en-es  The Rehabilitation of Charles I . PartI
Los mitos que subyacen en el gobierno finalmente trágico de Carlos I enmascaran la realidad de un rey valiente y gurrumino que cayó en desgracia por una lucha amarga entre dos bandos del protestantismo inglés.
Se dice que CarlosI fue el único rey de Inglaterra que fue coronado de blanco. Para sus oponentes fue el rey Blanco de las profecías de Merlín, un tirano destinado a un violento final. Sus partidarios declararon después que los ropajes blancos fueron las vestiduras de un futuro mártir. Con todo el sobrenombre de rey Blanco es poco conocido hoy en día.

En la memoria popular Carlos es recordado como un monarca fracasado, ejecutado a manos de sus propios súbditos. Esta última derrota se ve repetida a lo largo de su vida, desde el momento en que nació un niño frágil limitado por la discapacidad. En Ricardo III, la columna torcida del rey era un signo externo de un alma deforme. De forma similar, las piernas débiles y la incapacidad lingual en la infancia de Carlos fueron casi descritas como manifestaciones físicas de debilidad de carácter y estupided.

Nos dicen que era eclipsado por sus briliantes hermanos mayores: su hermana Elizabeth, la futura 'Reina de Invierno' de Bohemia ( cuyo esposo depresivo Federico V, perdió su patrimonio y su reino); y su hermano Enrique (que murió con 18 años, después de haber despertado grandes esperanzas sin tener la oportunidad de decepcionarles). Sin embargo, los contemporáneos que glorificaron a los hermanos de Carlos eran los herederos de los hombres que habían utilizado la memoria de Isabel I como una bara con la que atacar a su padre, Jaime I. Tampoco habían sido universalmente leales a Isabel a lo largo de su vida. Muchos habían sido seguidores de su favorito final, el 2do Conde de Essex, que encabezó una revuelta en la corte contra ella en 1601.

El verdadero Carlos estaba lejos de ser el inapropiado patético del mito. Disfrutaba de la seguridad familiar y, de hecho, del amor que su padre nunca había tenido. Era mucho más erudito que Enrique y tenía un agudo sentido del humor. Cuando era un niño de 12 años bromeaba con su madre enferma diciendo que lo sentía no solo porque estaba enferma y no podía verla, sino porque echaría de menos sus "buenas comidas". Él superó sus discapacidades para convertirse en un adulto atlético, que hablaba de manera concisa pero elegante. Al lograr esto, mostró la determinación, la capacidad de recuperación y el sentido del deber que sería una característica de Carlos el rey. Desafortunadamente, sin embargo, las historias sobre Carlos que suenan a verdaderas y apelan a nuestros prejuicios sobre el monarca débil se han convertido en "hechos".

Tomen la historia de su compañero de infancia, Guillermo Murray, cuyo tío, Tomás, fue tutor de Carlos. Guillermo no fue solo un amigo. De acuerdo con su biografía, fue el chivo expiatorio de Carlos: cuando Carlos se portaba mal, era Murray el que recibía la paliza.

Pero la primera mención que encontré de Murray siendo el chivo expiatorio de Carlos, data de más de 70 años después de la muerta del rei, en la History of My Own Time de Gilbert Burnet. La historia se usa para explicar la influencia indebida de Murray sobre el rey. Solo seis años después de la ejecución de Carlos, la Church History ( Historia de la Iglesia) de Thomas Fuller afirmó que Eduardo VI tenía un chivo expiatorio en Barnaby Fitzpatrick, que nunca (supuestamente) fue golpeado porque el rey piadoso era tan virtuoso. La referencia más temprana a cualquier chivo expiatorio (que encontré) aparece en la obra jacobea de Samuel Rowley, When You See Me, You Know Me [Cuando me ves, me conoces] (1605), en la que Enrique VIII tiene un "chivo expiatorio", "Browne".

La historia de estos chivos expiatorios de las dinastías tudor y estuardo se materializó después de 1605, como consecuencia de la publicación de los tratados sobre el derecho divino de la monarquía, con la afirmación de que ningún sujeto podría revelarse en contra del ungido por Dios. Se aceptó esto porque encaja con la imagen de Carlos como el hombre responsable del sufrimiento causado por las guerras civiles: fue un mal rey, pero su pueblo fue el cabeza de turco.

Esta imagen negativa de Carlos desalienta a los lectores que se sienten menos atraídos por esta época que por la de la dinastía tudor. Se pasan por alto buenos libros junto con la emocionante erudición novedosa. Carlos necesita una vida fresca, para que restablecerlo en ningún pedestal, sino para que se vea crecer y cambiar, equivocarse y aprender, para ser juzgado en el contexto de su época y entre sus contemporáneos--incluso mujeres, que eran también incluidas en alta política . En la memoria popular las personas lideres durante el reinado de Carlos son soldados machos, miembros del parlamento machos y clérigos varones. La narativa esta dominada por Oliver Cromwell y John Pym, el Principe Rupert y Guillermo Laud, mientras la reputación de la mujer más prominente, Henrietta Maria, todavía se queda en el ojo del huracán de las metáforas sexistas.
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Charles I was said to be the only king of England ever to have been crowned in white.
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Yet the White King sobriquet is unfamiliar today.
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In Shakespeare’s Richard III, the king’s twisted spine was an outward sign of a deformed soul.
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Nor had they been universally loyal to Elizabeth in her lifetime.
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The real Charles was far from the pathetic inadequate of myth.
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He enjoyed the family security and, indeed, the love his father had never had.
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He was a far better scholar than Henry and had a dry sense of humour.
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William was not only a friend.
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The story is used to explain Murray’s undue influence over the king.
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Good books get overlooked along with exciting new scholarship.
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Mafalda • 1778  commented  9 months ago

http://www.historytoday.com/leanda-de-lisle/rehabilitation-charles-i

by Mafalda 9 months ago

The myths that surround the ultimately tragic rule of Charles I mask the realities of a courageous and uxorious king who fell foul of a bitter struggle between two sides of English Protestantism.
Charles I was said to be the only king of England ever to have been crowned in white. To opponents he was the White King of the prophesies of Merlin, a tyrant destined for a violent end. His supporters later declared that the white robes were the vestments of a future martyr. Yet the White King sobriquet is unfamiliar today.

In popular memory Charles is recalled as a failed monarch, executed at the hands of his own subjects. This ultimate defeat is read back across his life, to the moment he was born a frail infant marked out by disability. In Shakespeare’s Richard III, the king’s twisted spine was an outward sign of a deformed soul. Similarly, the weak legs and lingual incapacity of Charles’ childhood have been depicted almost as physical manifestations of weakness of character and stupidity.

We are told he was outshone by his brilliant elder siblings: his sister Elizabeth, the future ‘Winter Queen’ of Bohemia (whose depressive husband, Frederick V, lost his patrimony and his kingdom); and brother Henry (who died aged 18, having raised great hopes without having had the chance to disappoint them). Yet contemporaries who glorified Charles’ siblings were the heirs to men who had used the memory of Elizabeth I as a stick with which to beat his father, James I. Nor had they been universally loyal to Elizabeth in her lifetime. Many had been followers of her final favourite, the 2nd Earl of Essex, who had led a court revolt against her in 1601.

The real Charles was far from the pathetic inadequate of myth. He enjoyed the family security and, indeed, the love his father had never had. He was a far better scholar than Henry and had a dry sense of humour. As a boy of 12 he teased his ill mother that he was sorry not only because she was sick and he could not see her, but because he would miss her ‘good dinners’. He overcame his disabilities to become an athletic adult, who spoke concisely but elegantly. In achieving this, he showed the determination, resilience and sense of duty that would be a feature of Charles the king. Unfortunately, however, stories about Charles that ring true and appeal to our prejudices about the weak monarch have become ‘fact’.

Take the story of his boyhood companion, Will Murray, whose uncle, Thomas, was Charles’ tutor. William was not only a friend. According to his biography, he was also Charles’ whipping boy: when Charles was badly behaved, it was Murray that was beaten.

Yet the first reference I have found to Murray being Charles’ whipping boy dates from more than 70 years after the king’s death, in Gilbert Burnet’s History of My Own Times. The story is used to explain Murray’s undue influence over the king. Only six years after Charles’ execution, Thomas Fuller’s Church History claimed that Edward VI had a whipping boy in Barnaby Fitzpatrick, who was (supposedly) never beaten because the godly king was so saintly. The earliest reference to any whipping boy (that I found) appears in Samuel Rowley’s Jacobean play, When You See Me, You Know Me (1605), in which Henry VIII has a ‘whipping boy’, ‘Browne’.

Whipping boys
The story of these Tudor and Stuart whipping boys was conjured up in 1605, in the aftermath to the English publication of James’ tracts on divine right kingship, with their assertion that no subject could legitimately raise their hand against God’s anointed. It has been accepted because it fits with the image of Charles as the man responsible for the suffering of the Civil Wars: he was a bad king, but his people had the whipping.

This negative image of Charles deters readers who are less drawn to the period than they are to that of the Tudors. Good books get overlooked along with exciting new scholarship. Charles needs fresh life, not to be restored to any pedestal, but to be seen to grow and change, to make mistakes and learn, to be judged in the context of his times and among his contemporaries – including women, who were also involved in high politics. In popular memory, the leading figures of Charles’ reign are male soldiers, male MPs and male clerics. Oliver Cromwell and John Pym, Prince Rupert and William Laud dominate the narrative, while the reputation of the most prominent woman, Henrietta Maria, still lies in the eye of a storm of sexist tropes.