en-es  Fake News and Pseudo Events
(mises.org/blog/fake-news-america-invented-pseudo-events).

A raíz de los disturbios de Chalottesville, ha sido interesante lo rápido que el foco se ha desviado de los eventos reales en Charlottesville hacia las opiniones que los expertos públicos e intelectuales están expresando sobre los eventos.

Los medios ya han perdido interés en analizar los detalles del evento en sí y, en cambio, principalmente informan sobre lo que Donald Trump, sus aliados y sus enemigos tienen que decir al respecto.

Esta es una distinción importante en la información; en lugar de intentar proporcionar una visión detallada de quién estuvo en el suceso, qué se hizo y qué tienen que decir los participantes, de ambas partes, estamos expuestos principalmente a lo que la gente en Washington, DC y la clase política en general, piense de los sucesos en los cuales no estuvieron directamente involucrados.

Este foco ilustra lo que ha sido largo tiempo una tendencia entre los reporteros y comentaristas en los medios de comunicación nacionales: una tendencia a centrarse en la clase intelectual nacional más que en los acontecimientos que tienen lugar fuera de las salas del poder oficial.

Nótese, sin embargo, que los mencionados rara vez tienen ellos mismos un conocimiento especial sobre los acontecimientos. Sus opiniones son expuestas no porque ellos tengan conocimientos, sino porque sus citas encajan fácilmente en la narrativa que los medios de comunicación desean perpetuar.

En un artículo de marzo de 2017, Peter Klein menciona esta tendencia y lo que el economista F.A. Hayek tiene que decir sobre ella: el intelectual, según Hayek, no es un experto o pensador profundo; "no necesita poseer un conocimiento especial de nada en particular, ni siquiera necesita ser especialmente inteligente, para desempeñar su papel como intermediario para difundir ideas.

Lo que le califica para su trabajo es el amplio rango de temas sobre los que puede hablar y escribir fácilmente..."

Tales personas ejercen una enorme influencia porque la mayoría de nosotros nos enteramos de los acontecimientos y las ideas del mundo a través de ellos. "Son los intelectuales en este sentido quienes deciden qué puntos de vista y opiniones llegan hasta nosotros, qué hechos son suficientemente importantes para que nos los relaten, y de qué forma y desde qué ángulo nos serán presentados". (pág. 372-73).

Klein luego cita a Hayek en detalle: "Tal vez el rasgo más característico del intelectual es que juzga las nuevas ideas no por sus méritos específicos, sino por la disposición con que encajan en sus concepciones generales, en la imagen del mundo que considera como moderno o avanzado. . . . Como sabe poco sobre los problemas particulares, su criterio debe ser la coherencia con sus otros puntos de vista y la idoneidad para combinarse en una imagen coherente del mundo.

Sin embargo, esta selección de la multitud de ideas nuevas que se presentan en cada momento crea el clima de opinión característico, la cosmovisión dominante de un período, que será favorable a la recepción de algunas opiniones y desfavorable para otras y que hará que el intelectual acepte fácilmente una conclusión y rechace otra sin una comprensión real de los temas.

Consecuentemente, el foco de los medios de comunicación no es narrar los aspectos concretos de un suceso particular, y entonces permitir al lector sacar sus propias conclusiones. En cambio, el foco es recurrir a las opiniones de aquellos que están en una posición de poder, y filtrar todos los sucesos a través de esta lente, llevando a los consumidores de los medios de comunicación a conocer cómo deberían pensar". Sin embargo, el sesgo no es el único factor que actúa aquí.

La excesiva confianza en fuentes "expertas" fidedignas y predecibles desde una necesidad de inventar constantemente nuevas noticias para difundir y publicar-- y una pereza generalizada entre los propios correctores, editores y periodistas.

El periodismo tradicional requiere una verdadera investigación y recopilación de una variedad de hechos desorganizados y desordenados. Sin embargo, es mucho más fácil simplemente convocar a un político o a un experto y crear los hechos al obtener una opinión de "interés periodístico" de una persona importante.

Este planteamiento se hace especialmente lucrativo en un mundo de un ciclo de noticias de 24 horas donde las consideraciones de tiempo y dinero atraen a nuevas organizaciones a crear sus propias noticias en vez de informar sobre los sucesos creados por otros.

El mundo de los pseudoacontecimientos: este tipo de periodismo barato ha alcanzado niveles inaceptables en los últimos años, pero este enfoque no es ni mucho menos tan nuevo como mucha gente se imagina.

En efecto, gracias al trabajo del historiador Daniel Boorstin, podemos seguirle la pista a esta costumbre de la clase periodística retrocediendo algunas décadas.

En su libro The Image: A Guide to Pseudo Events in America (La imagen: una guía de los pseudoeventos en América), publicado por primera vez en 1962, Boorstin examina cómo la forma de presentar las noticias se había vuelto cada vez menos centrada en la investigación e información sobre los acontecimientos espontáneos, y en lugar de ello se había desplazado hacia la información sobre lo que las personas importantes tienen que decir sobre los acontecimientos.

Mirando el análisis de Boorstin desde nuestro punto de observación en 2017, puede parecer que Boorstin está hilando muy fino, pero esto es solo porque hemos sido tan ampliamente inundados por la información sobre pseudoacontecimientos, que hemos llegado a considerar tal presentación como la normal, y ahora confundimos pseudoacontecimientos con los hechos reales.

Un acontecimiento real, escribe Boorstin, es narrado cuando "los periódicos... difunden informes al día de materias de interés público escritas por testigos presenciales o reporteros profesionales próximos al lugar de los hechos".

En este tipo de informaciones, señala Boorstin, se tiene la sensación de que los reporteros están a merced de los propios acontecimientos.

Al final, sin embargo, la necesidad de vender periódicos y de crear más ejemplares contribuyó a que los reporteros y sus editores se dieran cuenta de que ellos mismos podían crear las noticias, y así informar sobre esos acontecimientos como si fueran espontáneos.

Así, los reporteros empezaron a basarse más y más en notas de prensa, entrevistas, conferencias de prensa, y otras formas de pseudoacontecimientos preestablecidos que podían ofrecer a los medios informativos algo nuevo que informar.

Y así, por supuesto, los mismos políticos-- y la gente de relaciones públicas que trabaja para ellos-- están más que felices de suministrar a los medios noticias "precocinadas", conferencias de prensa, comunicados elaborados y opiniones diseñadas para moldear opiniones sobre un acontecimiento.

Uno de los primeros políticos en dominar estos métodos fue Franklin Roosevelt. Boorstin escribe: En los últimos años nuestros políticos exitosos han sido los más hábiles en usar la prensa y otros medios para crear pseudoacontecimientos.

El presidente Franklin Delano Roosevelt, a quien Heywood Broun llama "el mejor periodista que incluso ha sido presidente de los Estados Unidos", fue el primer maestro moderno.

Mientras los dueños de periódicos se oponían a él en los editoriales poco leídos, F.D.R. personalmente, con la colaboración de un cuerpo amistoso de corresponsales de Washington, estaba usando los titulares de primera plana para hacer que las noticias fueran leídas por todos.

Estaba fabricando "hechos" - pseudo acontecimientos - mientras que los redactores de editoriales simplemente expresaban opiniones.

Es una historia conocida cómo utilizó el globo sonda, cómo explotó la ética de los comentarios extraoficiales, cómo transformó la rueda de prensa presidencial de un aburrido ritual en una institución nacional importante que ningún presidente posterior se atrevió a menospreciar, y cómo desarrolló la charla informal.

Sabiendo que los periodistas vivían de las noticias, los ayudó a fabricarlas. Y sabía lo suficiente sobre las técnicas de elaboración de noticias para ayudar a dar forma a sus historias para sus propios fines.

De hecho, en la década de los 50, se había hecho "posible construir una carrera política casi totalmente con pseudo-acontecimientos" como en el caso de Joseph McCarthy.

McCarthy, señala Boorstin, "tenía un genio natural para la creación de sucesos notificables que tenían una relación interesantemente ambigua con la realidad subyacente".

Boorstin cita a Richard Rovere, quien con frecuencia cubrió a McCarthy como periodista, el cual señala que McCarthy "inventó la conferencia de prensa matinal convocada con el propósito de anunciar una conferencia de prensa por la tarde".

Los reporteros, admitió Rovere "en este período, estaban comenzando a responder a sus citaciones como el perro de Pavlov al sonido de la campana".

Finalmente, esta obsesión con las declaraciones de los políticos difuminó la línea entre hechos y sentimientos.

Esta distinción se representó una vez por la diferencia entre noticias duras y blandas. Boorstin escribe: En el vocabulario tradicional de la gente de la prensa, hay una distinción bien admitida entre noticias "duras" y "blandas".

Las noticias duras se supone que son los buenos reportajes sobre materias importantes: política, economía, relaciones internacionales, bienestar social, ciencia.

Las noticias blandas informan de intereses populares, curiosidades y diversiones: incluyen noticias locales sensacionalistas, escándalos, columnas de cotilleos, tiras cómicas, la vida sexual de las estrellas de cine y los últimos asesinatos..pero la marea creciente de los pseudoacontecimientos borra la distinción".

Boorstin ilustra esta afirmación con ejemplos de un viaje a Hawai hecho por el presidente Eisenhower.

Cuando los acontecimientos del propio viaje demostraban ofrecer pocos detalles interesantes, los reporteros inventaban acontecimientos en su lugar y proporcionaban afirmaciones "basadas en los hechos" tales como "La reacción de Eisinhower a su viaje al Extremo Oriente permanece tan meticulosamente guardada cono su marcador de golf", y "tarde o temprano aparecerá la realidad".

Estos "hechos" no eran meras especulaciones al margen. Constituían el núcleo del artículo que pretendía ser una noticia.

En otras palabras, el reportero no está ofreciendo más que especulación sobre nada en particular porque no tiene nada más que escribir.

Pero, al exponerlo como una noticia, el resultado final es que el reportero está cambiando la percepción pública del presidente.

Boorstin llega a la conclusión: Hoy en día un reportero exitoso tiene que ser la comadrona de, o más a menudo el que concibe, la noticia.

Por la técnica de la entrevista él incita a una figura pública a hacer afirmaciones que sonarán como noticias.

Durante el siglo XX esta técnica se ha convertido en un tortuoso aparato que, en manos hábiles, puede modelar la política nacional".

No es difícil ver cómo se han expandido ampliamente estas técnicas en nuestro tiempo.

Cuando ya pasó tiempo desde los acontecimientos reales de Charlottesville, la "noticia" continúa mientras los reporteros y sus fuentes entre la clase intelectual siguen opinando sobre lo que Trump dijo o dejó de decir y quiénes de los enemigos políticos del entrevistado tienen que ser culpados.

Cada vez más, el reportero ya no necesita ni siquiera asistir a una conferencia de prensa o abandonar su despacho. Solo necesita manejar Twitter. Si el reportero está de acuerdo con una declaración, solo necesita reportar que eso ha ocurrido.

Si no está de acuerdo, entonces necesita poco más que llamar a una de sus fuentes de confianza para refutarlo.

Sin embargo, cuando reportan estas opiniones, muchos reporteros ni siquiera proporcionarán los datos básicos de quién es la fuente.

Así, la confianza en fuentes anónimas, se ha vuelto casi trivial. Y, como una ilustración perfecta de la cuestión de Hayeek, una reciente debacle de la CNN involucrando a fuentes anónimas ilustra cómo estas fuentes ni siquiera acreditan necesariamente ningún nivel de conocimientos especializados sobre el tópico discutido.

Uno puede argumentar que la mayor parte de lo que hoy día pasa por "cobertura informativa" cae realmente dentro de los parámetros de los pseudo acontecimientos de Boorstin.

Cuando los hechos nuevos requerirían un trabajo arduo y un periodismo serio, es mucho más fácil fiarse de unas pocas fuentes de confianza, que ya se han citado antes innumerables veces, y obtener las opiniones predecibles habituales para completar un artículo.

Se informa de esto como "noticia" de un nuevo "acontecimiento", pero en realidad es solo un artículo de opinión en el que las opiniones de un entrevistado se describen como "hechos".

Esto ha estado continuando mucho tiempo, pocos periodistas aún ven un problema con esta reiteración de opiniones.
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In a March 2017 column, Peter Klein noted this bias and what economist F.A.
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One of the first politicians to master these methods was Franklin Roosevelt.
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While newspaper owners opposed him in the editorials few read, F.D.R.
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Knowing that newspapermen lived on news, he helped them manufacture it.
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These "facts" were not mere speculations on the side.
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They formed the heart of the article which was purported to be a news story.
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He need only monitor Twitter.
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If the reporter agrees with a statement, he need merely report that it happened.
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Thus, a reliance on anonymous sources has become almost mundane.
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terehola • 6052  commented on  unit 11  9 months, 1 week ago

(mises.org/blog/fake-news-america-invented-pseudo-events).

In the wake of the Chalottesville riot, it's been interesting how quickly the focus has shifted away from the actual events in Charlottesville and toward the public pundits and intellectuals are expressing opinions about the events.

Already, the media has lost interest in analyzing the details of the event itself, and are instead primarily reporting on what Donald Trump, his allies, and his enemies have to say about it.

This is an important distinction in coverage; rather than attempt to supply a detailed look at who was at the event, what was done, and what the participants — from both sides — have to say about it, we are instead exposed primarily to what people in Washington, DC, and the political class in general, think about the events in which they were not directly involved.

This focus illustrates what has long been a bias among the reporters and pundits in the national media: a bias toward focus on the national intellectual class rather than on events that take place outside the halls of official power.

Note, however, that those quoted rarely have any special knowledge about the events themselves. Their opinions are covered not because they are knowledgeable, but because their quotations fit easily into a narrative that the media wishes to perpetuate.

In a March 2017 column, Peter Klein noted this bias and what economist F.A. Hayek had to say about it: The intellectual, according to Hayek, is not an expert or deep thinker; "he need not possess special knowledge of anything in particular, nor need he even be particularly intelligent, to perform his role as intermediary in the spreading of ideas.

What qualifies him for his job is the wide range of subjects on which he can readily talk and write ...

Such people wield enormous influence because most us learn about world events and ideas through them. "It is the intellectuals in this sense who decide what views and opinions are to reach us, which facts are important enough to be told to us, and in what form and from what angle they are to be presented" (pp. 372–73).

Klein then quotes Hayek at length:

„It is perhaps the most characteristic feature of the intellectual that he judges new ideas not by their specific merits but by the readiness with which they fit into his general conceptions, into the picture of the world which he regards as modern or advanced.

. . . As he knows little about the particular issues, his criterion must be consistency with his other views and suitability for combining into a coherent picture of the world.

Yet this selection from the multitude of new ideas presenting themselves at every moment creates the characteristic climate of opinion, the dominant Weltanschauung of a period, which will be favorable to the reception of some opinions and unfavorable to others and which will make the intellectual readily accept one conclusion and reject another without a real understanding of the issues.

Consequently, the media's focus is not on relating the specifics of a particular event, and then allowing the reader to come to his own conclusions. Instead, the focus is on appealing to the opinions of those in position of power, and filtering all events through this lens, as to let the consumers of media know how they should think.“

Bias is not the only factor at work here, though.

The excessive reliance on reliable and predictable "expert" sources stems from a need to constantly invent new news stories for broadcast and publication — and from a general laziness among publishers, editors, and journalists themselves.

Traditional journalism requires true investigation and compilation of a variety of messy and disorganized facts. It's much easier, however, to simply call up a politician or an expert and create the facts by eliciting a "newsworthy" opinion from an important person.

This approach becomes especially lucrative in a world of the 24-hour news cycle where considerations of time and money entice news organizations to create their own news rather than report on the events created by others.

The World of Pseudo Events: This sort of cut-rate journalism has reached especially objectionable levels in recent years, but this approach isn't nearly as novel as many people imagine.

Indeed, thanks to the work of historian Daniel Boorstin, we can trace this habit among the the media class going back decades.

In his book The Image: A Guide to Pseudo Events in America — first published in 1962 — Boorstin examines how reporting on the news had become less and less about researching and reporting on spontaneous events, and instead had shifted toward reporting on what important people have to say about events.

Looking at Boorstin's analysis from our vantage point in 2017, it may look like Boorstin is splitting hairs, but this is only because we've been so inundated with reporting on pseudo events that we've come to regard such reporting as normal — and we now confuse pseudo events with the real thing.

A real event, Boorstin writes, is reported when "newspapers ... disseminate up-to-date reports of matters of public interest written by eyewitnesses or professional reporters near the scene."

In this type of reporting, Boorstin notes, there is a sense that the reporters are at the mercy of the events themselves.

Eventually, however, the need to sell newspapers and create more copy for printing helped reporters and their editors realize that they could create news themselves, and then report on those events as if they were spontaneous.

Thus, reporters began to rely more and more on press releases, interviews, press conferences and other types of pre-packaged pseudo events that could give media outlets something new to report on.

And then, of course, the politicians themselves — and the public relations people who work for them — are more than happy to supply the media with "pre-cooked" news, press conferences, prepared statements, and opinions designed to shape opinions about an event.

One of the first politicians to master these methods was Franklin Roosevelt. Boorstin writes: In recent years our successful politicians have been those most adept at using the press and other means to crate pseudo-events.

President Franklin Delano Roosevelt, whom Heywood Broun calls "the best newspaperman who has even been President of the United States," was the first modern master.

While newspaper owners opposed him in the editorials few read, F.D.R. himself, with the collaboration of a friendly corps of Washington correspondents, was using front-page headlines to make news read by everybody.

He was making "facts" — pseudo events — while editorial writers were simply expressing opinions.

It is a familiar story how he employed the trial balloon, how he exploited the ethic of the off-the-record remarks, how he transformed the Presidential press conference from a boring ritual into a major national institution which no later president dared disrespect, and how he developed the fireside chat.

Knowing that newspapermen lived on news, he helped them manufacture it. And he knew enough about news-making techniques to help shape their stories to his own purposes.

Indeed, by the 1950s, it had become "possible to build a political career almost entirely on pseudo-events" as in the case of Joseph McCarthy.

McCarthy, Boorstin notes "was a natural genius at creating reportable happenings that had an interestingly ambiguous relation to underlying reality."

Boorstin quotes Richard Rovere, who frequently covered McCarthy as a reporter, who notes that McCarthy "invented the morning press conference called for the purpose of announcing an afternoon press conference.

„Reporters, Rovere admitted "were beginning, in this period, to respond to his summonses like Pavlov's dogs at the clang of a bell."

Eventually, this obsession with the utterances of politicians blurred the line between facts and feelings.

This distinction was once represented by the difference between hard news and soft news. Boorstin writes: The the traditional vocabulary of newspapermen, there is a well-recognized distinction between "hard" and "soft" news.

Hard news is supposed to be the solid report of significant matters: politics, economics, international relations, social welfare, science.

Soft news reports popular interests, curiosities, and diversions: it includes sensational local reporting, scandalmongering, gossip columns, comic strips, the sexual lives of movie stars, and the latest murder....but the rising tide of pseudo-events washes away the distinction."

Boorstin illustrates this assertion with examples from a trip made by President Eisenhower to Hawaii.

When the events of the trip itself proved to offer few interesting details, the reporters instead invented events and provided "factual" statements such as "Eisenhower's reaction to his Far Eastern trip remains as closely guarded a secret as his golf score," and "sooner or later the realities will intrude."

These "facts" were not mere speculations on the side. They formed the heart of the article which was purported to be a news story.

In other words, the reporter is offering nothing other than speculation about nothing in particular because he has nothing else to write.

But, when put into a news story, the end result is that the reporter is changing public perceptions of the president.

Boorstin concludes: Nowadays a successful reporter must be the midwife — or more often the conceiver — of his news.

By the interview technique he incites a public figure to make statements which will sound like news.

During the twentieth century this technique has grown into a devious apparatus which, in skilled hands, can shape national policy."

It's not difficult to see how these techniques have been greatly expanded in our own time.

With the actual events of Charlottesville long over, the "news" continues as reporters and their sources among the intellectual class continue to opine on what Trump did or didn't say, and which of the interviewee's political enemies are to be blamed.

Increasingly, the reporter need no longer even attend a press conference or leave his office. He need only monitor Twitter. If the reporter agrees with a statement, he need merely report that it happened.

If he disagrees, then he need do little more than call one of his trusted sources for a rebuttal.

Moreover, when reporting these opinions, many reporters won't even provide the basic facts of who the speaker is.

Thus, a reliance on anonymous sources has become almost mundane. And, as a perfect illustration of Hayek's point, CNN's recent debacles involving anonymous sources illustrates how these sources don't even necessarily demonstrate any level of expertise with the topic being discussed.

One can make the case that the majority of what passes for "news coverage" nowadays really falls within the parameters of Boorstin's pseudo events.

When new facts would require hard work and serious journalism, it's much easier instead to rely on a few trusted sources — which have already been quoted countless times before — and get the usual predictable opinions to fill out an article.

This is then reported as "news" of a new "event," but is really just an opinion piece in which the opinions of an interviewee are portrayed as "facts."

This has been going on so long, few journalists even see a problem with this approach anymore.