en-es  The Secret to a Longer Life? Don’t Ask These Dead Longevity Researchers
¿El secreto para una vida más larga? No pregunte a estos investigadores de la longevidad muertos.

Pagan Kennedy, El New Tork Times, 9 de marzo de 2018.

Varios años atrás, un geólogo llamado Anatoli Brouchkov recolectó algunas bacterias que habían sobrevivido en el permafrost del ártico por eones. Cuando las bacterias fueron inyectadas en ratones hembras, el compuesto parecía extender su juventud. Aunque el Dr. Brouchkov no es ni mujer ni ratón, se preguntó si podría retrasar su propio envejecimiento- y comió algo de esto.

Cuando le señalé que esto había sido una terrible idea, él se rió. " Yo solo tenía curiosidad", dijo él. Su actitud fue: Si habrías encontrado algunos microbios prehistóricos, como no podrías ponerlos en tu boca?.

En el campo de la investigación del antienvejecimiento y la longevidad, los autoexperimentos son furor. Valter Longo, el director del Instituto de Longevidad de la Universidad de California del Sur, realiza ayunos de varios días Otros científicos usan dosis del medicamento de la diabetes metformin, creyendo que puede ayudar a proteger las células del uso y desgaste. Charles Brenner, un bioquímico, ha tomado leche con altas dosis de ribósido de nicotinamida, un tipo de vitamina B que contrarrestaría el envejecimiento.

Y muchos de nosotros los estamos imitando. Los científicos de la longevidad tienen sus proprios admiradores -seguidores y aspirantes tratando de replicar los régimenes de laboratorios esotéricos en sus casas. Hay foros online devotos a las investigaciones del Dr. Brenner en los cuales la gente comparte datos sobre como la vitamina afecta todo desde su presión sanguínea hasta su materia fecal. El programa dietético del Dr Longo, ProLon, vende equipos de comida minúsculos.

Soy sensible a este tipo de pensamiento - ayuno por más de 12 horas cada día, en homenaje a los hallazgos de Satchidananda Panda del Instituto Salk para Estudios Biológicos. Algunas veces, parece que toda la gente que conozco está añadiendo un nuevo suplemento a la comida o sustrayendo un grupo de alimentos o un componente como el gluten. Todos queremos lo mismo: creer que tenemos el poder de evitar los estragos de la vejez.

Pero, ¿cuánto importan nuestras elecciones individuales?

La pregunta me envió a un safari a través de las páginas de obituarios, buscando expertos en longevidad fallecidos para que pudiera descubrir cómo habían terminado sus experimentos. Realicé mi búsqueda con el mismo espíritu con el que el Dr. Brouchkov se tragó su extracto de permafrost, impulsado por la curiosidad, consciente de que mis "hallazgos" serían solo anecdóticos. No obstante, lo que aprendí fue suficiente para hacerte asfixiar con tu dieta keto de aceite de coco y café.

Empecemos en la década de 1930, cuando un nutricionista americano llamado Clive McCay de Cornell inventó una dieta de hypocalrióca para sus ratas de laboratorio que les aportaba todos los nutrientes necesarios pero que les dedaba tan delgadas como supermodelos y (probablemente) hambrientas. La dieta parecia actuar como una máquina de tiempo, y las ratas hambrientas del Dr McCay mantenían sus elegantes abrigos de pelos briliantes y jugaban en sus jaulas; sus homólogas bien alimentadas tambalearon en sus pelajes lamentables y murieron. ''Ahora en el laboratorio hay dos ratas blancas machos de edad equivalente a hombres de más de 130 años'', anunció el Dr McCay, promocionando los beneficios de la restricción de calorías.

El Dr McCay, un caballero granjero, aplicó su teoría a sí mismo, mordisqueando bocados de sus propios campos. Pero no logró cerca de los 130 años. Aunque era delgado y atlético, tuvo dos ictus y murió con 69 años.

En las décadas que les siguieron, grupos de investigación repetirían sus experimentos y confirmarían que la restricción calórica casi siempre prolongaba la vida de los animales de laboratorio. Uno de los más prominentes de aquellos científicos, Roy Walford, demostró que una dieta estricta podía duplicar la esperanza de vida en ratones. El mismo Dr. Walford se apegó a una dieta de 1.600 calorías por día. En la década de 1980, escribó '' La dieta de los 120 años'' y siguó con más miseria y abnegación con '' Más allá de la dieta de los 120 años''. Llegó a ser una una figura de culto para miles de estusiastas CRONies ("restricción calórica con nutrición óptima") que esperaban vivir más de 100 años. Pero muere de E.L.A o enfermedad de Lou Gehrig a la edad de 79 años.

Algunos de los nombres más grandes de la dieta, de la agricultura orgánica y medicina preventiva murieron con edades sorprendentemente tempranas. El entusiasta de los alimentos silvestres Euell Gibbons estaba muy adelantado a su tiempo en la defensa de una dieta de plantas diversas, pero murió a los 64 años de un aneurisma aórtico. (Había nacido con un desorden genético que lo predisponía a problemas cardíacos.) La nutricionista Adelle David ayudó a millones de personas, alertándolos del peligro de los alimentos refinados como el pan blanco, pero muere de cáncer a los 70 años. Nathan Pritikin, uno de los principales campeones de las dietas bajas en grasa, muere a los 69 años, casi a la misma edad del Dr. Robert Atkins, quien creía en el régimen opuesto.

Luego está Jerome Rodale, fundador del imperio editorial dedicado a la salud. En 1971, Dick Cavett invitó al Sr. Rodale a su programa de TV después de leer un artículo de la revista New York Times que lo llamaba "el guru del culto a la comida orgánica". El Sr. Rodale, de 72 años, tomó su silla al lado del Sr. Cavett, proclamó que viviría para llegar a los 100, luego hizo un ronquido y muere. (El episodio nunca se publicó).

Obviamente, hay cosas que puedes hacer para mejorar tu salud. Renunciar a los cigarrillos y comenzar a caminar: volver a hacer ese tipo de estilo de vida de sentido común puede ofrecer buenos resultados. Pero hay rendimiento decreciente. Mis viajes en la sección de obituarios me convencieron de que las elecciones personales más esotéricas y las dietas basadas en los últimos hallazgos científicos tienen un efecto mucho menor en nuestra salud de lo que podemos pensar.

Incluso aquellos pioneros que hicieron todo "bien" fueron abofeteados por circunstancias que no pudieron controlar en ellos- tales como malos genes, accidentes o exposiciones al smog o pesticidas.

Son las decisiones que tomamos como colectivo las que importan más que cualquier elección que hagamos por nuestra cuenta.

A comienzos de los años 70, activistas y gobiernos colaboraron para proscribir la gasolina con plomo en el mundo entero y para reducir otras fuentes de exposición del plomo. Es una de las mejores "elecciones de vida" que los humanos alguna vez hemos hecho. El promedio de los niveles de plomo en nuestra sangré descendió por más del 80 por ciento- un enorme beneficio a la salud, ya que la exposición al plomo puede incrementar el riesgo de enfermedades cardíacas, enfermedades renales y probablemente también demencia.

Desafortunadamente, todavía tenemos muchos otros contaminantes, como las partículas arrojadas por los motores diesel y las plantas de carbón. Y el daño de la contaminación aérea comienza mucho antes de que cualquiera de nosotros realice sus propias elecciones saludables: Un estudio emitido en enero, por ejemplo, sugiere que los bebes expuestos a altos niveles de contaminantes aéreos en el útero podrían tener riesgo de sufrir envejecimiento prematuro.

Cuando le consulté al Dr. Brenner sobre esto, él estuvo de acuerdo que las decisiones que hacemos colectivamente pueden ser más importantes. Remarcó que el punto de la autoexperimentación científica no debería ser para vivir más sino para aprender.

Cuando bebió esta leche con vitamina B, lo hizo para ver si el compuesto podría ser absorbido a través del estomago. Después, asistió a algunas reuniones de laboratorio con un tubo de goma colgado a su brazo para que sus colegas puedan recoger su sangre. Los análisis de sangre mostraron que la bebida había aumentado los niveles de una molcécula que parece actuar como una llave de contacto para activar los mecanismos que previenen las enfermedades. Sin embargo, es una cuestión abierta si el compuesto del Dr Brenner podría en realidad, afectar el envejecimiento humano y la duración de la vida. Experimentaciones en cientos o miles de personas serían necesarias para entender eso.

Mientras tanto, son las cosas que tendemos a ignorar, como nuestra exposición a la contaminación, las que nos afectarán mucho más que las cosas que nos obsesionan, como si comer gluten.

Eso el problema con el n-de-uno-ismo ,en lo que siguemos, individualmente o solo, nuestro camino hasta la salud. Los mayores aumentos en la longevidad se han producido no por elecciones personales sino por la sanidad pública, el agua potable y el control de enfermedades infecciosas. Según el Dr. Thomas Frieden, ex director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, "desde 1900, el promedio de vida en los Estados Unidos ha aumentado en más de 30 años; 25 años de este aumento se han atribuido a progresos en la sanidad pública. "Es por eso que todos deberíamos luchar por la salud de otras personas. Tus decisiones pueden afectar a cuando muera, y viceversa.

Hoy en día, la mayor amenaza para la esperanza de vida puede ser el ataque de la administración Trump a la salud pública y la investigación médica. El Dr. Robert Phalen, nuevo miembro de la Junta Asesora Científica de la Agencia de Protección Ambiental, ha dicho que cree que nuestro aire es "demasiado limpio". El próximo año, es probable que veamos recortes drásticos en la investigación de salud mental, saneamiento de vertidos de petróleo y programas de agua limpia. Los acosados Centros de Control y Prevención de Enfermedades pueden tener que poner fin en breve a un programa de detección y prevención de enfermedades. Es por esto que he añadido algunos nuevos componentes a mi rutina de dieta-y-ejercicio este año: estoy haciendo un llamado al Congreso y donando a las organizaciones que trabajan por la justicia medioambiental.

The founder of Bulletproof Coffee recently bragged that he hopes to live to age 180, in part by sipping one of his company’s signature drinks made with “Brain Octane Oil.” But aging isn’t some kind of competitive sport you play against your peers. When it comes to staying alive, we’re all in it together.

Pagan Kennedy (@Pagankennedy) is the author of “Inventology: How We Dream Up Things That Change the World” and a contributing opinion writer.

https://www.nytimes.com/2018/03/09/opinion/sunday/longevity-pritikin-atkins.html?action=click&pgtype=Homepage&clickSource=story-heading&module=opinion-c-col-right-region&region=opinion-c-col-right-region&WT.nav=opinion-c-col-right-region
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Pagan Kennedy, The New York Times, March 9, 2018.
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When I pointed out that this might have been a terrible idea, he giggled.
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“I was just curious,” he said.
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In the field of anti-aging and longevity research, self-experiments are all the rage.
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And many of us are imitating them.
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Dr. Longo’s dietary program, ProLon, sells kits with teeny-weeny meals.
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But how much do our individual choices really matter?
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But he didn’t make it close to 130.
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(He had been born with a genetic disorder that predisposed him to heart problems.)
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Then there is Jerome Rodale, founder of the publishing empire dedicated to health.
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There are obviously things you can do to improve your health.
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But there are diminishing returns.
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It is one of the best “lifestyle choices” that we humans have ever made.
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To understand that will require testing on hundreds or thousands of people.
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Your decisions can affect when I die, and vice versa.
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When it comes to staying alive, we’re all in it together.
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The Secret to a Longer Life? Don’t Ask These Dead Longevity Researchers.

Pagan Kennedy, The New York Times, March 9, 2018.

Several years ago, a geologist named Anatoli Brouchkov harvested some bacteria that had survived in the Arctic permafrost for eons. When the bacteria were injected into female mice, the compound seemed to extend their youth. Though Dr. Brouchkov is neither female nor a mouse, he wondered whether it could slow his own aging — and ate some of it.

When I pointed out that this might have been a terrible idea, he giggled. “I was just curious,” he said. His attitude was: If you have found some prehistoric microbes, how could you not put them in your mouth?

In the field of anti-aging and longevity research, self-experiments are all the rage. Valter Longo, director of the University of Southern California Longevity Institute, undertakes multiday fasts. Other scientists are dosing themselves with the diabetes drug metformin, believing it may help protect their cells from wear and tear. Charles Brenner, a biochemist, has drunk milk laced with high doses of nicotinamide riboside, a type of vitamin B that might defend against aging.

And many of us are imitating them. The longevity scientists have their own fan bases — groupies and wannabes trying to replicate esoteric laboratory regimens at home. There are online forums devoted to Dr. Brenner’s research on which people share data on how the vitamin affects everything from their blood pressure to their poop. Dr. Longo’s dietary program, ProLon, sells kits with teeny-weeny meals.

I’m susceptible to this kind of thinking myself — I fast for more than 12 hours a day, in homage to the findings of Satchidananda Panda at the Salk Institute for Biological Studies. Sometimes it seems as though everyone I know is adding a new supplement to their diet or subtracting a food group or component like gluten. We all want the same thing: to believe we have the power to stave off the ravages of old age.

But how much do our individual choices really matter?

The question sent me on a safari through the obituary pages, hunting for dead longevity experts so that I could find out how their experiments had ended. I conducted my search in the same spirit in which Dr. Brouchkov swallowed his permafrost extract — driven by curiosity, aware that my “findings” would be only anecdotal. Nonetheless, what I learned was enough to make you choke on your keto coconut-oil coffee.

Let’s start in the 1930s, when an American nutritionist named Clive McCay designed a low-calorie diet for his lab rats at Cornell that gave them all the nutrients they needed but kept them as thin as supermodels and (presumably) ravenous. The diet seemed to act like a time machine, and Dr. McCay’s hungry rats maintained their dapper, glossy coats of fur and frisked about their cages; their well-fed counterparts doddered about in shabby coats and then died. “In the laboratory today are two male white rats that are the equivalent in age to men more than 130 years old,” Dr. McCay announced, promoting the benefits of calorie restriction.

A gentleman farmer, Dr. McCay applied his theories to himself, nibbling on morsels from his own fields. But he didn’t make it close to 130. Though trim and athletic, he had two strokes and died at 69.

Over the decades that followed, research teams would repeat his experiments and confirm that calorie restriction almost always prolonged the lives of lab animals. One of the most prominent of those scientists, Roy Walford, showed that a strict diet could double the life span of mice. Dr. Walford himself stuck to a 1,600-calorie-a-day diet. In the 1980s, he wrote “The 120 Year Diet” and then followed it up with even more misery and abnegation in “Beyond the 120 Year Diet.” He became a cult figure to thousands of CRONies (“calorie restriction with optimal nutrition” enthusiasts) who hoped to live past 100. But he himself died of A.L.S., or Lou Gehrig’s disease, at age 79.

Some of the biggest names in dieting, organic agriculture and preventive medicine died at surprisingly young ages. The wild-foods enthusiast Euell Gibbons was far ahead of his time in his advocacy of a diverse plant diet — but he died at age 64 of an aortic aneurysm. (He had been born with a genetic disorder that predisposed him to heart problems.) The nutritionist Adelle Davis helped to wake millions of people to the dangers of refined foods like white bread, but she died of cancer at 70. Nathan Pritikin, one of the foremost champions of low-fat diets, died at 69, nearly the same age as Dr. Robert Atkins, who believed in the opposite regimen.

Then there is Jerome Rodale, founder of the publishing empire dedicated to health. In 1971, Dick Cavett invited Mr. Rodale onto his TV show after reading a New York Times Magazine article that called him “the guru of the organic food cult.” Mr. Rodale, 72, took his chair next to Mr. Cavett, proclaimed that he would live to be 100, and then made a snoring sound and died. (The episode never aired).

There are obviously things you can do to improve your health. Give up cigarettes and start walking — that kind of common-sense lifestyle redo can deliver good results. But there are diminishing returns. My travels in the obituary section convinced me that the more esoteric personal choices — and diets based on the latest scientific findings — have far less of an effect on our own health than we may think.

Even those pioneers who did everything “right” were buffeted by circumstances that they couldn’t control on their own — like bad genes, accidents or exposure to smog or pesticides.

It’s the decisions that we make as a collective that matter more than any choice we make on our own.

Beginning in the 1970s, activists and governments collaborated to outlaw leaded gasoline worldwide and to reduce other sources of lead exposure. It is one of the best “lifestyle choices” that we humans have ever made. Average lead levels in our blood dropped by more than 80 percent — a huge health benefit, because lead exposure can increase the risk of heart disease, kidney disease and probably also dementia.

Unfortunately, we have yet to tame many other pollutants, like the particulate matter spewed by diesel engines and coal plants. And the damage from dirty air begins long before any of us can make our own health choices: A study released in January, for instance, suggests that babies exposed to high levels of air pollution in the womb may be at risk of premature aging.

When I asked Dr. Brenner about this, he agreed that the decisions that we make collectively might be the most important ones. He emphasized that the point of scientific self-experimentation should not be to live longer but to learn.

When he drank that vitamin-B-laced milk, he did it to find out whether the compound could be absorbed through the stomach. He then sat through a series of lab meetings with a rubber tube hanging off his arm so that his colleagues could collect his blood. The blood tests showed that the drink had increased his levels of a molecule that is thought to work like an ignition key to turn on mechanisms that prevent disease. However, it’s an open question whether Dr. Brenner’s compound could actually affect human aging and life span. To understand that will require testing on hundreds or thousands of people.

In the meantime, it’s the things we tend to ignore, like our exposure to pollution, that will affect us far more than the things we obsess about, like whether to eat gluten.

That’s the problem with n-of-one-ism, in which we pursue, individually and alone, our own path to health. The greatest gains in longevity have occurred not because of personal choices but because of public sanitation, clean water and the control of infectious diseases. According to Dr. Thomas Frieden, the former director of the Centers for Disease Control and Prevention, “since 1900, the average life span in the United States has increased by more than 30 years; 25 years of this gain have been attributed to public health advances.”

That’s why we should all fight for other people’s health. Your decisions can affect when I die, and vice versa.

Today, the greatest threat to your life span may be the Trump administration’s assault on public health and medical research. Dr. Robert Phalen, a new appointee to the Environmental Protection Agency’s Scientific Advisory Board, has said that he believes our air is “too clean.” Next year, we’re likely to see drastic cuts to mental-health research, oil-spill remediation and clean-water programs. The embattled Centers for Disease Control and Prevention may soon have to shut down a global disease detection and prevention program. That’s why I’ve added some new components to my diet-and-exercise routine this year: I’m calling Congress and donating to organizations that work for environmental justice.

The founder of Bulletproof Coffee recently bragged that he hopes to live to age 180, in part by sipping one of his company’s signature drinks made with “Brain Octane Oil.” But aging isn’t some kind of competitive sport you play against your peers. When it comes to staying alive, we’re all in it together.

Pagan Kennedy (@Pagankennedy) is the author of “Inventology: How We Dream Up Things That Change the World” and a contributing opinion writer.

https://www.nytimes.com/2018/03/09/opinion/sunday/longevity-pritikin-atkins.html?action=click&pgtype=Homepage&clickSource=story-heading&module=opinion-c-col-right-region&region=opinion-c-col-right-region&WT.nav=opinion-c-col-right-region