en-es  The Island of Doctor Moreau/ Fin Medium
La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells

Capítulo 21
El hombre solo


Por la tarde zarpé y conduje hacia el mar ante un viento suave del sudoeste, lenta y constantemente; y la isla se hizo cada vez más pequeña y la espiral de humo se redujo a una línea cada vez más fina contra el cálido atardecer. El océano se levantó a mi alrededor, escondiendo esa baja zona oscura de mis ojos. La luz del día, el esplendor del rastro del sol, emergió del cielo, fue apartada como una cortina luminosa, y por fin miré en el golfo azul de la inmensidad escondida por la luz del sol, y vi la multitud flotante de las estrellas. El mar estaba silencioso, el cielo estaba silencioso. Estaba solo con la noche y el silencio.

Entonces derivé por tres días, comiendo y bebiendo frugalmente, y meditando sobre todo lo que me ocurrió, sin desear en ese momento ver hombres otra vez. Llevaba harapos sucios, mi cabello era una maraña negra: sin duda mis descubridores pensaron que estaba loco.

Es extraño, pero no sentí ningún deseo de regresar a la humanidad. Solo estaba feliz de dejar la inmundicia de la gente bestia. Y, el tercer día, fui recogido por un bergantín de Apia a San Francisco. Ni el capitán ni el primer oficial creerían mi historia, juzgando que la soledad y el peligro me habían vuelto loco; y temiendo que su opinión sería la de los otros, me abstuve de contar más de mi aventura, y dije que no me acordaba de nada de lo que me había ocurrido entre la pérdida del ''Lady Vain'' y el momento cuando fui recogido otra vez,...en el transcurso de un año.

Tuve que actuar con la mayor prudencia para salvarme de la sospecha de locura. Mis recuerdos de la ley, de los dos marineros muertos, de las emboscadas en la oscuridad, del cuerpo en el cañaveral me perseguían y, aunque no parezca natural, con mi regreso a la humanidad, en vez de la confianza y la simpatía que había esperado, se produjo un extraño aumento de la incertidumbre y el temor que había experimentado durante mi estancia en la isla. Nadie me creería; era casi tan raro para los hombres como lo había sido para la gente bestia. Puede que haya contagiado algo del salvajismo natural de mis compañeros. Dicen que el terror es una enfermedad, y de todas maneras puedo atestiguar que durante varios años ya un miedo inquieto ha habitado en mi mente... tal miedo inquieto como puede sentir un cachorro de león medio domesticado.

Mi problema tenía una forma muy extraña. No pude convencerme que los hombres y las mujeres que encontraba no eran también otra gente bestia, animales medio elaborados en imagenes externas de almas humanas, y que enseguida empezarían a regresar, para primero mostrar esta marca bestial y depués otra. Pero había confiado mi caso a un hombre extrañamente capaz y que parecía cmedio creer a mi aventura; un especialista mental, y me ayudó mucho, aunque no pienso que el terror de esta isla nunca me dejará totalmente. La mayoría del tiempo está lejos de mi consciencia, una mera nube distante, un recuerdo y una vaga desconfianza; pero hay ocasiones en que la pequeña nube se extiende hasta cubrir el cielo entero. Luego miro alrededor a mis semejantes y tengo miedo. Veo caras, animadas y positivas; otras, aburridas o peligrosas; otras, vacilantes, insinceras... ninguna con la tranquila autoridad de un alma razonable. Siento como si el animal estuviera surgiendo dentro de ellos; que muy pronto la degradación de los isleños se repetirá en una escala más grande. Sé que esto es un espejismo; que estos aparentes hombres y mujeres alrededor de mí son de veras hombres y mujeres... hombres y mujeres para siempre, criaturas perfectamente razonables, llenas de deseos humanos y tierna solicitud, libres de los instintos y no esclavizadas a ninguna ley fantástica... seres totalmente diferentes a la gente bestia. No obstante los esquivo, evito sus miradas curiosas, sus preguntas y apoyo y anhelo estar solo y lejos de ellos. Por esa razón vivo cerca de la amplia y abierta región de colinas de caliza, donde puedo escapar cuando esta sombra me cubre el alma; y muy consoladoras están luego las colinas vacías bajo el cielo limpido.

Cuando vivía en Londres, el horror era casi insoportable. No podía alejarme de los hombres: sus voces llegaban por las ventanas; las puertas cerradas eran endebles salvaguardas. Salía a las calles para combatir mi alucinación y las callejeras me seguían; los hombres furtivos y ansiosos me miraban con recelo; pálidos y agotados trabajadores me pasan tosiendo con ojos cansados ​​y pasos ansiosos, como venados heridos goteando sangre; los ancianos, inclinados y desanimados, pasan murmurando para sí; y completamente desatentos, una cola irregular de niños burlándose. Entonces me retiraba a una capilla, e incluso allí, tal era mi perturbación, parecía que el predicador farfullaba "pensar a lo grande", tal como lo había hecho el hombre mono; o en alguna biblioteca, y allí las caras inclinadas sobre los libros no parecían más que criaturas pacientes esperando una presa. Especialmente repugnante eran las caras vacías e inexpresivas de las personas en los trenes y los omnibuses; no parecían mis semejantes más que unos cuerpos muettos así que no me atrevía a viajar a menos que estuviera seguro de estar solo. Y hasta parecía que yo también no era una criatura razonable, sino solo un animal atormentado por un extraño desorden del cerebro que lo mandó a vagar solo, como una oveja sufriendo de gid.

Este es un humor que, gracias a Dios, ahora experimento con menos frequencia. Me alejé de la confusión de las ciudades y las multitudes, y paso mis días rodeado de libros sabios, ...ventanas luminosas en esta, nuestra vida, iluminada por las almas brillantes de los hombres. Veo pocos extranjeros, y tengo solo un pequeño hogar. Dedico mis días a leer y experimentos químicos, y paso muchas noches claras estudiando astronomía. Existe... aunque no sé cómo o por qué es así... una sensación de infinita paz y protección en las relucientes estrellas del cielo. Debe estar allá, creo, en las grandes y eternas leyes de la materia, y no en las preocupaciones cotdianas, pecados y aflicciones de los hombres, que lo que tengamos adentro que sobrepasa lo animal debe encontrar su consuelo y su esperanza. Espero, o no podría vivir.

Y así, con esperanza y soledad, termina mi historia.

Edward Prendick.

=== NOTA. === El texto del capítulo titulado "El doctor Moreau explica", que contiene la idea esencial de la historia, apareció como artículo central en la"Saturday Review" en enero de 1895. Esta es la única parte de esta historia que se ha publicado anteriormente y ha sido reformulada por completo para adaptarla a la forma narrativa.
IMPRESO POR JOHN WILSON E HIJO EN LA IMPRENTA DE LA UNIVERSIDAD DE CAMBRIDGE EN MAYO DE MDCCCXCVI. Por STONE AND KIMBALL, NUEVA YORK
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The Island of Doctor Moreau by H. G. Wells.
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Chapter 21.
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THE MAN ALONE.
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The ocean rose up around me, hiding that low, dark patch from my eyes.
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The sea was silent, the sky was silent.
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I was alone with the night and silence.
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One unclean rag was about me, my hair a black tangle: no doubt my discoverers thought me a madman.
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It is strange, but I felt no desire to return to mankind.
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I was only glad to be quit of the foulness of the Beast People.
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And on the third day I was picked up by a brig from Apia to San Francisco.
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I had to act with the utmost circumspection to save myself from the suspicion of insanity.
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No one would believe me; I was almost as queer to men as I had been to the Beast People.
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I may have caught something of the natural wildness of my companions.
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My trouble took the strangest form.
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Then I look about me at my fellow-men; and I go in fear.
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When I lived in London the horror was well-nigh insupportable.
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This is a mood, however, that comes to me now, I thank God, more rarely.
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I see few strangers, and have but a small household.
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I hope, or I could not live.
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And so, in hope and solitude, my story ends.
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Edward Prendick.
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=== NOTE.
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PRINTED BY JOHN WILSON AND SON AT THE UNIVERSITY PRESS IN CAMBRIDGE DURING MAY M DCCC XCVI.
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FOR STONE AND KIMBALL NEW YORK
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The Island of Doctor Moreau by H. G. Wells.

Chapter 21.
THE MAN ALONE.

IN the evening I started, and drove out to sea before a gentle wind from the southwest, slowly, steadily; and the island grew smaller and smaller, and the lank spire of smoke dwindled to a finer and finer line against the hot sunset. The ocean rose up around me, hiding that low, dark patch from my eyes. The daylight, the trailing glory of the sun, went streaming out of the sky, was drawn aside like some luminous curtain, and at last I looked into the blue gulf of immensity which the sunshine hides, and saw the floating hosts of the stars. The sea was silent, the sky was silent. I was alone with the night and silence.

So I drifted for three days, eating and drinking sparingly, and meditating upon all that had happened to me,—not desiring very greatly then to see men again. One unclean rag was about me, my hair a black tangle: no doubt my discoverers thought me a madman.

It is strange, but I felt no desire to return to mankind. I was only glad to be quit of the foulness of the Beast People. And on the third day I was picked up by a brig from Apia to San Francisco. Neither the captain nor the mate would believe my story, judging that solitude and danger had made me mad; and fearing their opinion might be that of others, I refrained from telling my adventure further, and professed to recall nothing that had happened to me between the loss of the “Lady Vain” and the time when I was picked up again,—the space of a year.

I had to act with the utmost circumspection to save myself from the suspicion of insanity. My memory of the Law, of the two dead sailors, of the ambuscades of the darkness, of the body in the canebrake, haunted me; and, unnatural as it seems, with my return to mankind came, instead of that confidence and sympathy I had expected, a strange enhancement of the uncertainty and dread I had experienced during my stay upon the island. No one would believe me; I was almost as queer to men as I had been to the Beast People. I may have caught something of the natural wildness of my companions. They say that terror is a disease, and anyhow I can witness that for several years now a restless fear has dwelt in my mind,—such a restless fear as a half-tamed lion cub may feel.

My trouble took the strangest form. I could not persuade myself that the men and women I met were not also another Beast People, animals half wrought into the outward image of human souls, and that they would presently begin to revert,—to show first this bestial mark and then that. But I have confided my case to a strangely able man,—a man who had known Moreau, and seemed half to credit my story; a mental specialist,—and he has helped me mightily, though I do not expect that the terror of that island will ever altogether leave me. At most times it lies far in the back of my mind, a mere distant cloud, a memory, and a faint distrust; but there are times when the little cloud spreads until it obscures the whole sky. Then I look about me at my fellow-men; and I go in fear. I see faces, keen and bright; others, dull or dangerous; others, unsteady, insincere,— none that have the calm authority of a reasonable soul. I feel as though the animal was surging up through them; that presently the degradation of the Islanders will be played over again on a larger scale. I know this is an illusion; that these seeming men and women about me are indeed men and women,—men and women for ever, perfectly reasonable creatures, full of human desires and tender solicitude, emancipated from instinct and the slaves of no fantastic Law,—beings altogether different from the Beast Folk. Yet I shrink from them, from their curious glances, their inquiries and assistance, and long to be away from them and alone. For that reason I live near the broad free downland, and can escape thither when this shadow is over my soul; and very sweet is the empty downland then, under the wind-swept sky.

When I lived in London the horror was well-nigh insupportable. I could not get away from men: their voices came through windows; locked doors were flimsy safeguards. I would go out into the streets to fight with my delusion, and prowling women would mew after me; furtive, craving men glance jealously at me; weary, pale workers go coughing by me with tired eyes and eager paces, like wounded deer dripping blood; old people, bent and dull, pass murmuring to themselves; and, all unheeding, a ragged tail of gibing children. Then I would turn aside into some chapel,—and even there, such was my disturbance, it seemed that the preacher gibbered “Big Thinks,” even as the Ape-man had done; or into some library, and there the intent faces over the books seemed but patient creatures waiting for prey. Particularly nauseous were the blank, expressionless faces of people in trains and omnibuses; they seemed no more my fellow-creatures than dead bodies would be, so that I did not dare to travel unless I was assured of being alone. And even it seemed that I too was not a reasonable creature, but only an animal tormented with some strange disorder in its brain which sent it to wander alone, like a sheep stricken with gid.

This is a mood, however, that comes to me now, I thank God, more rarely. I have withdrawn myself from the confusion of cities and multitudes, and spend my days surrounded by wise books,— bright windows in this life of ours, lit by the shining souls of men. I see few strangers, and have but a small household. My days I devote to reading and to experiments in chemistry, and I spend many of the clear nights in the study of astronomy. There is—though I do not know how there is or why there is—a sense of infinite peace and protection in the glittering hosts of heaven. There it must be, I think, in the vast and eternal laws of matter, and not in the daily cares and sins and troubles of men, that whatever is more than animal within us must find its solace and its hope. I hope, or I could not live.

And so, in hope and solitude, my story ends.

Edward Prendick.

=== NOTE. === The substance of the chapter entitled “Doctor Moreau explains,” which contains the essential idea of the story, appeared as a middle article in the “Saturday Review” in January, 1895. This is the only portion of this story that has been previously published, and it has been entirely recast to adapt it to the narrative form.
PRINTED BY JOHN WILSON AND SON AT
THE UNIVERSITY PRESS IN CAMBRIDGE
DURING MAY M DCCC XCVI. FOR
STONE AND KIMBALL
NEW YORK