavita.
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Mais... Dominique !
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Vous vous appelez Dominique !
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MICUCCIO — Dominique ou Micuccio, c'est la même chose.
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Nous disons Micuccio.
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DORINA — Et vous avez été malade dernièrement, n'est-ce pas ?
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MICUCCIO — Ah !
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Je me rappelle, nous sommes allées ensemble à la poste.
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MICUCCIO — Oui, un mandat.
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Et c'est même pour cela que je suis venu.
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Il est là l'argent.
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DORINA — Vous le lui rapportez ?
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MICUCCIO, se troublant — De l'argent ?
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jamais !
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Il n'en faut même pas parler.
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Mais vous pensez qu'elles tarderont beaucoup à revenir ?
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Bis, bis !
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MICUCCIO, souriant — Quelle voix, hum !
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FERDINANT, repassant — Eh oui... la voix aussi.
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MICUCCIO — Je peux en être fier, c'est mon œuvre.
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DORINA — La voix ?
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MICUCCIO — C'est moi qui l'ai découverte.
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DORINA — Ah oui !
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(A Ferdinand) Tu entends, Ferdinand.
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C'est lui qui a découvert la voix de Madame.
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MICUCCIO — Moi, je suis musicien.
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FERDINAND — Ah !
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vous êtes musicien.
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Et vous jouez de quoi, du trombone ?
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MICUCCIO nie d'un signe de doigt, puis il dit — Du trombone ?
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Non, je joue de « l'octavin », moi, et je fais partie de la Chorale municipale de mon village.
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DORINA — Qui s'appelle... attendez, je me rappelle... MICUCCIO — Palma, Montechiaro.
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Comment voulez-vous qu'elle s'appelle.
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DORINA — Ah, c'est ça : Palma.
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FERDINAND — C'est donc vous qui avez découvert sa voix ?
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DORINA — Allons, dites-nous comment vous avez fait.
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Écoute, Ferdinand.
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MICUCCIO haussant les épaules — Comment j'ai fait?
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Elle chantait... DORINA — Et vous, tout de suite... étant musicien.
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MICUCCIO — Non, à vrai dire, pas tout de suite.
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FERDINAND — II a fallu du temps.
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MICUCCIO — Elle chantait toujours... même pour me faire enrager.
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DORINA — Ah oui ?
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FERDINAND — Pourquoi, par dépit ?
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MICUCCIO — Pour ne pas penser à certaines choses.
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FERDINAND — Quelles choses ?
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MICUCCIO — Des ennuis, des contrariétés, la pauvre.
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Eh oui, son père venait de mourir.
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Moi je les aidais, elle et zia Marta.
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Ma mère ne voulait pas... enfin... DORINA — Vous l'aimiez bien alors ?
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MICUCCIO — Moi ?
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FERDINAND — Mais rien que ça.
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Vous étiez fiancés ?
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MICUCCIO — À ce moment-là, nos parents ne voulaient pas.
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Et c'est par mélancolie et dépit que chantait Thérésa.
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DORINA — Par exemple !
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Personne n'y avait jamais fait attention, même pas moi.
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Tout à coup, un matin... FERDINAND — Tout de même, ce que c'est que la chance !
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MICUCCIO —Je ne l'oublierai jamais.
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C'était un matin d'avril.
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Elle chantait à sa fenêtre sous le toit.
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Elle habitait alors une mansarde.
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FERDINAND — Tu comprends ?
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DORINA — Et ne va pas le dire.
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MICUCCIO — Quel mal y a-t-il à cela ?
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DORINA — Bien sûr !
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Donc, elle chantait ?
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MICUCCIO — Cent mille fois je l'avais entendu chanter ce petit air populaire.
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DORINA — Un petit air ?
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MICUCCIO — Oui, une musique, je n'y avais jamais fait attention.
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Mais ce matin-là... il me semblait que c'était un ange qui chantait... oui, un ange !
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Ah!
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un grand ami : Saro Malaviti, un si brave homme.
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Il l'entend.
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Lui, c'est un maître très coté, et tout le monde le connaît à Palma.
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Il dit : « Mais ça c'est une voix du ciel !
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» Vous imaginez ma joie.
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Je loue vite un piano.
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Ce que je suis toujours : un pauvre homme.
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FERDINAND — Naturellement.
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DORINA — Pour avoir la force de chanter.
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MICUCCIO — Tous les jours de la viande.
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Je peux vous le dire.
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FERDINAND — Diable !
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DORINA — Et alors ?
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MICUCCIO — Elle commença à apprendre.
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Et elle ne savait comment me prouver sa gratitude.
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Sa mère, au contraire, la pauvre... DORINA — Elle ne voulait pas ?
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MICUCCIO — Ce n'était pas qu'elle ne voulût pas, mais elle n'y croyait pas.
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Elle avait peur, voilà !
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FERDINAND — Vous ?
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MICUCCIO — Oui, moi !
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DORINA, à Ferdinand — À ses frais, tu comprends ?
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MICUCCIO — Pendant quatre ans je l'ai entretenue en payant tous les frais de ses études.
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Quatre, vous entendez !
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Depuis, je ne l'ai plus revue.
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DORINA — Jamais ?
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MICUCCIO — Jamais.
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Parce qu'après, elle s'est mise à chanter dans les théâtres, à droite, à gauche.
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FERDINAND — Elle fait fureur.
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MICUCCIO — Eh, je le sais.
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Soigne-toi.
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Remets-toi vite.
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Et aime-moi bien.
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Térésina.
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» FERDINAND — Elle vous a envoyé beaucoup ?
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DORINA — Mille francs, je crois ?
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MICUCCIO — Oui, mille.
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FERDINAND — Et votre champ ?
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Celui que vous avez vendu, il valait combien ?
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MICUCCIO — Mais qu'est-ce que ça pouvait valoir ?
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Pas grand-chose.
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Une petite terre.
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FERDINAND, se retournant vers Donna —Ah !...
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MICUCCIO — Mais je l'ai ici, moi, l'argent.
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Je ne veux rien, moi.
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Le peu que j'ai fait, je l'ai fait pour elle !
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unit 249
Nous étions d'accord pour attendre deux-trois ans, afin qu'elle puisse faire son chemin.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 3 weeks, 6 days ago
unit 250
Et madame Marthe me l'a toujours répété dans ses lettres.
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unit 251
Pour dire la vérité, voilà : cet argent, je ne l'attendais pas trop.
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unit 253
FERDINAND — Je crois bien !
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Et quel chemin, mon bonhomme !
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unit 255
MICUCCIO — Par conséquent..., le moment est venu... DORINA — De se marier ?
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MICUCCIO — Me voilà !
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FERDINAND — Vous êtes venu pour épouser Sina Marnis ?
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DORINA — Tais-toi donc !
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Puisqu'ils sont fiancés.
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Tu ne comprends rien.
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Bien sûr pour l'épouser !
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MICUCCIO —Je ne dis rien.
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Je dis simplement : me voilà !
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unit 264
J'ai planté tout le monde là-bas, au village : la famille, la musique, tous !
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unit 266
J'ai dû les arracher des mains de ma mère qui voulait les garder.
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unit 267
Ah non, messieurs, pas question d'argent avec Micuccio Bonavino, pas question !
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unit 269
Et vous l'avez apporté, votre octavin ?
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MICUCCIO — Naturellement.
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unit 271
Nous faisons une seule et même chose lui et moi.
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FERDINAND — Elle chante et il joue, tu comprends ?
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MICUCCIO — Je pourrais parfaitement jouer à l'orchestre.
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FERDINAND — Mais sûrement, pourquoi pas ?
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DORINA — Et vous devez bien jouer, j'imagine ?
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MICUCCIO — Mon Dieu, à peu près !
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unit 277
Je joue depuis dix ans déjà.
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FERDINAND — Si vous nous faisiez entendre quelque chose.
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unit 279
(Il va chercher l'étui de l'instrument).
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unit 280
DORINA — Oh !
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unit 281
bravo, bravo, faites-nous entendre quelque chose.
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MICUCCIO — Mais non, que voulez-vous entendre à cette heure-ci ?
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unit 283
DORINA — Quelque petite chose !
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unit 284
Soyez gentil !
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unit 285
FERDINAND — Un tout petit air !
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MICUCCIO — Mais non, mais non !
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unit 287
FERDINAND — Ne vous faites pas prier.
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unit 288
(Il ouvre l'étui et en tire l'instrument) Le voilà !
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unit 289
DORINA — Allons, juste pour que nous sachions comment vous jouez.
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unit 291
FERDINAND — Sinon, c'est moi qui joue.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 3 weeks ago
unit 292
MICUCCIO — Allons, puisque vous insistez.
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unit 293
Je vais vous jouer l'air que chantait Thérèse dans sa mansarde, ce jour-là.
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unit 294
FERDINAND et DORINA — Oui, oui, bravo!
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unit 295
Celui-là !
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unit 296
Micuccio s'assied et se met à jouer avec un grand sérieux.
2 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 2 weeks, 6 days ago
unit 297
Ferdinand et Dorina font de grands efforts pour ne pas rire.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 3 weeks, 1 day ago
unit 299
FERDINAND — Voilà Madame !
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unit 300
DORINA, à l'autre valet — Allez vite ouvrir.
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(Au cuisinier et aux autres.)
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unit 302
Et vous autres, dépêchez-vous.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 2 weeks, 6 days ago
unit 303
Madame a dit qu'elle voulait souper tout de suite en rentrant.
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unit 304
Le valet, le cuisinier et le plongeur disparaissent.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 2 weeks, 6 days ago
unit 305
FERDINAND — Qu'est-ce que j'ai fait de ma veste ?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 2 weeks, 6 days ago
unit 306
DORINA — De l'autre côté.
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Elle fait signe derrière le rideau et se retire en courant.
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Micuccio se lève, son instrument à la main, égaré.
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FERDINAND — Vous, restez là.
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Il faut d'abord que je prévienne Madame.
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Ferdinand parti, Micuccio demeure découragé, confus, avec un pressentiment douloureux.
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Fin de la première partie.
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CÉDRATS DE SICILE.

Un acte de LUIGI PIRANDELLO.

PERSONNAGES : MICUCCIO BONAVINO, joueur de flageolet.

MARTHE MARNIS, mère de Sina.

SINA MARNIS, chanteuse célèbre.

FERDINAND, valet de chambre.

DORINA, femme de chambre.

INVITÉS & D'AUTRES SERVITEURS.

Dans une ville de l'Italie du Nord.
De nos jours.
La scène représente une antichambre, très peu meublée : une table, quelques chaises.
Le coin à gauche de l'acteur est caché par un rideau.
Des portes latérales, à droite et à gauche.
Au fond, la porte principale, vitrée, donne sur une pièce sombre à travers laquelle on aperçoit une porte à tambour qui donne sur un salon splendidement éclairé.
À travers les vitres de la porte à tambour, on voit une somptueuse table dressée.
Il fait nuit. La chambre n'est pas éclairée. Quelqu'un ronfle derrière le rideau.
Pendant le lever du rideau, Ferdinand entre par la porte de droite avec une lampe à la main.
Il est en manches de chemise, mais il n'a qu'à endosser sa veste de garçon pour être prêt à servir le dîner.
Il est suivi par Micuccio Bonavino, d'aspect paysan, le col de son pardessus grossier, remonté jusqu'aux oreilles, des bottes jusqu'aux genoux, un vieux petit sac dans une main et dans l'autre une vieille petite valise et l'étui d'un instrument de musique, qu'il ne peut presque plus porter, à cause du froid et de la fatigue.
Dès que la chambre est éclairée, on n'entend plus ronfler derrière le rideau.

DORINA demande — Qui est là ?

FERDINAND, posant la lampe sur la table — Eh, Donna ! Il y a ici monsieur Bonviceno.

MICUCCIO, secouant la tête pour faire tomber du bout de son nez une petite goutte, corrige — Bonavino, Bona-vino.

DORINA, de derrière le rideau, en un bâillement — Et qui est-ce ?

FERDINAND — Un parent de Madame. (A Micuccio) Madame est votre cousine ?

MICUCCIO, embarrassé, hésitant — Non, à vrai dire nous ne sommes pas parents. Mais je suis Micuccio Bonavino : elle sait qui je suis.

DORINA, très curieuse bien qu'ensommeillée sort de la portière — Un parent de Madame ?

FERDINAND, irrité — Mais, voyons, laisse-moi écouter. (A Micuccio) Seulement du même village ? Alors, pourquoi l'avez-vous demandée, puisque la tante Marthe était là... (A Donna) Tu comprends. J'ai cru un parent, un neveu. Dans ces conditions, je ne peux pas vous recevoir, mon brave.

MICUCCIO — Vous ne pouvez pas me recevoir ? Mais je viens tout exprès de mon village.

FERDINAND — Exprès ? Pour quoi faire ?

MICUCCIO — Pour la voir.

FERDINAND — Mais on ne vient pas voir Madame à cette heure-ci. Elle n'est pas là.

MICUCCIO — Si le train arrive seulement maintenant, qu'est-ce que j'y peux, moi ? Est-ce que je pouvais dire au train : Va un peu plus vite.
(Il joint les mains et s'écrie en souriant comme pour le persuader d'être indulgent) C'est un train. Il arrive quand il doit arriver. Il y a deux jours que je suis dans ce train.

DORINA, le toisant — Ça se voit.

MICUCCIO — Ah oui ! Ça se voit beaucoup ? Je suis comment ?

DORINA — Plutôt vilain, mon brave. Ne vous fâchez pas.

FERDINAND — Moi, je ne peux pas vous laisser entrer. Revenez demain matin. Madame est au théâtre en ce moment.

MICUCCIO — Revenir demain matin ? Et où voulez-vous que j'aille à cette heure-ci ? Je ne connais personne ici. Si elle n'est pas là, je l'attendrai. Par exemple ! Je ne peux pas l'attendre ici ?

FERDINAND —Je vous dis que sans sa permission...

MICUCCIO — Sa permission ? Vous ne me connaissez pas...

FERDINAND — Justement parce que je ne vous connais pas. Je ne veux pas me faire attraper pour vous.

MICUCCIO, souriant avec un air de suffisance lui fait signe que non — Soyez tranquille.

DORINA, à Ferdinand — C'est vraiment le soir ! Tu penses comme Madame aura le temps de s'occuper de lui. (A Micuccio) Vous voyez, brave homme ?
(Elle lui montre le salon tout illuminé) Il va y avoir une grande fête.

MICUCCIO — Ah oui ! et quelle fête ?

DORINA — C'est la soirée d'honneur.

FERDINAND — Et ce ne sera pas fini avant l'aube demain.

MICUCCIO — Bon. Tant mieux. Je suis sûr que quand Thérésa me verra...

FERDINAND, à Dorina — Tu comprends ? Il l'appelle comme ça, lui, Thérésa, simplement. Il m'a demandé si Thérésa la chanteuse habitait ici.

MICUCCIO — Eh quoi ? Elle n'est pas chanteuse. Et son nom n'est pas Thérésa peut-être ?

DORINA — Mais alors, vous la connaissez vraiment bien ?

MICUCCIO — Si je la connais ! Nous avons grandi ensemble.

FERDINAND — Qu'est-ce que nous faisons ?

DORINA — Laisse-le donc attendre.

MICUCCIO, un peu froissé — Bien sûr que j'attendrai. Qu'est-ce que ça veut dire ? Je ne suis pas venu pour...

FERDINAND —Asseyez-vous là ; moi, je m'en lave les mains. Je dois préparer la table. Il se dirige vers le fond du salon.

MICUCCIO — Elle est bonne celle-là ! Comme si j'étais... C'est peut-être parce que vous me voyez ainsi, à cause de toute la fumée et de toute la poussière que j'ai prise en voyage... Si vous le disiez à Thérésa quand elle reviendra du théâtre...
(Il lui vient un doute et il regarde autour de lui) Pardon, cette maison à qui est-elle ?

DORINA, l'observant et commençant à s'amuser— Elle est à nous, tant que nous y sommes.

MICUCCIO — Et alors ? (Il jette un regard dans le salon) Elle est grande cette maison ?

DORINA — Assez.

MICUCCIO — Et là-bas, c'est un salon ?

DORINA — Pour la réception, cette nuit, on va y souper.

MICUCCIO — Oh ! Et quelle tablée, quel éclairage !

DORINA — C'est beau, n'est-ce pas ?

MICUCCIO, se frotte les mains, tout content — C'est donc vrai !

DORINA — Quoi donc ?

MICUCCIO — On le dit... elles sont à leur aise.

DORINA — Mais vous savez qui est Sina Marnis ?

MICUCCIO — Sina ? Ah oui ! maintenant on l'appelle Sina. La mère Marthe me l'a écrit. Térésina, bien sûr Térésina : Sina...

DORINA — Mais attendez... vous m'y faites penser...
(Elle appelle Ferdinand au salon) Dis ! viens Ferdinand... tu sais c'est... celui à qui écrit si souvent la mère de Madame.

MICUCCIO — Elle sait à peine écrire la pauvre.

DORINA — Oui, oui, Bonavita. Mais... Dominique ! Vous vous appelez Dominique !

MICUCCIO — Dominique ou Micuccio, c'est la même chose. Nous disons Micuccio.

DORINA — Et vous avez été malade dernièrement, n'est-ce pas ?

MICUCCIO — Ah ! oui, terriblement, j'ai failli mourir... on avait déjà allumé les cierges...

DORINA — Et madame Marthe vous a envoyé un mandat ? Je me rappelle, nous sommes allées ensemble à la poste.

MICUCCIO — Oui, un mandat. Et c'est même pour cela que je suis venu. Il est là l'argent.

DORINA — Vous le lui rapportez ?

MICUCCIO, se troublant — De l'argent ? jamais ! Il n'en faut même pas parler. Mais vous pensez qu'elles tarderont beaucoup à revenir ?

DORINA, regardant sa montre — Oui, encore un moment... Ce soir surtout...

FERDINAND, repassant du salon à la porte de gauche avec des ustensiles, criant — Bien, bravo ! Bis, bis !

MICUCCIO, souriant — Quelle voix, hum !

FERDINANT, repassant — Eh oui... la voix aussi.

MICUCCIO — Je peux en être fier, c'est mon œuvre.

DORINA — La voix ?

MICUCCIO — C'est moi qui l'ai découverte.

DORINA — Ah oui !
(A Ferdinand)
Tu entends, Ferdinand. C'est lui qui a découvert la voix de Madame.

MICUCCIO — Moi, je suis musicien.

FERDINAND — Ah ! vous êtes musicien. Et vous jouez de quoi, du trombone ?

MICUCCIO nie d'un signe de doigt, puis il dit — Du trombone ? Non, je joue de « l'octavin », moi, et je fais partie de la Chorale municipale de mon village.

DORINA — Qui s'appelle... attendez, je me rappelle...

MICUCCIO — Palma, Montechiaro. Comment voulez-vous qu'elle s'appelle.

DORINA — Ah, c'est ça : Palma.

FERDINAND — C'est donc vous qui avez découvert sa voix ?

DORINA — Allons, dites-nous comment vous avez fait. Écoute, Ferdinand.

MICUCCIO haussant les épaules — Comment j'ai fait? Elle chantait...

DORINA — Et vous, tout de suite... étant musicien.

MICUCCIO — Non, à vrai dire, pas tout de suite.

FERDINAND — II a fallu du temps.

MICUCCIO — Elle chantait toujours... même pour me faire enrager.

DORINA — Ah oui ?

FERDINAND — Pourquoi, par dépit ?

MICUCCIO — Pour ne pas penser à certaines choses.

FERDINAND — Quelles choses ?

MICUCCIO — Des ennuis, des contrariétés, la pauvre. Eh oui, son père venait de mourir. Moi je les aidais, elle et zia Marta. Ma mère ne voulait pas... enfin...

DORINA — Vous l'aimiez bien alors ?

MICUCCIO — Moi ? Si j'aimais bien Térésina... Ma mère prétendait que je devais l'abandonner parce qu'elle ne possédait rien, la pauvre petite, orpheline de père qu'elle était, tandis que moi, malgré tout, ma petite place je l'avais à la Chorale.

FERDINAND — Mais rien que ça. Vous étiez fiancés ?

MICUCCIO — À ce moment-là, nos parents ne voulaient pas. Et c'est par mélancolie et dépit que chantait Thérésa.

DORINA — Par exemple ! Et vous alors, vous en avez profité pour...

MICUCCIO — Le ciel, je peux le dire : une inspiration du ciel. Personne n'y avait jamais fait attention, même pas moi. Tout à coup, un matin...

FERDINAND — Tout de même, ce que c'est que la chance !

MICUCCIO —Je ne l'oublierai jamais. C'était un matin d'avril. Elle chantait à sa fenêtre sous le toit. Elle habitait alors une mansarde.

FERDINAND — Tu comprends ?

DORINA — Et ne va pas le dire.

MICUCCIO — Quel mal y a-t-il à cela ?

DORINA — Bien sûr ! Donc, elle chantait ?

MICUCCIO — Cent mille fois je l'avais entendu chanter ce petit air populaire.

DORINA — Un petit air ?

MICUCCIO — Oui, une musique, je n'y avais jamais fait attention. Mais ce matin-là... il me semblait que c'était un ange qui chantait... oui, un ange ! Alors, sans rien dire à personne, sans la prévenir, sans prévenir sa mère, à la fin de la journée, j'amenai dans leur mansarde le chef d'orchestre de notre chorale qui est un de mes amis. Ah! un grand ami : Saro Malaviti, un si brave homme. Il l'entend. Lui, c'est un maître très coté, et tout le monde le connaît à Palma. Il dit : « Mais ça c'est une voix du ciel ! » Vous imaginez ma joie. Je loue vite un piano. Pour le grimper là-haut dans la mansarde, je ne vous dis que ça, ce ne fut pas simple. J'achète de la musique et le professeur commence sans tarder à lui donner des leçons... gratis, le pauvre se contentant des quelques petits cadeaux que je pouvais lui faire de loin en loin — qui étais-je moi ? Ce que je suis toujours : un pauvre homme. Le piano était cher, la musique était chère et il fallait que Térésina fût bien nourrie.

FERDINAND — Naturellement.

DORINA — Pour avoir la force de chanter.

MICUCCIO — Tous les jours de la viande. Je peux vous le dire.

FERDINAND — Diable !

DORINA — Et alors ?

MICUCCIO — Elle commença à apprendre. Et à partir de ce moment... elle habitait là-haut au paradis, on entendit dans tout le village la belle voix... le monde sous les fenêtres dans la rue à l'écouter... elle brûlait de contentement et quand elle avait fini de chanter, elle me prenait par le bras et me secouait comme une folle. Car, déjà, elle savait, elle sentait ce qu'elle allait devenir et le maître alors le disait aussi. Et elle ne savait comment me prouver sa gratitude. Sa mère, au contraire, la pauvre...

DORINA — Elle ne voulait pas ?

MICUCCIO — Ce n'était pas qu'elle ne voulût pas, mais elle n'y croyait pas. Elle en avait tant vu dans sa vie, la pauvre vieille qu'elle n'aurait même pas voulu que l'espoir de sortir de l'humble condition à laquelle elle s'était résignée pût traverser l'esprit de sa fille. Elle avait peur, voilà ! Et puis, elle savait ce que ça me coûtait et que mes parents... Mais moi je rompis avec tout le monde, avec mon père et avec ma mère, le jour où un maître du dehors, très renommé (je ne sais plus son nom) vint à Palma et déclara que c'était un véritable crime de ne pas lui faire continuer ses études dans une grande ville... dans un conservatoire... je pris feu, je me fâchai avec tout le monde; je vendis le champ que m'avait laissé en mourant un de mes oncles, le curé et j'envoyai Thérésa à Naples, au Conservatoire.

FERDINAND — Vous ?

MICUCCIO — Oui, moi !

DORINA, à Ferdinand — À ses frais, tu comprends ?

MICUCCIO — Pendant quatre ans je l'ai entretenue en payant tous les frais de ses études. Quatre, vous entendez ! Depuis, je ne l'ai plus revue.

DORINA — Jamais ?

MICUCCIO — Jamais. Parce qu'après, elle s'est mise à chanter dans les théâtres, à droite, à gauche.
Après qu'elle eut pris son essor, de Naples à Rome, de Rome à Milan et puis en Espagne... et puis en Russie et de nouveau ici.

FERDINAND — Elle fait fureur.

MICUCCIO — Eh, je le sais. Je les ai tous là dans la valise, les journaux et j'ai aussi les lettres... (Il tire de sa poche un paquet de lettres) Les siennes et celles de sa mère. Les voici... Voici ses propres paroles quand elle m'envoya l'argent... et que j'étais à la mort... « Mon cher Micuccio, je n'ai pas le temps de t'écrire, mais je te confirme tout ce que te dit ma mère. Soigne-toi. Remets-toi vite. Et aime-moi bien. Térésina. »

FERDINAND — Elle vous a envoyé beaucoup ?

DORINA — Mille francs, je crois ?

MICUCCIO — Oui, mille.

FERDINAND — Et votre champ ? Celui que vous avez vendu, il valait combien ?

MICUCCIO — Mais qu'est-ce que ça pouvait valoir ? Pas grand-chose. Une petite terre.

FERDINAND, se retournant vers Donna —Ah !...

MICUCCIO — Mais je l'ai ici, moi, l'argent. Je ne veux rien, moi. Le peu que j'ai fait, je l'ai fait pour elle ! Nous étions d'accord pour attendre deux-trois ans, afin qu'elle puisse faire son chemin. Et madame Marthe me l'a toujours répété dans ses lettres. Pour dire la vérité, voilà : cet argent, je ne l'attendais pas trop. Mais si Thérèse me l'a envoyé c'est qu'elle en a trop et que son chemin, elle l'a précisément déjà fait.

FERDINAND — Je crois bien ! Et quel chemin, mon bonhomme !

MICUCCIO — Par conséquent..., le moment est venu...

DORINA — De se marier ?

MICUCCIO — Me voilà !

FERDINAND — Vous êtes venu pour épouser Sina Marnis ?

DORINA — Tais-toi donc ! Puisqu'ils sont fiancés. Tu ne comprends rien. Bien sûr pour l'épouser !

MICUCCIO —Je ne dis rien. Je dis simplement : me voilà ! J'ai planté tout le monde là-bas, au village : la famille, la musique, tous ! Je me suis disputé avec les miens à cause de ces mille lires qui sont arrivées à mon nom, quand j'étais si malade. J'ai dû les arracher des mains de ma mère qui voulait les garder. Ah non, messieurs, pas question d'argent avec Micuccio Bonavino, pas question ! Où que je sois, même au bout du monde, j'ai mon art, je ne serai pas à charge, j'ai mon octavin, là...

DORINA — Ah oui ? Et vous l'avez apporté, votre octavin ?

MICUCCIO — Naturellement. Nous faisons une seule et même chose lui et moi.

FERDINAND — Elle chante et il joue, tu comprends ?

MICUCCIO — Je pourrais parfaitement jouer à l'orchestre.

FERDINAND — Mais sûrement, pourquoi pas ?

DORINA — Et vous devez bien jouer, j'imagine ?

MICUCCIO — Mon Dieu, à peu près ! Je joue depuis dix ans déjà.

FERDINAND — Si vous nous faisiez entendre quelque chose.
(Il va chercher l'étui de l'instrument).

DORINA — Oh ! bravo, bravo, faites-nous entendre quelque chose.

MICUCCIO — Mais non, que voulez-vous entendre à cette heure-ci ?

DORINA — Quelque petite chose ! Soyez gentil !

FERDINAND — Un tout petit air !

MICUCCIO — Mais non, mais non !

FERDINAND — Ne vous faites pas prier.
(Il ouvre l'étui et en tire l'instrument) Le voilà !

DORINA — Allons, juste pour que nous sachions comment vous jouez.

MICUCCIO — Mais ce n'est pas possible... comme cela... tout seul...

DORINA — Mais ça ne fait rien, juste un peu.

FERDINAND — Sinon, c'est moi qui joue.

MICUCCIO — Allons, puisque vous insistez. Je vais vous jouer l'air que chantait Thérèse dans sa mansarde, ce jour-là.

FERDINAND et DORINA — Oui, oui, bravo! Celui-là !
Micuccio s'assied et se met à jouer avec un grand sérieux. Ferdinand et Dorina font de grands efforts pour ne pas rire. L'autre valet, le cuisinier, viennent aussi écouter, à qui Ferdinand et Dorina font des signes de se taire.Le jeu de Micaccio est interrompu par un fort coup de sonnette.

FERDINAND — Voilà Madame !

DORINA, à l'autre valet — Allez vite ouvrir.
(Au cuisinier et aux autres.)
Et vous autres, dépêchez-vous. Madame a dit qu'elle voulait souper tout de suite en rentrant. Le valet, le cuisinier et le plongeur disparaissent.

FERDINAND — Qu'est-ce que j'ai fait de ma veste ?

DORINA — De l'autre côté.
Elle fait signe derrière le rideau et se retire en courant. Micuccio se lève, son instrument à la main, égaré. Ferdinand cherche sa veste, l'endosse vivement, puis voyant que Micuccio se dirige,lui aussi, avec Donna, il l'arrête brutalement.

FERDINAND — Vous, restez là. Il faut d'abord que je prévienne Madame.
Ferdinand parti, Micuccio demeure découragé, confus, avec un pressentiment douloureux.

Fin de la première partie.