en-es  Balancing Historical Accuracy and a Gripping Story Is a Challenge. ‘The Post’ Nails It.
Equilibrar la precisión histórica y una historia apasionante es un desafío. "The Post" (Los archivos del Pentágono) lo clava.

POR HEATHER ANN THOMPSON // 29 DE DICIEMBRE DE 2017.

En 2006, entré en una habitación oscura y polvorienta de un antiguo palacio de justicia en el norte del estado de Nueva York y mi corazón se detuvo. Delante de mí había una pared de estantes en la que miles de hojas de papel se habían amontonado al azar: innumerables documentos relacionados con la revuelta de la prisión de Attica en 1971, que los funcionarios del gobierno habían tratado de mantener ocultos durante décadas.

Evidentemente, el empleado que había trasladado temporalmente estos papeles aquí no tenía ni idea de los secretos qué podrían revelar. Pero yo si, y esto me asustó.

Con estos documentos, no solo podría, finalmente, nombrar a los miembros de las fuerzas de orden público que asesinaron a decenas de prisioneros y guardias desarmados a sangre fría en 1971, sino que, y tan importante, también podría revelar qué funcionarios gubernamentales habían trabajado tan duro para encubrir esos asesinatos.

Así es, supongo, cómo también el periodista del New York Times Neil Sheehan y el reportero del Washington Post Ben Bagdikian se sintieron ese mismo año cuando miraron miles de páginas de un informe ultrasecreto sobre la participación de Los Estados Unidos en Vietnam desde 1945 a 1967; llamados Papeles del Pentágono. Ellos también debieron haberse quedado atónitos y temerosos al mirar la montaña de pruebas proporcionada por el informador Daniel Ellsberg, que indicaba que los altos cargos electos de nuestra nación habían abusado gravemente de su poder, defendido lo indefendible y engañado al pueblo estadounidense.

Y gracias a una extrordinaria película, los espectadores de The Post podrán echar un vistazo al momento cuando el diario de Bagdikian decidió publicar los documentos robados de Ellsberg, incluso bajo amenaza de encarcelamiento, después de que los tribunales prohibieran al New York Times imprimir más historias sobre su primicia de gran éxito.

Cuando llegué al cine para ver esta película particular, debo admitir, que sentí mariposas en la boca del estómago. Por supuesto, no es inusual para los historiadores como yo preocuparnos antes de ver películas sobre importantes sucesos históricos. Es difícil para nosotros imaginar cómo esa complejidad puede ser capturada en solo 90 minutos. Eso, sin embargo, no fue lo que me estaba haciendo agarrarme a mi asiento un poco más fuerte.

Como historiador que busca información en películas, sé que los mejores escritores, productores y directores trabajan muy duro no solo para reproducir un suceso que atrape cinematográficamente, sino también para asegurarse que es retratado fielmente. En vez de eso mi nerviosismo se cortó de raíz por el hecho de que las mismas mujeres que produjeron The Post, Amy Pascal y Rachel O'Connor, serán también quienes estarán produciendo la adaptación de la película de mi propio libro en Ática, Sangre en el Agua. Esta sería mi oportunidad de ver cómo este dúo brindaría un evento icónico de la década de los años setenta a la pantalla plateada.
No necesitaba haber estado tan nervioso.

Aquellos que hicieron The Post — guionistas Liz Hanna y Josh Singer, dierector Steven Spielberg, y productores Pascal y O'Conor — hicieron un trabajo maestro al recrear esta década, y los detalles del año 1971 específicamente, para su audiencia. Desde un póster para la película The Blob en la pared de una oficina, a los tubos neumáticos en los que las fundas de papel fueron entregados a los editores, hasta la gigante, ruidosa prensa de impresión de los años 70, los espectadores son realmetne transportados de regreso en el tiempo.
Debido a que los productores no confiaban en la utilería, sino que realmente habían aprendido acerca de la industria de los períodicos de los años 70, uno casi puede oler la tinta y tocar los duros bloques de tipos de letra usados para producir los papeles en aquellos tiempos. Uno casi puede sentir el aire moverse como los papeles — titulares desnudos acerca de Papeles del Pentágono — serpentean por los techos de la fábrica en sus fajas.

Y aún, para hacer una película que realmente impactará a la audiencia, se necesita muchísimo más que méramente reproducir las vistas y los sonidos de la década anterior — sin importar qué tan creíble sea. Algunos productores de películas deben también persuadir a los espectadores de que el evento histórico que están ahora representando es importante de conocer actualmente.

Para aquellos que vivieron durante los años 60 es probable que no les tome mucho recordar por qué los Papeles del Pentágono importaban cuando fueron hechos públicos en 1971. Para ese año la Guerra de Vietnam había asesinado a más de 50,000 hombres jóvenes en los Estados Unidos y más de 950,000 personas en Vietnam. Esta era una guerra que había vuelto a regresar durante la administración de Harry Truman, y era una que los siguientes cuatro presidentes habían prometido que sería pronto ganada y terminada.

Esta fue incluso una guerra que había llevado las muertes de personas jóvenes a casa. A justo dos meses antes de que el Nueva York Times publicara la primicia de Papeles del Pentágono, los americanos de todas partes habían visto con horror como guardias nacionales baleaban a estudiantes que protestaban en el Kent State University en Ohio, matando a cuatro de ellos.

Para una generación más joven, sin embargo, la historia de la decada de 1960 es oscura en el mejor de los casos y además de solo añadir a su propio arsenal de trivialidades para usar en cócteles,no es del todo obvio que conocer acerca de los Papeles del Pentagon podría arrojar una nueva luz sobre el país que navegamos ahora.

Así es, hasta que vean películas como The Post.
Gracias a la forma en que esta película cuenta la historia de Daniel Ellsberg, los espectadores son guiados a ver los paralelismos entre el pasado y el presente. Después de todo, ¿cuán diferente fue lo que Daniel Ellsberg hizo en 1971 a lo que hizo el contratista de la NSA Edward Snowden cuando filtró detalles de programas de vigilancia global secretos a periodistas en 2013? ¿O a Chelsea Manning en 2010, cuando la analista de inteligencia filtró los llamados "Iraq War Logs" y "Afghan War Diary" a Wikileaks?

Ellsberg era un patriota. Él estaba en el ejército y trató de servir a su país. Pero entonces se enteró de que los que manejaban los Estados Unidos actuaban de forma inmoral, ilegal y estaban engañando gravemente al público. Así que, como patriota, Ellsberg se angustió por si debería hacer pública esta información.
Hacerlo era aterrador: la posibilidad de pudrirse en la cárcel por traición y ser conocido siempre como un traidor a los Estados Unidos de América. Los espectadores de todas las edades "captarán" el miedo de Ellsberg y entenderán el dilema moral que afrontó. Esta historia resuena y es importante porque quienes hicieron The Post nos hicieron comprender cuán presente aún está el pasado.

No es solo la historia de Ellsberg lo que repercute poderosamente en el presente. Los guionistas de The Post podrían, por ejemplo, haber elegido enfocar esta película en el New York Times en lugar del Washington Post. El New York Times no solo fue el primer periódico en publicar los documentos del gobierno que Ellsberg decidió que el pueblo estadounidense tenía derecho a ver, sino que también fue el primer periódico en afrontar graves consecuencias legales por hacerlo.

Pero al contar la historia de la función del Washington Post en los documentos del Pentágono, los espectadores pueden conocer a Katharine Graham, la primera mujer en dirigir una importante empresa periodística en los Estados Unidos, cuando finalmente comienza a confiar en su propio criterio, a pesar de las habitaciones llenas de hombres que tratan de decantarla hacia sus opiniones enérgicamente defendidas. Escena tras escena, Graham es objeto de discursos y menosprecio por parte de los hombres, y se debate entre su deseo de ser amable y su necesidad de ser escuchada.

A través del desarrollo detallado de su carácter excepcional--y cuán identificable será para muchas mujeres hoy en día-- The Post recuerda a los espectadores que el pasado no está tan lejos.

De hecho, en muchos sentidos, The Post nos recuerda que, hoy más que nunca, hay que tener en cuenta el pasado. Si conocemos más sobre porqué Daniel Ellsberg arriesgó tanto para contar a los americanos la historia completa de la guerra que se les había pedido que apoyaran a ciegas, podemos entender mejor a reveladores de documentos como Snowden y Manning. Cuando vemos cuán esencial fue que dos periódicos norteamericanos accedieran a publicar los secretos de estado que Ellsberg les proporcionó, nos podemos dar cuenta de lo importante que es proteger a la prensa hoy en día. Cuando vemos hasta qué punto el sexismo impregnaba el lugar de trabajo hace sólo 46 años, nos quitamos cualquier idea de que la igualdad de género no es importante.

Y, quizás lo más significativo, cuando vemos en esta película justo con qué fuerza el presidente Richard Nixon trató de desacreditar a la prensa y apagar sus intentos para mantener informada a la nación de lo que él y su administración tramaban, podemos ver claramente lo que fue. Ese presidente pisoteaba nuestra Constitución y, por lo tanto, amenazaba gravemente nuestra democracia.

Como hace The Post de forma inquietante y alarmantemente clara, esta historia no importaba solo entonces, sino que hoy tiene una importancia especial.

El Dr. Heather Ann Thompson es historiador en la Universidad de Michigan, y el ganador del premio Pulitzer por Sangre en el agua: la revuelta de la prision de Attica en 1971 y su legalidad.

http://www.history.com/news/balancing-historical-accuracy-and-a-gripping-story-is-a-challenge-the-post-nails-it
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Balancing Historical Accuracy and a Gripping Story Is a Challenge.
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‘The Post’ Nails It.
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BY HEATHER ANN THOMPSON // DECEMBER 29, 2017.
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But I did, and this scared me.
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It is hard to imagine how that complexity might be captured in a mere 90 minutes.
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That, however, was not what was making me grip my seat a little tighter.
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I need not have been so nervous.
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This was even a war that had led to the deaths of young people at home.
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That is, until they see movies like The Post.
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Ellsberg was a patriot.
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He was in the military, and tried to serve his country.
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And so, as a patriot, Ellsberg agonized over whether he should make this information public.
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It isn’t just Ellsberg’s story that reverberates powerfully in the present.
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That president was trampling on our Constitution and thus, severely threatening our democracy.
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Balancing Historical Accuracy and a Gripping Story Is a Challenge. ‘The Post’ Nails It.

BY HEATHER ANN THOMPSON // DECEMBER 29, 2017.

In 2006 I walked into a dim and dusty backroom of an old courthouse in upstate New York and my heart stopped. Before me stood a wall of shelves on which thousands of pieces of paper had been haphazardly crammed—countless documents related to the Attica prison uprising of 1971 that government officials had been trying to keep hidden for decades.

Clearly the clerk that had temporarily moved these papers here hadn’t a clue what secrets they might reveal. But I did, and this scared me.

With these documents, not only would I be able, finally, to name the members of law enforcement who killed scores of unarmed prisoners and guards in cold blood back in 1971 but, as important, I would be also be able to reveal which government officials had worked so hard to cover up those murders.

That is, I suspect, also how New York Times journalist Neil Sheehan and Washington Post reporter Ben Bagdikian felt that same year as they stared at thousands of pages of a top secret report on the US involvement in Vietnam from 1945 to 1967—the so-called Pentagon Papers. They too must have been stunned and fearful as they looked at the mountain of evidence, provided by whistleblower Daniel Ellsberg, indicating that our nation’s top elected officials had severely abused their power, defended the indefensible and misled the American public.

And thanks to an extraordinary new film, The Post, viewers will get a glimpse into the moment when Bagdikian’s paper decided to publish Ellsberg’s stolen documents, even under threat of imprisonment, after the New York Times had been banned by the courts from printing further stories on their blockbuster scoop.

When I arrived at the theater to see this particular film, I must admit, I felt some butterflies in the pit of my stomach. Of course it isn’t unusual for historians like me to worry before seeing movies about important historical events. It is hard to imagine how that complexity might be captured in a mere 90 minutes. That, however, was not what was making me grip my seat a little tighter.

As a historian who consults on films, I know that the best writers, producers, and directors work very hard not just to render an event cinematically gripping, but also to make sure that it is portrayed accurately. My jitters stemmed instead from the fact that the same women who produced The Post, Amy Pascal and Rachel O’Connor, will be also be producing the film adaptation of my own book on Attica, Blood in the Water. This was my chance to see how this duo would bring an iconic event of the 1970s to the silver screen.
I need not have been so nervous.

Those who made The Post—screenwriters Liz Hannah and Josh Singer, director Steven Spielberg, and producers Pascal and O’Connor—did a masterful job of recreating this decade, and the details of the year 1971 specifically, for their audience. From a poster for the movie The Blob on an office wall, to the pneumatic tubes in which sheathes of paper were delivered to editors, to the massive, clanking printing presses of the 1970s, viewers are truly transported back in time.
Because the filmmakers did not just rely on props, but had really learned about the newspaper industry of the 1970s, one can almost smell the ink and touch the hard blocks of typeface used to produce papers back in the day. One almost feels the air move as papers—blaring headlines about the Pentagon Papers—snake up to the roofs of the factory on their belts.

And yet, to make a movie that will truly impact an audience, it takes a great deal more than merely reproducing the sights and sounds of an earlier decade—no matter how believably. Somehow filmmakers must also persuade viewers that the historical event they are now rendering is important to know now.

For those who lived through the 1960s it probably doesn’t take much to be reminded of why the Pentagon Papers mattered when they were made public in 1971. By that year the Vietnam War had killed more than 50,000 young men in the U S and more than 950,000 people in Vietnam. This was a war that had begun back during the administration of Harry Truman, and it was one that the next four presidents had each promised would soon be won and done.

This was even a war that had led to the deaths of young people at home. A mere two months before the New York Times published the first of the Pentagon Papers, Americans everywhere had watched in horror as national guardsmen gunned down protesting students at Kent State University in Ohio, killing four of them.

For a younger generation, however, the history of the 1960s is murky at best and, beyond simply adding to one’s own arsenal of trivia to trot out at a cocktail party, it isn’t at all obvious why knowing about the Pentagon Papers might shine important light on the country we navigate right now.

That is, until they see movies like The Post.
Thanks to the way this film tells Daniel Ellsberg’s story, viewers are guided to see the parallels between the past and present. After all, how different was what Daniel Ellsberg did in 1971 to what NSA contractor Edward Snowden did when he leaked details of secret global surveillance programs to journalists in 2013? Or Chelsea Manning in 2010, when the intelligence analyst leaked the so-called “Iraq War Logs” and “Afghan War Diary” to Wikileaks?.

Ellsberg was a patriot. He was in the military, and tried to serve his country. But then he learned that those running the United States were acting immorally, illegally, and were seriously misleading the public. And so, as a patriot, Ellsberg agonized over whether he should make this information public.
Doing so was terrifying—the possibility of rotting in jail for treason and forever being known as a traitor to the United States of America. Viewers of all ages will “get” Ellsberg’s fear, and will understand the moral dilemma he faced. This history resonates and matters because those who made The Post made us understand just how present that past still is.

It isn’t just Ellsberg’s story that reverberates powerfully in the present. The screenwriters of The Post could, for example, have chosen to focus this film on the New York Times instead of the Washington Post. Not only was the New York Timesthe first paper to publish those government documents that Ellsberg decided the American people had a right to see, but it was also the first paper to face serious legal consequences for doing so.

But in telling the story of the Washington Post’s role in the Pentagon papers, viewers get to know Katharine Graham—the first woman ever to run a major newspaper company in the United States—as she finally begins to trust her own judgment, despite roomfuls of men trying to sway her toward their strongly held views. In scene after scene Graham is talked over and belittled by men, and she struggles between her desire to be polite and her need to be heard.

Through the rich development of this particular character—and how relatable she will be to many women today—The Post reminds theatergoers that the past isn’t so long ago.

Indeed, in so many ways, The Post reminds us that the past must be reckoned with today more than ever. If we know more about why Daniel Ellsberg risked so much to tell Americans the full story behind the war they were asked blindly to support, we can better understand whistleblowers like Snowden and Manning. When we see how vital it was that two American newspapers agreed to publish the state secrets Ellsberg brought to them, we can realize how important it is to protect the press today. When we see how deeply sexism permeated the workplace a mere 46 years ago, we are disabused of any notion that gender equality doesn’t matter.

And, perhaps most significant, when we see in this film just how forcefully President Richard Nixon tried to discredit the press and to shut down any of its attempts to keep the nation apprised of what he and his administration were up to, we can see clearly what that was. That president was trampling on our Constitution and thus, severely threatening our democracy.

As The Post makes hauntingly and alarmingly clear, this history not only mattered then, but it has particular importance today.

Dr. Heather Ann Thompson is a historian at the University of Michigan, and is the Pulitzer Prize-winning author of Blood in the Water: The Attica Prison Uprising of 1971 and its Legacy.

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