en-es  What Orwell saw — and what he missed — about today’s world
Lo que vio Orwell- y lo que se le escapó - acerca del mundo de hoy.

Acertó con respecto a los grandes gobiernos. Pero no vió venir a Silicon Valley.

Por Thomas E. Ricks, Politico, Mayo 28, 2017

Mientras pasaba los últimos tres años inmerso en las obras de George Orwell para un libro que estaba investigando y escribiendo, a menudo me llamaba el atención con qué frequencia sus escritos hablan de los problemas de hoy. Eso es especialmente impresionante porque murió en 1950.

El futuro distópico que Orwell descibe en '1984' ayuda a iluminar nuestro mundo de después del 9/11. En la novela, el gobierno de "Big Brother'' sigue adelante una guerra perpetual que, como el la vida americana de hoy," implica a muy poca gente, sobre todo especialistas altamente cualificados, y ocasiona relativamente pocas víctimas. Las luchas, cuando las hay, tienen lugar en vagas fronteras que el hombre medio sólo puede imaginar". Y al igual que los jóvenes americanos de hoy en día han vivido toda la vida con esa campaña antiterror, así también el héroe de "1984", Winston, "definitivamente no podía recordar un tiempo en que su país no hubiera estado en guerra". Orwell no estaría sorprendido de que el gobierno de los EE.UU., procesando tal guerra, aprobara oficialmente el uso de tortura, por primera vez en su historia.

Tampoco se habría sorprendido Orwell por el limitado vocabulario del presidente Trump de palabras como "triste", "malo" y "asombroso". En "1984" el gobierno empobreció intencionadamente el idioma, remplazando "excelente" y "espléndido" por "más que bueno" y "doble más que bueno". Sin embargo Orwell difícilmente podía verlo todo. Nunca visitó los Estados Unidos, y tal vez a consecuencia de ello no captó la resilencia del capitalismo. Escribó en 1943 que "una economía gobernada solo por el motivo del beneficio simplemente no puede rearmarse a un nivel moderno". Esta afirmación podría haber sido verdadera en la Gran Bretaña de los años 1930, que tenía una economía declinante que había dejado de fincanciar la innovación de manera adecuada. Pero durante las últimas ocho décadas, los Estados Unidos han demostrado tres veces que su afirmación era incorrecta -la primera vez durante la segunda Guerra Mundial, después durante la formación de la Guerra fría en la época de Eisenhower, y finalmente durante la reconstrucción post-Vietnam del ejército americano, cuando los gastos de la defensa de Reagan se combinaron con computadores para crear una nueva poderosa maquinaria militar de los E.U. construída alrededor del armamento de precisión y la rápida transmisión de datos.

Orwell nunca visitó a los Estados Unidos, y quizá por eso no entendía la resiliencia del capitalismo.

Como consecuencia, Orwell subestimó también hasta qué punto podían volverse intrusivos los estados occidentales y sus empresas. Esto fue así, en parte, porque sus opiniones sobre los límites del capitalismo se formaron a partir de lo que observó en la Gran Bretaña de mediados de siglo XX – eso es, una nación atrapada en el capitalismo estancado del final de la era industrial. El principal objetivo de esa estructura envejecido era la eficiencia, que hizo que las empresas buscaban beneficios pediendo a los gestores de exprimir un poco más de dinero de los sistemas existentes y de los trabajadores. En consecuencia, pensó que la industría solo podría tener éxito por una represión del trabajo cada vez más grande. "A no ser que haya algún cambio impredecible en la naturaleza humana", concluyó, "la libertad y la eficacia serán necesariamente irreconciliables". Orwell no podía ver que con el comienzo de la era de la información décadas después, la eficacia se haría mucho menos significante que la innovación y la capacidad de adaptación. Apple, Microsoft, Google y un sinnúmero de otras empresas de finales del siglo XX no ofrecían máquinas de escribir más rápidas. Creaban productos completamente nuevos, como ordenadores portátiles y aplicaciones para ellos. No eran precisamente eficientes al hacer esto, porque la innovación es un proceso derrochador, que ocasiona muchos más fracasos que éxitos. Por ejemplo, los extraordinarios altos y bajos en la carrera de los empleos de Steve en Apple estaban más allá de todo lo que Orwell había presenciado en su país. Estas nuevas empresas tampoco se construyeron reprimiendo a sus empleados: podían competir solo prodigando dinero, acciones y otros beneficios a los trabajadores capaces de imaginar y desarrollar nuevos productos atractivos.

Pero Orwell probablemente se habría sentido fascinado con el siguiente paso que tomaron estas nuevas e innovadoras corporaciones. Hoy en día se fabrican productos que se adentran mucho más en la vida privada de lo que nunca lo hicieron los titanes de la industria del siglo XX. No es raro hoy, por ejemplo, buscar un billete de avión en línea un día, y al día siguiente ver un anuncio en su página de Facebook con una oferta de un hotel en el destino previsto. He tenido anuncios similares apareciendo en mi ordenador después de buscar un libro desconocido. Lo escalofriante es que cualquier persona que use Internet está siendo controlada sin cesar por empresas ansiosas por venderles más productos. Así como el Gran Hermano de Orwell realizaba una observación personal de los ciudadanos, también lo hacen estas compañías, y mucho más eficientemente que el torpe monstruo de Orwell.

Hoy, los datos no solo son poderosos sino también altamente rentables. Hay un dicho en Silicon Valley que dice que no existe tal aplicación gratuita, es decir, si usas una aplicación sin coste, entonces tú eres el producto. Las compañías tecnológicas actuales tratan a las personas como recursos para extraer y explotar, como el carbón en el siglo XIX.

Orwell probablemente se habría sentido fascinado con el próximo paso que dieron estas nuevas e innovadoras corporaciones.

En esto probablemente hubiera tenido Orwell de nuevo algunas ideas que ofrecer De la misma manera que sabía cómo escribir sobre los mineros del carbón, así también hubiera luchado con la moral y la importancia política de la explotación minera corporativa de los filones de nuestras propias vidas. Se hubiera sentido especialmente intrigado por cómo la privacidad se está volviendo un bien de lujo en el siglo XXI – algo por lo que hay que pagar, a veces bastante caro, como cuando Mark Zuckerberg de Facebook compró las casas adyacentes a la suya.

Su mayor contribución puede que sea la menos apreciada: nos dio el vocabulario mental que nos ayuda a entender todo eso. Yo no podría haber escrito el párrafo anterior si no hubiera leído a Orwell. En sus novelas y ensayos nos enseña, incluso en nuestros días, cómo estar alerta ante la retórica entumecedora de las declaraciones de los gobiernos, de la penetrante vigilancia oficial y corporativa y, sobre todo, de las intrusiones tanto de los poderes públicos como de los comerciales en el ámbito del individuo privado.

Thomas E. Ricks es el autor de seis libros, el más reciente "Churchill y Orwell: La lucha por la libertad", publicado este mes (23 de mayo) por Penguin Press.
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What Orwell saw — and what he missed — about today’s world.
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He got it right about big government.
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But he didn’t see Silicon Valley coming.
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By Thomas E. Ricks, Politico, May 28, 2017.
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That’s especially impressive, given that he died in 1950.
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As a consequence, Orwell also underestimated how intrusive Western states and companies could become.
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Hence he thought that industry could only succeed through ever-greater repression of labor.
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They created entirely new products, such as handheld computers and applications for them.
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I’ve had similar advertisements pop up on my computer after searching for an obscure book.
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Today, data is not only powerful, it also has become hugely profitable.
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Orwell likely would have been fascinated about the next step these innovative new corporations took.
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Here, Orwell again likely would have some insights to offer.
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I could not have written the previous paragraph without having read Orwell.
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terehola • 6015  commented on  unit 23  10 months, 3 weeks ago

What Orwell saw — and what he missed — about today’s world.

He got it right about big government. But he didn’t see Silicon Valley coming.

By Thomas E. Ricks, Politico, May 28, 2017.

While spending the last three years immersed in the works of George Orwell for a book I was researching and writing, I often was struck by how often his writing speaks to the problems of today. That’s especially impressive, given that he died in 1950.

The dystopian future Orwell portrays in “1984” helps illuminate our post-9/11 world. In the novel, the government of “Big Brother” carries on a perpetual war that, as in American life today, “involves very small numbers of people, mostly highly trained specialists, and causes comparatively few casualties. The fighting, when there is any, takes place on the vague frontiers whose whereabouts the average man can only guess at.” And just as young Americans today have lived with that anti-terror campaign all their lives, so too “1984”’s hero, Winston, “could not definitely remember a time when his country had not been at war.” Orwell would not be surprised that the U.S. government, prosecuting such a war, officially endorsed the use of torture, for the first time in its history.

Nor would Orwell have been surprised by President Trump’s limited vocabulary of words like “sad,” “bad” and “amazing.” In “1984,” the government purposely dumbed down language, with “excellent” and “splendid” replaced by “plusgood” and “doubleplusgood.”

Yet Orwell was hardly all-seeing. He never visited the United States, and so perhaps as a result did not grasp the resiliency of capitalism. He wrote in 1943 that “an economy ruled by the profit motive is simply not equal to re-arming on a modern scale.” That assertion might have been true of the Britain of the 1930s, which had a declining economy that had failed to adequately fund innovation. But over the last eight decades, the United States has proved his assertion to be incorrect three times — first during World War II, then again during the Eisenhower-era Cold War buildup, and finally in the post-Vietnam rebuilding of the American military, when Reaganite defense spending combined with computers to create a powerful new U.S. military machine built around precision-guided weapons and the swift transmission of data.

Orwell never visited the United States, and so perhaps as a result did not grasp the resiliency of capitalism.

As a consequence, Orwell also underestimated how intrusive Western states and companies could become. This was in part because his views on the limitations of capitalism were formed by what he observed in mid-20th century Britain — that is, a nation caught in stagnating, late Industrial Age capitalism. The highest goal of that aging structure was efficiency, which meant that companies sought profits by having managers squeeze a little more money out of existing systems and workers. Hence he thought that industry could only succeed through ever-greater repression of labor. “Unless there is some unpredictable change in human nature,” he concluded, “liberty and efficiency must pull in opposite directions.”

Orwell could not see that with the dawn of the Information Age several decades later, efficiency would become far less economically significant than innovation and adaptiveness. Apple, Microsoft, Google, and myriad other late-twentieth-century companies did not offer faster typewriters. They created entirely new products, such as handheld computers and applications for them. They were hardly efficient in doing so, because innovation is necessarily a wasteful process, producing many more failures than successes. For example, the extraordinary ups and downs in the career of Apple’s Steve Jobs of Apple were beyond anything Orwell witnessed in his own country. Nor were these new companies built on repressing their employees: They could compete only by lavishing money, stock options and other benefits on workers capable of imagining and developing attractive new products.

But Orwell likely would have been fascinated about the next step these innovative new corporations took. Nowadays they produce goods that intrude far deeper into private life than ever was done by the titans of 20th century industry. It is not uncommon today to, say, search online for an airfare one day, and the next day to see an advertisement in your Facebook timeline for a bargain on a hotel at the contemplated destination. I’ve had similar advertisements pop up on my computer after searching for an obscure book. The chilling fact is that anyone using the internet is being monitored endlessly by companies eager to sell them more goods. Just as Orwell’s Big Brother conducted personal observation of citizens, so do too these companies — and far more efficiently than did Orwell’s clumsy monster.

Today, data is not only powerful, it also has become hugely profitable. There is a saying in Silicon Valley that there is no such thing as a free app — that is, if you use an app that comes without a cost, then you are the product. Today’s tech companies treat people as resources to be mined and exploited, not unlike, say, coal in the nineteenth century.

Orwell likely would have been fascinated about the next step these innovative new corporations took.

Here, Orwell again likely would have some insights to offer. Just as he knew how to write about coal miners, so too would he grapple with the moral and political significance of the corporate mining of the seams of our own lives. He would be especially intrigued by how privacy is becoming a luxury good in the 21st century — something you have to pay for, sometimes quite expensively, as when Facebook’s Mark Zuckerberg bought the houses adjoining his.

His greatest contribution may be the least appreciated: He gave us the mental vocabulary that helps us understand all that. I could not have written the previous paragraph without having read Orwell. In his novels and essays, he instructs us even now in how in how to be alert to the numbing rhetoric of government pronouncements, of pervasive official and corporate surveillance, and most of all, of intrusions by both public and commercial powers into the realm of the private individual.

Thomas E. Ricks is the author of six books, most recently “Churchill and Orwell: The Fight for Freedom,” published this month (May 23) by Penguin Press.