it-es  Il ritrato di Dorian Gray Capitolo nono Hard
Capítulo noveno.

A la mañana siguiente, mientras estaba desayunando, entró en la habitación Basil Hallward.
–Estoy feliz de haberte encontrado, Dorian –dijo este con tono grave. –Vine ayer por la noche, pero me dijeron que estabas en la Ópera.
Naturalmente sabía que era imposible, pero querría que tú hubieras dejado dicho dónde habías ido verdaderamente. Pasé una noche tremenda; casi tenía miedo de que a una tragedia pudiera seguirla otra. Pienso que, apenas recibiste la noticia, habrías podido mandarme llamar por telégrafo. Yo la leí por pura casualidad en una edición nocturna del "Globe" que me cayó en las manos en el círculo; me precipité aquí y sentí mucho no encontrarte. No puedo decirte hasta qué punto esta historia me ha consternado.
Sé cuánto debes sufrir. ¿Pero dónde has estado? ¿Has ido tal vez a encontrarte con su madre? Por un momento tuve la idea de ir a buscarte allí; el periódico daba la dirección, por la zona de Euston Road, ¿no es así? Después tuve miedo de ser un intruso, en presencia de un tormento que no estaba en mi poder aliviar.
Pobre mujer, ¡en qué estado debe de estar! ¡Y era la única hija!
¿Qué ha dicho de esta tragedia?
–Querido Basil, ¿y que sé yo? murmuró Dorian Gray, con un aspecto terriblemente aburrido, sorbiendo un vino de un pálido amarillo de un delicado vaso veneciano que parecía una burbuja de espuma salpicada de oro. —Estaba en la Ópera, debiste ir allí. Conocí a lady Gwendolen, la hermana de Harry; estábamos en su palco. Es una mujer encantadora y la Patti cantó divinamente. No hablamos de cosas horribles. Si no se habla de una cosa, no ha existido nunca; es solamente la expresión, como dice Harry, la que confiere realidad a las cosas.
Incidentalmente te diré que no era la única hija de aquella mujer, existe también un hijo.
Creo que se trata de un simpático muchacho, pero no es actor; es marinero o algo similar. Y ahora háblame de ti y de lo que estás pintando.
—¿Has ido a la Ópera?— dijo Hallward, hablando muy lentamente, con una voz en la que vibraba intensamente una nota de sufrimiento. —¿Has ido a la Ópera, mientras Sybil Vane yacía, muerta, en su miserable aposento? ¿Cómo puedes hablarme de otras mujeres encantadoras y de la Patti que canta divinamente, antes incluso de que la mujer que amabas haya encontrado la paz en la tumba?
¡No sabes qué horrores se preparan para aquel frágil cuerpo blanco suyo!
—¡Calla, Basil! No lo quiero escuchar— gritó Dorian, poniéndose de pie. —No me digas estas cosas. Lo que ha sido ha sido; el pasado pasado está.
—¿Llamas pasado a ayer?
—¿Qué importa cuánto tiempo haya transcurrido en realidad? Solamente los seres superficiales necesitan años para liberarse de una emoción. Un hombre que es dueño de sí mismo puede poner fin a un dolor con la misma facilidad con la que puede inventar un placer. Yo no voy a estar a la merced de mis emociones; quiero servirme de ellas, disfrutarlas y dominarlas.
—Dorian, ¡qué horrible! Hay algo que te ha cambiado por completo. Externamente, eres siempre el mismo muchacho maravilloso que venía cada día a mi estudio a posar para su retrato. Sin embargo, entonces, eras sencillo, natural, afectuoso; eras la criatura más intacta que existiera en el mundo.
Ahora no sé qué se ha apoderado de ti; hablas como si en ti no existiera corazón, no existiera la compasión. Es toda la influencia de Harry, supongo.
El joven se ruborizó. Fue a la ventana y miró durante algunos minutos el jardín verde, reluciente bajo la fuerza del sol.
Finalmente, dijo: —Basil, a Harry le debo mucho, más de lo que te debo a ti. Tú solamente me has enseñado la vanidad.
—Pues bien, ahora soy castigado por ello, Dorian, o seré castigado un día u otro.
—No sé qué cosa quieres decir, Basil— exclamó dándose la vuelta.
—No sé qué quieres de mí. ¿Qué quiero?
—Quiero al Dorian Gray que pinté— dijo cabizbajo el artista.
–Basil –dijo el joven, acercándose a él y poniéndole una mano en el hombro– llegas demasiado tarde. Ayer, cuando me enteré del suicidio de Sybil Vane... –¡Suicidio! ¡Dios mío! ¿no hay ninguna duda al respeto?– gritó Hallward, mirándolo con una expresión de horror.
–Querido Basil, ¿no creerás de verdad que haya sido un banal accidente? Naturalmente se ha suicidado.
El de más edad de los dos se llevó las manos a la cara, murmurando: –¡Qué horror!– Mientras un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
–No –dijo Dorian Gray–, no hay nada de tremendo en esto: es una de las grandes tragedias románticas de nuestro tiempo. Por regla general la vida de los actores es una vida ínfima; son buenos maridos, o esposas fieles, o cualquier otra cosa aburrida. Entiendes lo que quiero decir: virtudes pequeño burguesas y cosas de este género. Pero Sybil era distinta. Ha vivido su tragedia más bella. Había sido siempre una heroína. La última tarde que recitó, la tarde en que tú la viste, recitó mal porque había conocido la realidad del amor; cuando la conoció la irrealidad murió como habría podido morir Julieta y así regresó a la esfera del arte. Hay en ella algo de mártir; su muerte tiene toda la patética inutilidad, toda la belleza derrochada del martirio. Pero, como te decía, no debes pensar que yo no haya sufrido. Si hubieras venido ayer, en un determinado momento, hacia las cinco y media, digamos, o las seis y cuarto, me habrías encontrado con lágrimas; tampoco Harry, que vino (de hecho fue él quien me dio la noticia), tenía ni idea de por lo que yo estaba pasando. Sufrí inmensamente; pero después se ha pasado. Yo no puedo repetir una emoción; nadie puede hacerlo, salvo los sentimentales. Basil, eres terriblemente injusto. Has venido para consolarme, lo que es muy amable; me encuentras consolado, y esto te pone furioso. ¡Extraño modo de demostrarme tu simpatía! Me haces volver a pensar en una historia que me contó Harry, de un cierto filántropo que pasó veinte años de su vida luchando para que fuera reparado un abuso o fuera modificada una ley injusta, ya no sé exactamente cuál de las dos cosas.
Finalmente lo consiguió y la decepción que experimentó fue insoportable.
Ya no tenía nada qué hacer, casi se moría de aburrimiento y se volvió un misántropo endurecido. Y además, mi querido Basil, si verdaderamente quieres consolarme, enséñame más bien a olvidar lo sucedido o a verlo desde el punto de vista artístico adecuado.
¿No ha sido Gautier que ha escrito "consuelo de las artes"? Recuerdo que, un día en tu estudio, llegó a mis manos un pequeño volumen encuadernado en pergamino y mis ojos cayeron en esta deliciosa frase. Pues bien, yo no soy como aquel joven del que me hablaste aquella vez que fuimos juntos a Marlow, que solía decir que el satén amarillo puede servir de consuelo para todas las miserias de la existencia. Me gustan las cosas bellas que se pueden tocar y manejar; se puede extraer mucho de los brocados antiguos, de los bronces verdes, de los barnices, de las tallas de marfil, de un ambiente refinado, del lujo, de la pompa; pero para mí vale mucho más el temperamento artístico que crean o, por lo menos, revelan todas esas cosas. Volverse espectador de la propia existencia, como dice Harry, significa huir de los sufrimientos de la existencia. Sé que te sorprende oírme hablar así; tú no te das cuenta de mi desarrollo. Cuando me conociste era un colegial; ahora soy un hombre, con pasiones, pensamientos, ideas completamente nuevos. Soy diferente, pero por esto no debes quererme menos; he cambiado, pero tú debes seguir siendo mi amigo. Naturalmente quiero mucho a Harry; pero sé que tú res mejor que él: no más fuerte, porque tienes demasiado miedo de la vida, pero mejor; ¡y nosotros dos hemos sido tan felices juntos!
Basil, no me dejes y no te pelees conmigo. Soy lo que soy, y no hay más que decir.
El pintor estaba extrañamente conmovido. Aquel chico le era infinitamente querido y su personalidad había representado un giro decisivo en su arte. La idea de hacerle más reproches le pareció insoportable; después de todo, su indiferencia no era probablemente más que un estado de ánimo totalmente transitorio.
Había tanto de bueno, tanto de noble en él.
–Está bien, Dorian– dijo finalmente, con una sonrisa melancólica, –de hoy en adelante no te hablaré más de este horrible hecho. Espero solamente que tu nombre no sea puesto en relación con eso.
La investigación será esta tarde. ¿Te han convocado?
Dorian se encogió de hombros y la mención de la palabra "investigación" hizo pasar por su rostro una expresión de fastidio. Cosas de este género eran demasiado groseras, demasiado vulgares.
–No saben mi nombre– respondió.
–Pero ella sí.
–Solo el nombre de bautismo, y estoy seguro que no se lo ha dicho a nadie. Una vez me dijo que todos estaban muy curiosos de saber quién era yo y que ella les decía invariablemente que me llamaba Príncipe Azul: una cosa muy bonita. Basil, tienes que hacerme un dibujo de Sybil; me gustaría tener de ella algo más que el recuerdo de algún beso y de algunas palabritas patéticas.
—Trataré de hacer algo para complacerte, Dorian; pero tú debes volver a posar para mí. Sin ti, no puedo progresar.
Él se sorprendió y exclamó: —No puedo posar más para ti, Basil. ¡Es imposible!
El pintor lo miró fijamente. —¡Qué estupidez, querido!— exclamó. ¿Quieres acaso decir que el retrato que te hice no te gusta? Pero, ¿dónde está?
¿Por qué le has colocado un biombo delante? Déjamelo ver; es la mejor cosa que he realizado jamás. Quita ese biombo, Dorian; es una vergüenza que tu sirviente oculte mi obra de ese modo. En cuanto he entrado, he tenido la súbita sensación de que la habitación hubiera cambiado de aspecto.
—Mi sirviente no tiene la culpa, Basil. ¿Crees acaso que le permito disponer en mi lugar mi habitación? En ocasiones pone en orden las flores y basta. No, he sido yo. La luz sobre el retrato era demasiado intensa.
—¡Demasiado intensa! Por supuesto que no, querido amigo. La situación es admirable. Déjame verlo. —Hallward se dirigió hacia el rincón de la habitación.
De los labios de Dorian salió un grito de terror y se dirigió a interponerse entre el pintor y el biombo.
—Basil —dijo, muy pálido— no debes verlo. No quiero.
—¡No debo ver mi obra!— no lo dices en serio. Y, ¿por qué no debería verla?— exclamó riendo Hallward.
—Basil, por mi honor, si tratas de verla no te dirigiré más la palabra. Lo digo en serio, del modo más absoluto. No te doy explicaciones y tú no debes preguntarme; pero recuerda que si tocas este biombo todo ha terminado entre tú y yo.
Hallward parecía fulminado y miraba a Dorian con el mayor estupor. Antes de ese momento no lo había visto nunca así.
Incluso estaba blanco de la rabia, tenía las manos contraídas, sus pupilas eran como discos de fuego azul y se estremecía de la cabeza a los pies.
—¡Dorian!
—¡No me hables!
—Pero, ¿qué ha sucedido? —Naturalmente, si no quieres no lo miraré, dijo con bastante frialdad y se dirigió hacia la ventana. —No obstante, me parece de verdad bastante absurdo que no deba ver mi cuadro, tanto más cuanto que en otoño lo expondré en París.
Probablemente necesitará que antes le dé otra mano de barniz y, por tanto, un día deberé verlo. Y, entonces, ¿por qué hoy no?
—¿Exponerlo? ¿Quieres exponerlo?— exclamó Dorian Gray que sentía que lo invadía un extraño sentido de terror. Entonces, ¿su secreto estaba a punto de ser mostrado al mundo? ¿La gente habría contemplado consternada el misterio de su vida? ¡Imposible! Debía hacerse algo de inmediato, pero ¿qué?
—Sí. No creo que tengas ninguna dificultad. George Petit quiere reunir todos mis mejores cuadros para una exposición individual en la Rue de Sèze, que se abre la primera semana de octubre. El retrato no estará afuera más de un mes y pienso que por ese tiempo podrás prescindir de él; porque seguro que estarás fuera de la ciudad y, por lo demás, si lo tienes siempre detrás de un biombo, quiere decir que no te importa en exceso.
Dorian Gray se pasó la mano por la frente cubierta de gotas de sudor. Tenía la sensación de estar al borde de un espantoso peligro. Gritó: —Hace un mes me dijiste que no lo habrías expuesto nunca: ¿por qué has cambiado de idea? Vosotros que presumís tanto de ser coherentes tenéis los mismos caprichos que tienen todos, con la única diferencia de que vuestros caprichos son más bien insensatos. No puedes haber olvidado que me aseguraste del modo más solemne que nada en el mundo te induciría a enviarlo a una exposición y dijiste a Harry exactamente lo mismo.
Se paró bruscamente y le relampagueó en los ojos un destello de luz.
Le vino a la mente que Lord Henry le había dicho una vez medio en serio, medio en broma: "Cuando quieras pasar un cuarto de hora interesante, hazle decir a Basil por qué no quiere exponer tu retrato. Me lo ha dicho a mí y para mí ha sido una revelación". Sí, tal vez también Basil tenía su secreto; valía la pena intentar descubrirlo.
–Basil– le dijo, acercándose a él y mirándole fijamente a la cara, cada uno de nosotros dos tiene un secreto. Si me dices el tuyo, yo te diré el mío. ¿Cuál era el motivo que te impulsaba a negarte a exponer mi retrato?
El pintor, a su pesar, tuvo un escalofrío.
—Si te lo dijera, Dorian, podría ser que tú me quisieras peor y, con seguridad, te reirías de mí: dos cosas, la una y la otra, que no puedo soportar. Si deseas que no vea tu retrato, me resignaré. Siempre podré mirarte a ti. Si deseas que mi mejor obra permanezca oculta al mundo no importa; tu amistad es más importante para mí que la fama o la reputación.
—No, Basil, debes decírmelo—, insistió Dorian Gray. —Creo que tengo el derecho a saberlo.
La sensación de terror había desaparecido y le había entrado la curiosidad; estaba decidido a descubrir el misterio de Basil Hallward.
—Sentémonos, Dorian—, dijo el pintor que parecía turbado.
Sentémonos y responde solamente a una pregunta mía. ¿Has observado en el retrato algo curioso, algo que probablemente al principio no te había impresionado y que se te ha revelado de improviso?
—¡Basil!— gritó el joven, apretando con las manos temblorosas los brazos del sofá y mirándolo fijamente con los ojos abiertos y enfurecidos.
—Veo que es así. No digas nada: escucha primero lo que tengo que decir. Dorian, desde el momento en el que conocí tu personalidad sentí en mí la más extraordinaria de las influencias. Me dominaste el alma, el intelecto, las facultades; te convertiste para mí en la encarnación visible de ese ideal nunca visto, cuyo recuerdo nos persigue, a nosotros los artistas, como un delicioso sueño. Te he adorado; he estado celoso de todos aquellos con los que hablabas; te quería todo para mí solo; solo era feliz cuando estaba contigo, y cuando estabas lejos, no obstante, estabas siempre presente en mi arte... De todo esto, naturalmente, no te he dicho nunca nada; y hubiera sido imposible porque no lo habrías entendido. Yo mismo no llegaba a entenderlo: sabía solamente que me había encontrado cara a cara con la perfección y que a mis ojos el mundo se había vuelto maravilloso, tal vez demasiado maravilloso, porque en algunas adoraciones locas hay un peligro, el peligro de perderlas no menos que el de conservarlas. Pasaron semanas y semanas, durante las cuales anduve dejándome absorber cada vez más por ti; después se produjo un nuevo estadio. Te había dibujado como un Paris, en una delicada armadura, como Adonis, en ropas de cazador y empuñando la espada reluciente. Te había puesto en la proa de la barca de Adriano, en el acto de mirar el verde y turbio Nilo, y al margen de una laguna en un bosque de Grecia, en el acto de ver la maravilla de tu rostro en la plata silenciosa de las aguas.
Todo esto había sido como debe de ser el arte: inconsciente, ideal, lejano. Pero un día, un día fatal, me decidí a pintar un admirable retrato tuyo, de ti como eres verdaderamente; no en los trajes de una época muerta, sino en los vestidos y en el tiempo que son los tuyos. No sé si habrá sido el realismo del método o solo el milagro de tu personalidad, que de este modo se me presentaba sin nieblas y sin velos; lo cierto es que mientras trabajaba en ese retrato cada pincelada, cada trazo de color parecía revelarme mi secreto a mí mismo. Tuve miedo de que los demás llegaran a conocer mi idolatría; tuve la sensación de haber dicho demasiado, de haber puesto demasiado de mí mismo en aquel retrato. Fue entonces cuando tomé la decisión de no permitir nunca que fuera expuesto. A ti te molestó un poco, pero entonces no podías darte cuenta de lo que eso significaba para mí; Harry, a quien se lo conté, se puso a reír, pero eso poco me importaba. Cuando el retrato estuvo acabado y me encontré solo con él sentí que tenía razón... Pues bien, algunos días después el cuadro salió de mi estudio; y apenas fui liberado de la fascinación intolerable de su presencia me pareció haber sido un estúpido al imaginarme haber visto algo más allá de estas dos cosas: que tú eres extraordinariamente bello y que yo sé pintar. Todavía ahora no puedo contenerme de pensar que sea un error creer que la pasión que se experimenta en el acto de crear se manifieste nunca verdaderamente en la obra creada por nosotros.
El arte es siempre más abstracta que lo que nosotros imaginamos; las formas y colores nos hablan de formas y colores y nada más. A menudo me parece que el arte oculta al artista mucho más completamente de lo que lo revela. Por eso, al recibir esta invitación de París, decidí hacer de tu retrato la pieza principal de mi exposición. Nunca se me ocurrió que lo hubieras rechazado. Ahora me doy cuenta de que estabas en lo cierto: ese retrato no se puede mostrar. Dorian, no te enfades conmigo por lo que te he dicho. Como dije una vez a Harry, tú has sido hecho para ser adorado.
Dorian Gray respiró profundamente. Las mejillas retomaron el colorido y en sus labios se dibujó una sonrisa: había pasado el peligro. Por el momento, estaba seguro. Sin embargo, no podía evitar experimentar una infinita compasión por el pintor que le había hecho aquella extraña confesión y preguntarse si un día también le tocaría a él una dominación similar por parte de la personalidad de un amigo. Lord Henry tenía el encanto de ser muy peligroso, pero sólo eso; era demasiado inteligente y demasiado cínico para que se le pudiera querer verdaderamente bien. ¿Existiría alguna vez alguien capaz de inspirarle una extraña idolatría? ¿Era esta una de las cosas que le reservaba la vida?
—Me parece extraordinario, Dorian, que hayas visto todo esto en ese retrato. ¿Lo has visto de verdad?
—He visto algo —respondió—, algo que me ha parecido muy extraño.
—Y, entonces, ¿todavía te desagrada si miro el retrato?
Dorian movió la cabeza. —No debes preguntarme esto, Basil.
No puedo permitir en absoluto que te pongas delante de ese retrato.
—Pero, ¿un día lo permitirás?
—Jamás.
—Sí, tal vez tengas razón. Y, ahora, adiós, Dorian. Has sido la única persona en mi vida que ha tenido realmente una influencia en mi arte. Lo que he hecho de bueno te lo debo a ti. ¡Ay, no sabes cuánto me ha costado decirte lo que te he dicho!
—Querido Basil —dijo Dorian—, ¿qué me has dicho?
Simplemente que te parecía haberme admirado demasiado.
No es ningún cumplido.
—No quería ser un cumplido: era una confesión y ahora que la he hecho es como si algo hubiera salido de mí. Quizás no se deberían nunca traducir en palabras las propias adoraciones.
—Ha sido una confesión que me ha desilusionado mucho.
—¿Cómo? y ¿qué esperabas, Dorian? ¿No has visto por casualidad alguna otra cosa en ese retrato? ¿No había más que ver?
—No, no había más que ver. ¿Por qué me lo preguntas? Pero no debes hablarme de adoración: es una tontería. Tú y yo somos amigos, Basil, y debemos seguir siendo siempre amigos.
—Tú tienes a Harry— dijo melancólicamente el pintor.
—¡Oh, Harry!— gritó el joven, con una media sonrisa. —Harry se pasa el día diciendo cosas increíbles y las tardes haciendo cosas impredecibles. Es, precisamente, la vida que me gustaría llevar. Pero si me encontrase en un lío no creo que acudiera a Harry. Más bien acudiría a ti, Basil.
—¿Volverás a posar para mí?
—Es imposible.
—Tu negativa es la ruina de mi vida de artista. Nadie encuentra nunca dos cosas ideales; los que encuentran una son muy pocos.
—No puedo explicarte el porqué, Basil, pero nunca más debo posar para ti. En un retrato hay algo fatal; el retrato tiene su propia vida. Iré contigo a tomar el té y será igualmente agradable.
—Me temo que para ti sea incluso más agradable—, murmuró Hallward con pesar. —Y, ahora, adiós. Lamento que no quieras dejarme ver el retrato otra vez, pero no hay nada que hacer. Entiendo perfectamente tus sentimientos.
Apenas hubo salido, Dorian sonrió para sus adentros. Pobre Basil, ¡qué lejos estaba de conocer la verdadera razón! ¡Y qué extraño era que, en lugar de haber sido obligado a revelar su propio secreto hubiera conseguido, casi por casualidad, arrancarle un secreto a su amigo! ¡Cuántas cosas parecían claras después de esa extraña confesión! Los absurdos excesos de celos del pintor, su afección desenfrenada, sus curiosas reticencias, sus exagerados panegíricos –ahora lo entendía todo y le causaba pesar; le parecía que en una amistad así teñida de romance hubiera algo de trágico.
Suspiró y tocó la campanilla. Necesitaba esconder el retrato a toda costa. No podía volver a correr el riesgo de que fuera descubierto. Hubiera sido una locura dejar que ese objeto quedara ni siquiera una hora en una habitación en la que podía entrar cualquiera de sus amigos.
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Capitolo nono.
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La mattina dopo, mentre stava facendo colazione, venne introdotto nella camera Basil Hallward.
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- Sono felice di averti trovato, Dorian - disse questi con tono grave.
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- Ero venuto ieri sera, ma mi dissero che eri all'Opera.
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Passai una serata tremenda; avevo quasi paura che a una tragedia potesse seguirne un'altra.
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Penso che appena ricevesti la notizia avresti potuto mandarmi a chiamare per telegrafo.
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Non posso dirti fino a qual punto questa storia mi abbia costernato.
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So quanto devi soffrire.
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Ma dove sei andato?
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Sei forse andato a trovare sua madre?
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Povera donna, in che stato deve essere!
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Ed era l'unica figlia!
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Che cosa ha detto di questa tragedia?
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- Caro Basil, e che ne so io?
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- Io ero all'Opera; dovevi venire lì.
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Ho conosciuto Lady Gwendolen, la sorella di Harry; eravamo nel suo palco.
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E' una donna incantevole, e la Patti ha cantato divinamente.
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Non parliamo di cose orribili.
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Incidentalmente ti dirò che non era l'unica figlia di quella donna; c'è anche un figlio.
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Credo che sia un simpatico ragazzo, ma non fa l'attore; fa il marinaio, o qualcosa del genere.
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E ora parlami di te e di quello che stai dipingendo.
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- Sei andato all'Opera?
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Non sai quali orrori si preparano per quel suo fragile corpo bianco!
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- Taci, Basil!
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Non lo voglio sentire - gridò Dorian, scattando in piedi.
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- Non dirmi queste cose.
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Quello che è stato è stato; il passato è passato.
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- Ieri, lo chiami passato?
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- Che importa quanto tempo sia effettivamente trascorso?
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Solo gli esseri superficiali hanno bisogno di anni per liberarsi di un'emozione.
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Io non intendo essere alla mercé delle mie emozioni; voglio servirmene, goderle e dominarle.
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- Dorian, che cose orribili!
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C'è qualche cosa che ti ha interamente cambiato.
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E' tutta l'influenza di Harry, me ne accorgo.
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Il giovine arrossì.
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Disse finalmente: - Basil, io devo molto ad Harry, più di quanto debba a te.
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Tu mi hai insegnato soltanto la vanità.
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- Ebbene, ora ne sono punito, Dorian, o sarò punito un giorno o l'altro.
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- Non so che cosa tu voglia dire, Basil - esclamò lui, girandosi.
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- Non so che cosa tu voglia da me.
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Che vuoi?
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- Voglio il Dorian Gray che ho dipinto - disse mestamente l'artista.
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Ieri, quando seppi il suicidio di Sybil Vane... - Suicidio!
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gran Dio!
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non c'è nessun dubbio in proposito?
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gridò Hallward, guardandolo con un'espressione di orrore.
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- Caro Basil, non crederai certo che sia stato un banale incidente?
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Naturalmente si è uccisa.
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Il più anziano dei due uomini si prese il viso tra le mani, mormorando: - che orrore!
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- mentre un brivido lo scoteva tutto.
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Capisci quello che voglio dire: virtù piccolo borghese e roba di questo genere.
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Ma Sybil era diversa.
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Ha vissuto la sua più bella tragedia.
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Era sempre stata un'eroina.
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Ma, come ti dicevo, non devi pensare che io non abbia sofferto.
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Soffrivo immensamente; ma poi è passato.
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Io non posso ripetere un'emozione; nessuno può farlo, tranne i sentimentali.
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Basil, sei terribilmente ingiusto.
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Strano modo di dimostrarmi la tua simpatia!
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Finalmente ci riuscì e la delusione che provò fu insuperabile.
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Non aveva più niente da fare, moriva quasi dalla noia e diventò un misantropo indurito.
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Non è stato il Gautier che ha scritto della "consolation des arts"?
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So che sentirmi parlare così ti sorprende; tu non ti rendi conto del mio sviluppo.
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Basil, non mi lasciare e non litigare con me.
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Io sono quello che sono, e non c'è altro da dire.
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Il pittore era stranamente commosso.
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unit 98
C'era tanto di buono, tanto di nobile in lui.
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unit 100
Spero solo che il tuo nome non venga fatto in relazione ad esso.
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unit 101
L'inchiesta ci sarà questo pomeriggio.
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unit 102
Sei stato convocato?
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unit 104
Cose di questo genere erano troppo grossolane, troppo volgari.
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unit 105
- Non sanno il mio nome - rispose.
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unit 106
- Lei sì, però.
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- Soltanto il nome di battesimo, e quello sono sicuro che non l'ha detto a nessuno.
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- Cercherò di fare qualcosa per farti piacere, Dorian; ma tu devi tornare a posare per me.
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Senza di te non posso andare avanti.
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unit 112
Egli trasalì ed esclamò: - Non posso più posare per te, Basil.
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E' impossibile!
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Il pittore lo fissò.
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unit 115
- Che sciocchezze, mio caro!
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- esclamò.
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unit 117
Vuoi dire forse che il ritratto che ti ho fatto non ti piace?
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unit 118
Ma dov'è?
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unit 119
Perché ci hai messo un paravento davanti?
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unit 120
Lasciamelo guardare; è la cosa migliore che io abbia mai fatto.
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unit 122
Appena sono entrato ho avuto subito la sensazione che la stanza avesse cambiato aspetto.
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unit 123
- Il mio servitore non ne ha colpa, Basil.
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unit 124
Credi forse che gli permetta di sistemare per me la mia stanza?
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unit 125
A volte mette a posto i fiori, e basta.
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unit 126
No, sono stato io.
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La luce sul ritratto era troppo forte.
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- Troppo forte!
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No di certo, amico mio.
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unit 130
La collocazione è ammirevole.
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unit 131
Fammelo vedere.
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unit 132
- Hallward si diresse verso l'angolo della stanza.
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unit 134
- Basil -disse, pallidissimo, - non devi vederlo.
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Non voglio.
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- Non devo vedere la mia opera!
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unit 137
non dici sul serio.
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unit 138
E perché non dovrei vederla?
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unit 139
- esclamò ridendo Hallward.
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unit 140
- Basil, sul mio onore, se cerchi di vederla non ti rivolgerò più la parola.
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unit 141
Dico sul serio, nel modo più assoluto.
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unit 143
Hallward sembrava fulminato e guardava Dorian con il più profondo stupore.
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unit 144
Prima di allora non lo aveva mai visto così.
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- Dorian!
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- Non mi parlare!
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- Ma che è successo?
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unit 149
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E allora, perché oggi no?
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- Esporlo?
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unit 154
Lo vuoi esporre?
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unit 155
- esclamò Dorian Gray che si sentiva invadere da uno strano senso di terrore.
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unit 156
Il suo segreto stava dunque per essere mostrato al mondo?
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La gente avrebbe contemplato sbigottita il mistero della sua vita?
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unit 158
Impossibile!
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Si doveva fare subito qualche cosa; ma che cosa?
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- Sì.
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Non credo che avrai nessuna difficoltà.
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Dorian Gray si passò la mano sulla fronte imperlata di stille di sudore.
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unit 165
Aveva la sensazione di essere sull'orlo di un pericolo spaventoso.
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Gridò: - Un mese fa mi dicesti che non l'avresti mai esposto: Perché hai cambiato idea?
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unit 169
Si fermò bruscamente e gli balenò negli occhi uno sprazzo di luce.
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unit 171
L'ha detto a me, e per me è stata una rivelazione".
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unit 172
Sì, forse anche Basil aveva il suo segreto; valeva la pena di provare a scoprirlo.
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unit 173
- Basil - gli disse, avvicinandosi a lui e fissandolo in viso, ognuno di noi due ha un segreto.
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unit 174
Se mi dici il tuo, io ti dirò il mio.
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unit 175
Qual era il motivo che ti spingeva a rifiutarti di esporre il mio ritratto?
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unit 176
Il pittore, suo malgrado, ebbe un brivido.
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Se desideri che non guardi il tuo ritratto mi rassegnerò.
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unit 179
Potrò sempre guardare te.
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unit 181
- No, Basil, devi dirmelo - insisté Dorian Gray.
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- Credo di avere il diritto di saperlo.
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- Sediamoci, Dorian - disse il pittore, che sembrava turbato.
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unit 185
Sediamoci, e rispondi soltanto a una mia domanda.
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- Basil!
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- Vedo che è così.
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Non dire niente: ascolta prima quello che ho da dire io.
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Tutto questo era stato come l'arte deve essere: inconscio, ideale, lontano.
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unit 202
Fu allora che presi la decisione di non permettere mai che venisse esposto.
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Spesso mi sembra che l'arte nasconda l'artista ben più completamente di quanto non lo riveli.
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unit 209
Non mi venne mai in mente che tu avresti rifiutato.
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unit 210
Ora mi accorgo che avevi ragione: quel ritratto non si può mostrare.
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unit 211
Dorian, non essere in collera con me per quello che ti ho detto.
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unit 212
Come dissi una volta a Harry, tu sei fatto per essere adorato.
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Dorian Gray fece un profondo respiro.
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unit 214
Le guance ripresero il colorito e un sorriso vagò sulle sue labbra: il pericolo era passato.
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unit 215
Per il momento era al sicuro.
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Sarebbe mai esistito qualcuno capace di ispirargli una strana idolatria?
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Era questa una delle cose che la vita gli riservava?
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- Mi sembra straordinario, Dorian, che tu abbia visto tutto questo in quel ritratto.
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L'hai visto veramente?
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- Vi ho visto qualcosa - rispose lui, - qualcosa che mi è sembrata molto strana.
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- E allora ti dispiace ancora se guardo il ritratto?
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Dorian scosse la testa.
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- Questo non devi chiedermelo, Basil.
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Non posso assolutamente permettere che tu ti ponga davanti a quel ritratto.
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- Ma un giorno lo permetterai?
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- Mai.
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- Sì, forse hai ragione.
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E ora addio, Dorian.
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Sei stato la sola persona nella mia vita che abbia realmente avuto un'influenza sulla mia arte.
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Quello che ho fatto di buono lo devo a te.
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Ah, tu non sai quanto mi sia costato dirti tutto quello che ti ho detto.
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- Caro Basil - disse Dorian, - che cosa mi hai detto?
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Semplicemente che ti sembrava di avermi ammirato troppo.
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Non è nemmeno un complimento.
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Forse non si dovrebbe mai tradurre in parole le proprie adorazioni.
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- E' stata una confessione che mi ha molto deluso.
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- Come?
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e che cosa ti aspettavi, Dorian?
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Tu non hai mica visto qualche altra cosa in quel ritratto?
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Non c'era altro da vedere?
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- No, non c'era altro da vedere.
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Perché me lo chiedi?
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Ma non devi parlare di adorazione: è sciocco.
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Tu ed io siamo amici, Basil, e dobbiamo rimanere sempre amici.
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- Tu hai Harry - disse melanconicamente il pittore.
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- Oh, Harry !
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- gridò il ragazzo, con una mezza risata.
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E' precisamente la vita che mi piacerebbe fare.
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Però se mi trovassi in un guaio non credo che andrei da Harry.
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Verrei piuttosto da te, Basil.
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- Tornerai a posare per me?
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- E' impossibile.
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- Il tuo rifiuto è la rovina della mia vita di artista.
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Nessuno incontra mai due cose ideali; ben pochi sono quelli che ne incontrano una.
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- Non posso spiegarti il perché, Basil, ma per te non devo posare mai più.
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In un ritratto c'è qualche cosa di fatale; il ritratto ha una vita sua propria.
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Verrò da te a prendere il tè e sarà altrettanto piacevole.
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- Per te ho paura che sia anche più piacevole - mormorò Hallward con rimpianto.
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- E ora addio.
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Capisco perfettamente i tuoi sentimenti.
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Appena fu uscito, Dorian sorrise a se stesso.
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Povero Basil, come era lontano dal conoscere la vera ragione!
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Quante cose sembravano chiare dopo quella strana confessione!
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Sospirò e suonò il campanello.
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Bisognava nascondere il ritratto a ogni costo.
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Non poteva correre un'altra volta il rischio di una scoperta.
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Santxiki • 5807  commented on  unit 5  2 weeks, 4 days ago

Capitolo nono.

La mattina dopo, mentre stava facendo colazione, venne
introdotto nella camera Basil Hallward.
- Sono felice di averti trovato, Dorian - disse questi con tono
grave. - Ero venuto ieri sera, ma mi dissero che eri all'Opera.
Naturalmente sapevo che era impossibile, ma vorrei che tu
avessi lasciato detto dov'eri andato veramente. Passai una
serata tremenda; avevo quasi paura che a una tragedia potesse
seguirne un'altra. Penso che appena ricevesti la notizia avresti
potuto mandarmi a chiamare per telegrafo. Io la lessi per puro
caso in un'edizione serale del "Globe" che mi capitò in mano al
circolo; mi precipitai qui e mi dispiacque moltissimo di non
trovarti. Non posso dirti fino a qual punto questa storia mi
abbia costernato.
So quanto devi soffrire. Ma dove sei andato? Sei forse andato a
trovare sua madre? Per un momento mi venne l'idea di venire a
cercarti là; il giornale dava l'indirizzo, dalle parti di Euston
Road, non è vero? Poi ebbi paura di essere un intruso, in
presenza di uno strazio che non era in mio potere di alleviare.
Povera donna, in che stato deve essere! Ed era l'unica figlia!
Che cosa ha detto di questa tragedia?
- Caro Basil, e che ne so io? - mormorò Dorian Gray, con
un'aria terribilmente annoiata, sorseggiando un vino di un
pallido giallo da un delicato bicchiere veneziano che sembrava
una bolla di schiuma imperlata d'oro. - Io ero all'Opera; dovevi
venire lì. Ho conosciuto Lady Gwendolen, la sorella di Harry;
eravamo nel suo palco. E' una donna incantevole, e la Patti ha
cantato divinamente. Non parliamo di cose orribili. Se di una
cosa non si parla, non è mai esistita; è soltanto l'espressione,
come dice Harry, che conferisce realtà alle cose.
Incidentalmente ti dirò che non era l'unica figlia di quella
donna; c'è anche un figlio.
Credo che sia un simpatico ragazzo, ma non fa l'attore; fa il
marinaio, o qualcosa del genere. E ora parlami di te e di quello
che stai dipingendo.
- Sei andato all'Opera? - disse Hallward, parlando molto
adagio, con una voce in cui vibrava intensamente una nota di
sofferenza.- Sei andato all'Opera, mentre Sybil Vane giaceva,
morta, nel suo miserabile alloggio? Come puoi parlarmi di altre
donne incantevoli e della Patti che canta divinamente, prima
ancora che la donna che amavi abbia trovato pace nella tomba?
Non sai quali orrori si preparano per quel suo fragile corpo
bianco!
- Taci, Basil! Non lo voglio sentire - gridò Dorian, scattando in
piedi. - Non dirmi queste cose. Quello che è stato è stato; il
passato è passato.
- Ieri, lo chiami passato?
- Che importa quanto tempo sia effettivamente trascorso? Solo
gli esseri superficiali hanno bisogno di anni per liberarsi di
un'emozione. Un uomo che sia padrone di se stesso può
mettere fine a un dolore con la stessa facilità con cui può
inventare un piacere. Io non intendo essere alla mercé delle mie
emozioni; voglio servirmene, goderle e dominarle.
- Dorian, che cose orribili! C'è qualche cosa che ti ha
interamente cambiato. Esteriormente sei sempre lo stesso
ragazzo meraviglioso che veniva ogni giorno nel mio studio a
posare per il suo ritratto. Allora però eri semplice, naturale,
affettuoso; eri la creatura più intatta che esistesse al mondo.
Adesso non so che cosa ti abbia preso; parli come se in te non
esistesse il cuore, non esistesse la compassione. E' tutta
l'influenza di Harry, me ne accorgo.
Il giovine arrossì. Andò alla finestra e guardò per qualche
minuto il giardino verde, scintillante sotto la sferza del sole.
Disse finalmente:
- Basil, io devo molto ad Harry, più di quanto debba a te. Tu mi
hai insegnato soltanto la vanità.
- Ebbene, ora ne sono punito, Dorian, o sarò punito un giorno o
l'altro.
- Non so che cosa tu voglia dire, Basil - esclamò lui, girandosi.
- Non so che cosa tu voglia da me. Che vuoi?
- Voglio il Dorian Gray che ho dipinto - disse mestamente
l'artista.
- Basil, - disse il giovine, avvicinandosi a lui e mettendogli una
mano sulla spalla, - arrivi troppo tardi. Ieri, quando seppi il
suicidio di Sybil Vane...
- Suicidio! gran Dio! non c'è nessun dubbio in proposito? gridò
Hallward, guardandolo con un'espressione di orrore.
- Caro Basil, non crederai certo che sia stato un banale
incidente? Naturalmente si è uccisa.
Il più anziano dei due uomini si prese il viso tra le mani,
mormorando: - che orrore! - mentre un brivido lo scoteva tutto.
- No - disse Dorian Gray, - non c'è niente di tremendo in
questo:
è una delle grandi tragedie romantiche del nostro tempo. Di
regola la vita degli attori è una vita infima; sono buoni mariti, o
mogli fedeli, o qualche altra cosa noiosa. Capisci quello che
voglio dire: virtù piccolo borghese e roba di questo genere. Ma
Sybil era diversa. Ha vissuto la sua più bella tragedia. Era
sempre stata un'eroina. L'ultima sera che recitò, la sera che tu la
vedesti, recitò male perché aveva conosciuto la realtà
dell'amore; quando ne conobbe l'irrealtà morì come avrebbe
potuto morire Giulietta e rientrò così nella sfera dell'arte. C'è in
lei qualcosa della martire; la sua morte ha tutta la patetica
inutilità, tutta la bellezza sprecata del martirio. Ma, come ti
dicevo, non devi pensare che io non abbia sofferto. Se tu fossi
venuto ieri, in un certo momento, verso le cinque e mezzo,
diciamo, o le sei e un quarto, mi avresti trovato in lacrime;
neppure Harry, che venne (anzi fu lui a darmi la notizia), aveva
un'idea di quello che stavo attraversando. Soffrivo
immensamente; ma poi è passato. Io non posso ripetere
un'emozione; nessuno può farlo, tranne i sentimentali. Basil,
sei terribilmente ingiusto. Sei venuto qui per consolarmi, cosa
che è molto gentile; mi trovi consolato, e questo ti rende
furibondo. Strano modo di dimostrarmi la tua simpatia! Mi fai
ripensare a una storia che mi raccontò Harry, di un certo
filantropo che passò vent'anni della sua vita a lottare affinché
venisse riparato un abuso o fosse modificata una certa legge
ingiusta, non so più esattamente quale delle due cose.
Finalmente ci riuscì e la delusione che provò fu insuperabile.
Non aveva più niente da fare, moriva quasi dalla noia e diventò
un misantropo indurito. E poi, mio caro Basil, se vuoi
veramente consolarmi, insegnami piuttosto a dimenticare
l'accaduto oppure a vederlo dal giusto punto di vista artistico.
Non è stato il Gautier che ha scritto della "consolation des
arts"? Mi ricordo che un giorno nel tuo studio mi capitò in
mano un volumetto rilegato in pergamena e gli occhi mi
caddero su questa frase deliziosa. Orbene, io non sono come
quel giovane di cui mi raccontasti quella volta che andammo
insieme a Marlow, che era solito dire che il satin giallo può
servire di consolazione a tutte le miserie dell'esistenza. Mi
piacciono le belle cose che si possono toccare e maneggiare;
dai broccati antichi, dai bronzi verdi, dalle lacche, dagli avori
intagliati, da un ambiente raffinato, dal lusso, dalla pompa si
può ricavare molto; ma per me vale molto di più il
temperamento artistico che tutte quelle cose creano o, quanto
meno, rivelano. Diventare spettatore della propria esistenza,
come dice Harry, significa sfuggire alle sofferenze
dell'esistenza. So che sentirmi parlare così ti sorprende; tu non
ti rendi conto del mio sviluppo. Quando mi hai conosciuto ero
uno scolaretto; ora sono un uomo, con passioni, pensieri, idee
interamente nuovi. Sono diverso, ma per questo non devi
volermi meno bene; sono cambiato, ma tu devi restare mio
amico. Naturalmente voglio molto bene a Harry; ma so che tu
sei migliore di lui: non più forte, perché hai troppa paura della
vita, ma migliore; e noi due siamo stati tanto felici insieme!
Basil, non mi lasciare e non litigare con me. Io sono quello che
sono, e non c'è altro da dire.
Il pittore era stranamente commosso. Quel ragazzo gli era
infinitamente caro e la sua personalità aveva rappresentato una
svolta decisiva della sua arte. L'idea di fargli altri rimproveri
gli sembrò insopportabile; dopo tutto, la sua indifferenza non
era probabilmente che uno stato d'animo del tutto transitorio.
C'era tanto di buono, tanto di nobile in lui.
- Va bene, Dorian - disse alla fine, con un sorriso melanconico,-
da oggi in poi non ti parlerò più di questo orribile fatto. Spero
solo che il tuo nome non venga fatto in relazione ad esso.
L'inchiesta ci sarà questo pomeriggio. Sei stato convocato?
Dorian scrollò la testa e la menzione della parola "inchiesta"
fece passare sul suo viso un'espressione di fastidio. Cose di
questo genere erano troppo grossolane, troppo volgari.
- Non sanno il mio nome - rispose.
- Lei sì, però.
- Soltanto il nome di battesimo, e quello sono sicuro che non
l'ha detto a nessuno. Una volta mi disse che tutti erano molto
curiosi di sapere chi ero e che lei diceva invariabilmente che mi
chiamavo Principe Azzurro: una cosa molto carina. Basil, devi
farmi un disegno di Sybil; mi piacerebbe avere di lei qualcosa
di più del ricordo di qualche bacio e di qualche parolina
patetica.
- Cercherò di fare qualcosa per farti piacere, Dorian; ma tu devi
tornare a posare per me. Senza di te non posso andare avanti.
Egli trasalì ed esclamò:
- Non posso più posare per te, Basil. E' impossibile!
Il pittore lo fissò. - Che sciocchezze, mio caro! - esclamò. Vuoi
dire forse che il ritratto che ti ho fatto non ti piace? Ma dov'è?
Perché ci hai messo un paravento davanti? Lasciamelo
guardare; è la cosa migliore che io abbia mai fatto. Leva via
quel paravento, Dorian; è una vergogna che il tuo servitore
nasconda la mia opera in quel modo. Appena sono entrato ho
avuto subito la sensazione che la stanza avesse cambiato
aspetto.
- Il mio servitore non ne ha colpa, Basil. Credi forse che gli
permetta di sistemare per me la mia stanza? A volte mette a
posto i fiori, e basta. No, sono stato io. La luce sul ritratto era
troppo forte.
- Troppo forte! No di certo, amico mio. La collocazione è
ammirevole. Fammelo vedere. - Hallward si diresse verso
l'angolo della stanza.
Un grido di terrore proruppe dalle labbra di Dorian, che si
lanciò a mettersi in mezzo tra il pittore e il paravento.
- Basil -disse, pallidissimo, - non devi vederlo. Non voglio.
- Non devo vedere la mia opera! non dici sul serio. E perché
non dovrei vederla? - esclamò ridendo Hallward.
- Basil, sul mio onore, se cerchi di vederla non ti rivolgerò più
la parola. Dico sul serio, nel modo più assoluto. Non ti dò
spiegazioni e tu non devi chiederne; ma ricordati che se tocchi
questo paravento fra te e me tutto è finito.
Hallward sembrava fulminato e guardava Dorian con il più
profondo stupore. Prima di allora non lo aveva mai visto così.
Era addirittura livido di rabbia, aveva le mani contratte, le sue
pupille erano come dischi di fuoco azzurro e tremava dalla
testa ai piedi.
- Dorian!
- Non mi parlare!
- Ma che è successo? Naturalmente, se non vuoi non lo
guarderò disse piuttosto freddamente e si avviò verso la
finestra. - Però mi sembra davvero abbastanza assurdo che io
non debba vedere il mio quadro, tanto più che in autunno lo
esporrò a Parigi.
Probabilmente bisognerà che prima ci dia un'altra mano di
vernice, e dunque un giorno dovrò pur vederlo. E allora, perché
oggi no?
- Esporlo? Lo vuoi esporre? - esclamò Dorian Gray che si
sentiva invadere da uno strano senso di terrore. Il suo segreto
stava dunque per essere mostrato al mondo? La gente avrebbe
contemplato sbigottita il mistero della sua vita? Impossibile! Si
doveva fare subito qualche cosa; ma che cosa?
- Sì. Non credo che avrai nessuna difficoltà. George Petit vuol
raccogliere tutti i miei quadri migliori per un'esposizione
individuale nella Rue de Sèze, che si apre la prima settimana di
ottobre. Il ritratto non starà via più di un mese e penso che per
quel tempo potrai farne a meno; tanto, sarai di sicuro fuori
città, e, del resto, se lo tieni sempre dietro un paravento vuol
dire che non ci tieni eccessivamente.
Dorian Gray si passò la mano sulla fronte imperlata di stille di
sudore. Aveva la sensazione di essere sull'orlo di un pericolo
spaventoso. Gridò:
- Un mese fa mi dicesti che non l'avresti mai esposto: Perché
hai cambiato idea? Voialtri che vi piccate tanto di essere
coerenti avete gli stessi capricci che hanno tutti, con la sola
differenza che i vostri capricci sono piuttosto insensati. Non
puoi aver dimenticato che mi assicurasti nel modo più solenne
che niente al mondo ti avrebbe indotto a mandarlo a
un'esposizione; e a Harry dicesti esattamente la stessa cosa.
Si fermò bruscamente e gli balenò negli occhi uno sprazzo di
luce.
Gli tornò in mente che una volta Lord Henry gli aveva detto,
tra il serio e il faceto: "Quando vorrai passare un quarto d'ora
curioso, fatti dire da Basil perché non vuole esporre il tuo
ritratto. L'ha detto a me, e per me è stata una rivelazione". Sì,
forse anche Basil aveva il suo segreto; valeva la pena di
provare a scoprirlo.
- Basil - gli disse, avvicinandosi a lui e fissandolo in viso,
ognuno di noi due ha un segreto. Se mi dici il tuo, io ti dirò il
mio. Qual era il motivo che ti spingeva a rifiutarti di esporre il
mio ritratto?
Il pittore, suo malgrado, ebbe un brivido.
- Se te lo dicessi, Dorian, potrebbe darsi che tu mi volessi meno
bene, e di certo rideresti di me: due cose, l'una e l'altra, che non
posso sopportare. Se desideri che non guardi il tuo ritratto mi
rassegnerò. Potrò sempre guardare te. Se vuoi che il mio
miglior lavoro rimanga nascosto al mondo non importa; la tua
amicizia mi preme di più della fama o della reputazione.
- No, Basil, devi dirmelo - insisté Dorian Gray. - Credo di avere
il diritto di saperlo.
Il senso di terrore era svanito e vi era subentrata la curiosità;
era deciso a scoprire il mistero di Basil Hallward.
- Sediamoci, Dorian - disse il pittore, che sembrava turbato.
Sediamoci, e rispondi soltanto a una mia domanda. Hai
osservato nel ritratto qualche cosa di curioso, qualche cosa che
sulle prime probabilmente non ti aveva colpito e che ti si è
rivelata improvvisamente?
- Basil! - gridò il giovine, stringendo nelle mani tremanti i
braccioli della poltrona e fissandolo con occhi sbarrati e furiosi.
- Vedo che è così. Non dire niente: ascolta prima quello che ho
da dire io. Dorian, fin dal momento in cui ti conobbi la tua
personalità ebbe su me la più straordinaria delle influenze. Fui
dominato da te nell'anima, nell'intelletto, nelle facoltà;
diventasti per me l'incarnazione visibile di quell'ideale mai
visto, il cui ricordo ci perseguita, a noi artisti, come un sogno
delizioso. Ti ho adorato; sono stato geloso di tutti quelli con i
quali parlavi; ti volevo tutto per me solo; ero felice soltanto
quando ero con te e quando eri lontano eri pur sempre presente
nella mia arte... Di tutto questo, naturalmente, non ti ho mai
fatto sapere niente; e sarebbe stato impossibile perché non
l'avresti capito. Io stesso non arrivavo a capirlo: sapevo
soltanto che mi ero trovato faccia a faccia con la perfezione e
che ai miei occhi il mondo era diventato meraviglioso, troppo
meraviglioso forse, perché in certe pazze adorazioni c'è un
pericolo, il pericolo di perderle non meno che quello di
conservarle. Passarono settimane e settimane, durante le quali
andai lasciandomi assorbire sempre più da te; poi ci fu uno
stadio ulteriore. Ti avevo disegnato come un Paride, in una
delicata armatura, come Adone, in vesti da cacciatore e con la
spada lucente in pugno. Ti avevo posto sulla prua della barca di
Adriano, nell'atto di guardare il verde e torbido Nilo, e sul
margine di uno stagno in un bosco della Grecia, nell'atto di
vedere la meraviglia del tuo volto nel tacito argento delle
acque.
Tutto questo era stato come l'arte deve essere: inconscio,
ideale, lontano. Ma un giorno, un giorno fatale, mi decisi a
dipingere un tuo mirabile ritratto, di te come sei veramente;
non nel costume di un'epoca morta, ma nelle vesti e nel tempo
che sono tuoi. Non so se sia stato il realismo del metodo
oppure solo il miracolo della tua personalità che in questo
modo mi si presentava senza nebbie e senza veli; certo è che
mentre lavoravo a quel ritratto ogni pennellata, ogni striscia di
colore sembrava rivelare a me stesso il mio segreto. Ebbi paura
che gli altri venissero a conoscere la mia idolatria; ebbi la
sensazione di aver detto troppo, di aver messo in quel ritratto
troppo di me stesso. Fu allora che presi la decisione di non
permettere mai che venisse esposto. Tu ne fosti un po' seccato,
ma allora non potevi renderti conto di ciò che esso significava
per me; Harry, al quale ne parlai, si mise a ridere, ma di questo
poco m'importava. Quando il ritratto fu finito e mi ritrovai solo
con esso sentii che avevo ragione... Orbene, qualche giorno
dopo il quadro uscì dal mio studio; e non appena fui liberato
dal fascino intollerabile della sua presenza mi sembrò di essere
stato uno sciocco a immaginare di averci visto qualche cosa
oltre queste due: che tu sei straordinariamente bello e che io so
dipingere. Anche adesso non posso trattenermi dal pensare che
sia un errore credere che la passione che si prova nell'atto di
creare si manifesti mai veramente nell'opera creata da noi.
L'arte è sempre più astratta di quello che noi immaginiamo;
forme e colori ci parlano di forme e colori e nient'altro. Spesso
mi sembra che l'arte nasconda l'artista ben più completamente
di quanto non lo riveli. Perciò, ricevendo quest'invito da Parigi,
decisi di fare del tuo ritratto il pezzo principale della mia
esposizione. Non mi venne mai in mente che tu avresti
rifiutato. Ora mi accorgo che avevi ragione: quel ritratto non si
può mostrare. Dorian, non essere in collera con me per quello
che ti ho detto. Come dissi una volta a Harry, tu sei fatto per
essere adorato.
Dorian Gray fece un profondo respiro. Le guance ripresero il
colorito e un sorriso vagò sulle sue labbra: il pericolo era
passato. Per il momento era al sicuro. Tuttavia non poteva
difendersi dal provare una compassione infinita per il pittore
che gli aveva fatto quella strana confessione e dal chiedersi se
un giorno sarebbe toccato anche a lui subire una simile
dominazione da parte della personalità di un amico. Lord
Henry aveva il fascino di essere molto pericoloso, ma niente di
più; era troppo intelligente e troppo cinico perché si potesse
volergli veramente bene. Sarebbe mai esistito qualcuno capace
di ispirargli una strana idolatria? Era questa una delle cose che
la vita gli riservava?
- Mi sembra straordinario, Dorian, che tu abbia visto tutto
questo in quel ritratto. L'hai visto veramente?
- Vi ho visto qualcosa - rispose lui, - qualcosa che mi è
sembrata molto strana.
- E allora ti dispiace ancora se guardo il ritratto?
Dorian scosse la testa. - Questo non devi chiedermelo, Basil.
Non posso assolutamente permettere che tu ti ponga davanti a
quel ritratto.
- Ma un giorno lo permetterai?
- Mai.
- Sì, forse hai ragione. E ora addio, Dorian. Sei stato la sola
persona nella mia vita che abbia realmente avuto un'influenza
sulla mia arte. Quello che ho fatto di buono lo devo a te. Ah, tu
non sai quanto mi sia costato dirti tutto quello che ti ho detto.
- Caro Basil - disse Dorian, - che cosa mi hai detto?
Semplicemente che ti sembrava di avermi ammirato troppo.
Non è nemmeno un complimento.
- Non voleva essere un complimento: era una confessione e ora
che l'ho fatta è come se qualche cosa fosse uscita da me. Forse
non si dovrebbe mai tradurre in parole le proprie adorazioni.
- E' stata una confessione che mi ha molto deluso.
- Come? e che cosa ti aspettavi, Dorian? Tu non hai mica visto
qualche altra cosa in quel ritratto? Non c'era altro da vedere?
- No, non c'era altro da vedere. Perché me lo chiedi? Ma non
devi parlare di adorazione: è sciocco. Tu ed io siamo amici,
Basil, e dobbiamo rimanere sempre amici.
- Tu hai Harry - disse melanconicamente il pittore.
- Oh, Harry ! - gridò il ragazzo, con una mezza risata. - Harry
passa le giornate a dire delle cose incredibili e le serate a fare
delle cose imprevedibili. E' precisamente la vita che mi
piacerebbe fare. Però se mi trovassi in un guaio non credo che
andrei da Harry. Verrei piuttosto da te, Basil.
- Tornerai a posare per me?
- E' impossibile.
- Il tuo rifiuto è la rovina della mia vita di artista. Nessuno
incontra mai due cose ideali; ben pochi sono quelli che ne
incontrano una.
- Non posso spiegarti il perché, Basil, ma per te non devo
posare mai più. In un ritratto c'è qualche cosa di fatale; il
ritratto ha una vita sua propria. Verrò da te a prendere il tè e
sarà altrettanto piacevole.
- Per te ho paura che sia anche più piacevole - mormorò
Hallward con rimpianto. - E ora addio. Mi dispiace che tu non
voglia lasciarmi guardare il ritratto un'altra volta, ma non c'è
niente da fare. Capisco perfettamente i tuoi sentimenti.
Appena fu uscito, Dorian sorrise a se stesso. Povero Basil,
come era lontano dal conoscere la vera ragione! E com'era
strano che, invece di essere stato costretto a rivelare il proprio
segreto fosse riuscito, quasi per caso, a estorcere un segreto al
suo amico! Quante cose sembravano chiare dopo quella strana
confessione! Gli assurdi eccessi di gelosia del pittore, la sua
sfrenata affezione, i suoi panegirici esagerati, le sue curiose
reticenze - ora capiva tutto questo e ne provava dispiacere; gli
sembrava che in un'amicizia così colorita di romanzo ci fosse
qualche cosa di tragico.
Sospirò e suonò il campanello. Bisognava nascondere il ritratto
a ogni costo. Non poteva correre un'altra volta il rischio di una
scoperta. Sarebbe stata una pazzia lasciare che quell'oggetto
restasse anche un'ora soltanto in una stanza nella quale poteva
entrare uno qualunque dei suoi amici.